LA CREACIÓN DE UN NUEVO MUNDO - Capítulo 27
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27: RECUERDOS EN BATALLA 27: RECUERDOS EN BATALLA CAPÍTULO 27: RECUERDOS EN BATALLA El choque entre Shiro, el samurái y el centauro continuaba en medio de la oscuridad de la noche.
El aire estaba cargado de tensión, cada movimiento era tan rápido que los árboles a su alrededor crujían y caían por el impacto de los ataques.
La lanza del samurái cortaba el aire como un rayo, mientras el centauro lanzaba embestidas y ondas de choque con cada golpe, obligando a Shiro a retroceder constantemente.
El hielo de Shiro se extendía por el suelo, creando un campo resbaladizo que frenaba los movimientos de sus enemigos.
Cada vez que el samurái intentaba acercarse, una muralla helada se levantaba entre ambos, obligándolo a saltar o esquivar.
Aun así, Shiro no dejaba de recibir presión: dos enemigos coordinados buscaban romper su defensa.
Mientras tanto, Jhos corría hacia el lugar del combate.
—Esto será divertido… —pensó con una sonrisa.
—Ya quiero probar mi nuevo ataque.
Su corazón latía con fuerza, y la emoción lo hacía acelerar aún más.
Sin embargo, al dar unos pasos, se detuvo en seco.
Sintió un cosquilleo extraño recorrer todo su cuerpo.
Cerró los ojos, no se movió, y agudizó el oído.
El Chi (Ki) se activó en su interior, expandiéndose como ondas invisibles por el campo.
Intentaba percibir cualquier presencia oculta.
De pronto, una flecha silbó en el aire y se dirigió directamente hacia su frente.
Jhos apenas giró la cabeza y la esquivó con naturalidad.
—¿Quién eres?
—preguntó con voz firme.
De entre los arbustos emergió un centauro diferente al anterior.
Su cuerpo era más corpulento, sus músculos resaltaban bajo la luz de la luna, y en su mano portaba una hacha enorme que parecía capaz de partir de un árbol en dos.
—Tú eres el primer mortal que pudo vencer a un demonio después de mil doscientos años, ¿verdad?
—dijo el centauro con voz grave.
Jhos entrecerró los ojos.
—Primero respóndeme tú —contestó con seriedad.
El centauro sonoro y bajó un poco su hacha.
—Me presentaré.
Soy uno de los capitanes del Reino Vera.
Me puedes llamar Jiru.
Jhos sonrió de medio lado.
—Ja… uno de los capitanes.
—pensó, divertido.
—Entonces, ¿es cierto?
—insistió Jiru—.
¿Eres el mortal que derrotó a un demonio?
—No sé si fui el primero —respondió Jhos con tono presumido—.
Pero sí será el que derrote a todos los demonios.
Jiru soltó una carcajada que retumbó en el bosque.
—Jajajaja… me gustaría verlo con mis propios ojos.
—¿Qué es lo que quieres?
—preguntó Jhos, con la mirada fija.
—Tranquilo —dijo Jiru mientras balanceaba su hacha con calma—.
No vengo por ti.
Mi objetivo es el ogro…
y el humano que puede manipular el hielo.
—Lamentablemente, eso no será posible —contestó Jhos.
—¿Y por qué?
—Porque el ogro está bajo mi custodia, y Shiro es uno de mis comandantes.
Jiru entrecerró los ojos.
—¿Y por qué los quieres a ellos?
—Eso es información confidencial —respondió con frialdad—.
Pero si no los entregas… aquí sucederá algo muy desagradable.
El centauro desenfundó completamente su hacha, y una presión asesina cubrió el ambiente.
Jhos sonrió.
—Jajajajaja… qué divertido.
Ambos se lanzaron al mismo tiempo.
Jhos canalizó su Chi(ki), cubriendo su cuerpo con energía que hacía vibrar el aire a su alrededor, mientras Jiru avanzaba con su hacha levantada, dejando marcas profundas en el suelo con cada pisada.
El choque era inevitable.
— RECUERDOS DEL PASADO Mientras tanto, Shiro continuaba luchando contra el samurái y el primer centauro.
En medio del intercambio de golpes, su mente comenzó a divagar hacia el pasado.
Hace muchos años, antes de la invasión de las razas, Shiro participó en un torneo de artes marciales en su ciudad natal.
El coliseo estaba lleno de espectadores que gritaban emocionados.
Shiro, subió al escenario con una expresión fría, distinta a la emoción que llenaba a los demás competidores.
Su primer rival fue un luchador corpulento que lo superaba en tamaño.
El combate comenzó con embestidas fuertes, pero Shiro se movía como agua, esquivando y contraatacando con precisión quirúrgica.
Una patada al mentón derribó al hombre en cuestión de segundos.
Los siguientes enfrentamientos fueron iguales de rápidos.
Algunos peleadores confiaban en su fuerza bruta, otros en su velocidad, pero ninguno pudo superar la concentración de Shiro.
Cada golpe que lanzaba parecía calculado con exactitud, sin emociones innecesarias.
La multitud comenzó a corear su nombre.
Para ellos, era un prodigio.
Para Shiro, solo era otro paso en su entrenamiento.
En la semifinal, se enfrentó a un luchador conocido como “La Muralla de Hierro”, famoso por su resistencia.
Durante minutos, Shiro atacó sin resultado: cada golpe parecía no tener efecto.
Sin embargo, mantuvo la calma.
Se enfocó en los movimientos de su oponente y, en el momento justo, aplicó una llave de derribo que lo dejó sin aire.
La Muralla cayó de rodillas, derrotada.
La final fue la más complicada.
Su rival dominaba un estilo rápido, basado en movimientos acrobáticos.
Durante largos minutos intercambiaron golpes y patadas, y por primera vez, Shiro sintió la presión real de perder.
Sin embargo, recordó las palabras de su maestro: “El cuerpo puede cansarse, pero la mente nunca debe tambalearse”.
Con esa determinación, bloqueó un ataque aéreo y lanzó una patada giratoria que impactó directamente en el rostro de su rival, derribándolo.
El árbitro levantó la mano de Shiro en señal de victoria.
El coliseo estalló en aplausos, pero él apenas reaccionó: sus ojos seguían fríos, su respiración tranquila.
Esa noche, mientras recibía el trofeo, Shiro miró al horizonte.
Había cumplido con lo esperado, pero dentro de sí sentía un vacío.
Para él, la lucha no era gloria, era disciplina.
De pronto, un temblor sacudió todo el lugar.
El suelo comenzó a partirse en grietas, las paredes del coliseo se estremecieron y los espectadores gritaron aterrados.
Shiro miró al cielo y notó una extraña luz que se expandía sobre las nubes.
El estruendo del terremoto fue tan fuerte que parecía anunciar el comienzo de algo mucho más grande que un simple torneo.
CONTINUARÁ……
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