LA CREACIÓN DE UN NUEVO MUNDO - Capítulo 32
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Capítulo 32: UNA PELEA INOLVIDABLE.
CAPÍTULO 30: UNA PELEA INOLVIDABLE
El ruido era ensordecedor. El público gritaba, aplaudía y golpeaba las barandas alrededor del cuadrilátero, ansioso por ver quién caería primero. Bajo las luces intensas del estadio, dos hombres cubiertos de sudor se mantenían frente a frente, respirando con dificultad, los puños en alto, los cuerpos marcados por los golpes acumulados.
Ambos lanzaban ataques sin descanso, intercambiando golpes directos al rostro, al torso y al abdomen. Cada impacto resonaba con fuerza, arrancando exclamaciones del público. Ninguno retrocedía; ninguno mostraba intención de rendirse.
—¡Tin… tin!
La campana sonó, poniendo fin a la ronda.
—¡Regresen a sus esquinas! —ordenó el árbitro, interponiéndose entre ambos.
Los dos boxeadores se separaron y caminaron lentamente hacia sus respectivas esquinas. Uno vestía de rojo; el otro, de azul.
En la esquina roja, el entrenador se inclinó con urgencia.
—Escúchame bien —dijo con voz firme—. Tienes que darle a las costillas. Está respirando mal, ¿lo ves? Si le quitas el aire, caerá solo. ¿Entiendes?
—Sí… sí… —respondió el peleador, exhausto, sin apartar la mirada de su rival.
En la esquina azul, la situación era similar.
—Ya está débil —dijo el entrenador—. Concéntrate en la cara. Un buen golpe limpio y se acabó.
—Yo ya sé qué hacer… —respondió el luchador, respirando con dificultad.
—¡Tin… tin… tin!
La campana anunció el inicio de una nueva ronda.
Ambos se lanzaron al centro del ring al mismo tiempo. Los golpes comenzaron a volar con violencia. El boxeador de azul atacó primero, conectando un directo al rostro, seguido de un gancho. El de rojo retrocedió un paso, sacudiendo la cabeza, pero respondió de inmediato con un golpe al torso.
El público rugía.
Los dos intercambiaban golpes sin dar tregua. Puñetazos secos, rodillazos contenidos, respiraciones agitadas. El sudor volaba con cada impacto. Ninguno parecía dispuesto a caer.
El boxeador de azul presionó, lanzando una combinación rápida al rostro. El de rojo se cubrió como pudo, retrocediendo contra las cuerdas. Por un instante, pareció vulnerable.
Entonces ocurrió.
En un descuido del boxeador de azul, el de rojo avanzó con decisión. Primero, un golpe directo a las costillas. El impacto fue profundo. El rival soltó el aire de golpe, su cuerpo se tensó. Antes de que pudiera reaccionar, el boxeador de rojo lanzó un segundo golpe, esta vez directo al rostro.
El impacto fue devastador.
El boxeador de azul cayó de espaldas sobre la lona, inmóvil.
—¡Uno… dos… tres…!
El árbitro contó, pero no hubo respuesta.
El combate había terminado.
El público estalló en gritos y aplausos. Varias personas subieron al cuadrilátero, rodeando al ganador.
—¡Escuchen! —anunció el presentador—. Como resultado del veredicto de los jueces y por nocaut… ¡el ganador de la esquina roja es… SEBASTIÁN!
Los gritos se intensificaron. Sebastián levantó los brazos, jadeando, mientras era abrazado por su equipo.
Horas después, Sebastián se encontraba en su departamento, celebrando la victoria. La música sonaba fuerte, botellas vacías cubrían el suelo y billetes estaban esparcidos por toda la sala. Varias chicas reían, bailaban y bebían alrededor de él.
La fiesta se descontroló. Objetos rotos, muebles movidos, risas y gritos hasta que, poco a poco, el cansancio y el alcohol hicieron su efecto.
Uno a uno, todos cayeron dormidos.
La música seguía sonando a bajo volumen cuando la puerta del departamento se abrió lentamente. Dos hombres vestidos de traje entraron en silencio.
—¿Es aquí? —susurró uno.
—Sí… —respondió el otro—. Encontremos al tipo y terminemos el trabajo.
CONTINUARÁ…
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