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La Criadora del Alfa - Capítulo 127

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Capítulo 127: Capítulo 127

Punto de vista de Mira:

El dolor aullaba dentro de mí como un monstruo viviente, abriéndose paso a zarpazos por mis entrañas. Era como si algo me desgarrara la carne y los huesos con dientes afilados y dentados. Yacía despatarrada sobre la piedra fría, con el cuerpo resbaladizo por el sudor y la sangre que se acumulaba bajo mi cuerpo como una ofrenda de sacrificio.

El aire, cargado de hierba lunar y del olor metálico de la sangre fresca, me asfixiaba como si cada sacudida se alimentara de mi agonía. Mis gritos resonaban en el denso bosque y rebotaban hacia mí como fantasmas burlones, cada uno arrancado de mi garganta con la fuerza de un trueno.

—¡Kieran! —jadeé, mi voz sonaba quebrada por encima de los latidos de mi corazón. Sentía como si mi cuerpo se estuviera partiendo en dos, con la cabeza del cachorro obstinadamente atascada en el canal de parto, negándose a salir.

Cada contracción sacudía mi cuerpo como una fuerte ola, rompiendo sobre mí para arrastrarme a un océano de agonía. Podía sentir el calor de la sangre brotando entre mis piernas, empapando la gasa que Kieran había colocado debajo de mi cuerpo.

—Está sangrando demasiado…, mucho más de la cuenta —jadeó Kyden al ver mi estado, sus piernas temblando de terror. La visión se me nubló en los bordes, con zarcillos oscuros que se arrastraban como tinta venenosa derramándose sobre mis ojos.

Pero Kieran seguía allí luchando por mí, canalizando más de su fuerza hacia mí, agarrando mis pies fríos con sus manos temblorosas. Frotó mis pies frenéticamente, intentando infundir su calor corporal en mis miembros entumecidos, como si ese simple acto pudiera evitar el gélido abrazo de la muerte que se cernía sobre mí.

Hacía tiempo que sus ojos oscuros habían vuelto a aquel rojo ominoso, ardiendo con un terror insoportable. Su mirada saltaba de mi cara a los movimientos frenéticos del cachorro por salir de mi vientre.

—¡Respira, Mira! ¡Quédate conmigo! —La voz de Kieran se quebró en un gruñido bajo cargado de terror. Luego se adelantó, inclinándose más cerca de mi cara, su aliento caliente rozándome la oreja—. Inténtalo con más fuerza, mi amor. Empuja solo un poco más.

¡Pero no era solo un poco más!

Kieran se arrodilló entonces entre mis piernas, con gotas de sudor brillando en su frente bajo la vacilante luz de la antorcha. Tenía las manos cubiertas de un rojo carmesí, resbaladizas y relucientes mientras gritaba.

—La cabeza está atascada entre sus piernas… de alguna manera viene de nalgas o está enredado con algo —murmuró, su voz áspera me provocó escalofríos—. ¡Empuja, Mira! ¡Empuja ahora, o los perderé a los dos!

¡Lo estaba intentando! Dioses, estaba demasiado cansada de empujar durante tanto tiempo.

Mis músculos gritaban en señal de protesta mientras empujaba, la presión aumentando como un volcán a punto de estallar. Pero en lugar de alivio, solo había más dolor, apuñalando mi abdomen y haciendo que me arqueara sobre la piedra, con la columna vertebral doblándose peligrosamente.

—No…, no, duele…, ¡haz que pare! —gemí, mis palabras disolviéndose en fuertes sollozos. Mis manos arañaron la piedra, las uñas se rompieron contra la superficie rugosa dejando vetas de sangre. El mundo pareció cerrarse a mi alrededor, mi cabeza daba vueltas como un infierno. Podía oír los aullidos lejanos de los ancianos desde fuera del círculo, sus voces ahogadas vibrando a través de la roca como ecos de otro mundo.

El rostro de Kieran se cernió sobre el mío, contraído por una profunda angustia. —¡Mira, mírame! Concéntrate en mis ojos. Estoy aquí… No voy a dejarte.

Presionó su frente contra la mía, su piel febril contra mi frente húmeda y fría. Pero incluso su tacto se sentía distante, como si un velo de niebla nos separara. Mis respiraciones eran superficiales y entrecortadas, cada una más débil que la anterior.

La pérdida de sangre me estaba desangrando, succionando mi fuerza como un beso de la muerte. Mis miembros se volvieron pesados, el frío se filtraba en mis huesos a pesar de los esfuerzos de Kieran. Podía sentir cómo mi pulso se ralentizaba, como el latido errático de un tambor que se desvanece en el silencio.

—¡Tú, haz algo! —gruñó Kieran, volviéndose hacia la chamán, su voz alfa surgiendo a través del caos. Se transformó parcialmente, sus garras se extendieron como si pudiera luchar contra este enemigo invisible—. Se está muriendo…, ¿no lo ves? ¡Dime qué hacer!

La chamán negó con la cabeza, con los ojos desorbitados por el miedo. —No puedo… No conozco otra forma sin arriesgar su vida. Esto va más allá de mis conocimientos y mi magia. Solo la diosa luna sabe lo que les ocurrirá a ambos.

—N-no… —grité débilmente, reuniendo hasta la última gota de mi fuerza para empujar de nuevo. La contracción me golpeó como un rayo, desgarrándome con una fuerza salvaje. Mi grito continuo llenó el entorno, un alarido espeluznante arrancado de mis entrañas, resonando como el lamento de un lobo quebrado.

Pero el cachorro no salió. En su lugar, más sangre fluyó, empapándolo todo y volviendo la piedra roja y resbaladiza.

—Mi cachorro…, mi niño —susurré, el terror atenazando mi corazón. Mi corazón se hizo añicos; la idea de que mi cachorro nunca diera su primer aliento después de tantos sacrificios me estaba matando. El horror de todo ello consumió mi corazón, un oscuro abismo que se abría de par en par para engullirme por completo.

—¡No! ¡No dejaré que ocurra! —rugió Kieran, su voz rompiéndose como el hielo. Me agarró la mano con tanta fuerza que me hizo un moratón—. ¡Lucha, Mira! ¡Lucha por nosotros!

Pero mi vida se me escapaba. Mis párpados se agitaron, volviéndose pesados como el plomo. El dolor se atenuó hasta convertirse en una pulsación lejana, y el entumecimiento se extendió por mi sangre como un veneno. El rostro de Kieran se volvió borroso; sus ojos escarlata fueron lo último que vi antes de sumergirme en un mundo oscuro.

—No… no… Mira… —pude oír un aullido lejano. Kieran gritaba con todas sus fuerzas—. ¡No responde…! ¡Ya no la siento!

Y entonces, ¡todo se detuvo a mi alrededor!

Una oscuridad como la pez me engulló por completo, arrastrándome a un espacio ilusorio que se sentía a la vez onírico y real. El lugar del ritual desapareció de mi vista, reemplazado por un vasto espacio etéreo que resplandecía con un suave brillo plateado. El suelo bajo mis pies era neblinoso, como si caminara sobre una alfombra de nubes, y el aire zumbaba como una canción ancestral que vibraba en mis huesos.

Desorientada, parpadeé y sentí que mi cuerpo ya no estaba atormentado por el dolor.

¿Era esto la muerte? ¿El puente para entrar en el más allá?

Me puse en pie sobre mis piernas temblorosas y me miré. No había manchas de sangre en mi camisón blanco, ni heridas o agotamiento en mi cuerpo. Un suave gemido atrajo mi atención mientras daba un paso adelante.

—¡Oh! —jadeé, sintiendo que algo se acercaba a mí a toda prisa. Miré a mi alrededor un par de veces, pero no vi más que una densa niebla que me cegaba.

Entonces, de la nada, un pequeño lobo negro se acercó a mí a través de la niebla. Su pelaje brillaba como obsidiana pulida, y sus ojos refulgían con una curiosidad inocente. Cuando nuestras miradas se encontraron, mi corazón se hinchó de instinto maternal al percibir el aroma familiar de su cuerpo.

¡Mi cachorro! Este era mi hijo… el hijo mío y de Kieran en su forma de lobo.

—Oh, pequeño —murmuré, mi voz húmeda por las lágrimas resonando extrañamente en el espacio. Me agaché y extendí los brazos, anhelando abrazarlo por una vez. Podía sentir mi corazón saltar como un loco por sentir el calor de mi cachorro contra mi pecho.

Pero el pequeño lobo ladeó la cabeza, manteniendo las orejas erguidas, y dio un paso cauteloso hacia mí.

—Mi bebé… mi tesoro… —susurré de nuevo, con las lágrimas rodando por mis mejillas mientras intentaba tocarlo—. Ven con mamá.

¿Cómo habíamos acabado los dos juntos en este vacío? La idea de entrar en el más allá me retorció el corazón como una daga afilada, obligándome a ahogar un grito.

Así que, de verdad había fallado… no conseguí que sobreviviéramos al ritual. Fallé como madre… no conseguí salvar a mi hijo.

Pero antes de que pudiera tocarlo, una presencia inesperada me bloqueó el paso. Al levantar la mirada empapada en lágrimas, vi a una mujer vestida con una túnica plateada de pie frente a mí. Su túnica resplandeciente fluía como la propia luz de la luna, ondulando y cambiando con gracia celestial.

Apareció de la nada, como si estuviera tejida con la luz de las estrellas, y su alta figura irradiaba un aura celestial a nuestro alrededor. Mechones de luz estelar se entrelazaban en su largo y abundante cabello, titilando como galaxias lejanas.

Aquellos ojos brillaban tan intensamente como la luna llena, clavándose en mí con una intensidad que me dejó sin aliento.

¡¿Era siquiera real?!

Retrocedí tambaleándome, anonadada por su aura cegadora. Presionaba contra mí como un maremoto, serena pero majestuosa, llenando el espacio con un poder que hizo que mis rodillas flaquearan. De ella irradiaba una belleza más allá del mundo mortal, un brillo divino que iluminó el monótono vacío en un instante.

No podía creer lo que veían mis ojos mientras me arrodillaba ante ella, inclinando la cabeza en total sumisión. Jadeando, ni siquiera me atreví a mirar su majestuoso rostro, con los labios temblando como hojas caídas.

—¡Diosa luna!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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