La Criadora del Alfa - Capítulo 138
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Capítulo 138: Capítulo 138
Punto de vista de Kieran:
Los días antes de la luna llena siempre solían ponerme los nervios de punta, pero esta vez era totalmente diferente. Pensar en la transformación de Mira estaba agitando a mi lobo con un profundo pavor. Todavía no sabía cómo esconder a su loba de toda mi manada.
La ceremonia de la luna llena estaba al caer y mi corazón latía como un tambor en mi pecho. Cada uno de mis instintos me decía que algo malo se avecinaba. Después de todo, aún tenía que aclarar mi postura con el Rey. Y sabía de sobra que la Princesa Lyria ya había empezado a mover los hilos para llevar a cabo su venganza.
Conocía demasiado bien a esa perra loca. Era una tormenta de arena que no pasaría tan fácilmente sin cobrarse la vida de alguien. Oí que había llorado ante su padre y, aunque yo no estuve allí, podía imaginar sus palabras, sus lágrimas falsas y la forma en que sabía exactamente cómo poner al Rey de su lado. Lyria era astuta y desalmada, y yo sabía que siempre había querido a Mira fuera de en medio.
Esta vez, ni siquiera se molestaría en dejar a mi cachorro al margen de su sucio plan de venganza.
Además, toda la manada ya sabía la verdad: que había regresado con mi pareja y que mi hijo había nacido. Los susurros recorrían el estudio de los Alfas de otras manadas, se oían en torno a las hogueras de la aldea y cruzaban los campos de entrenamiento.
Algunos lo acogieron con asombro, e incluso elogiaron mi valentía. Otros murmuraban sus dudas, maldiciéndome por ir en contra del deseo del Rey. Pero los rumores se extendían con rapidez, y el Rey no era hombre de ignorar rumores cuando se trataba de la vida de su amada hija.
Al día siguiente, me llegó una carta real que demostró que mi instinto no se equivocaba.
La dejé sobre mi escritorio y rompí el sello con un suspiro de frustración; las palabras en su interior me quemaron las retinas mucho después de haberlas leído. El Rey pedía una «aclaración» sobre la supuesta ruptura de mi alianza con la Princesa Lyria, junto con la orden de controlar los rumores indeseados que circulaban sobre el linaje de mi familia.
Pero yo conocía el verdadero significado que se ocultaba tras esa carta oficial.
Significaba que el Rey quería que repudiara a Mira y formalizara una unión con la familia real que nunca había deseado.
Dejé escapar un gruñido bajo, sintiendo el ansia de mis garras bajo la piel mientras doblaba la carta y la dejaba de nuevo sobre la mesa. Mi decisión ya estaba tomada. Por mi parte, la alianza llevaba mucho tiempo rota. No había vuelta atrás, sin importar las amenazas del Rey.
Unos suaves golpes en la puerta me sobresaltaron, sacándome de mis pensamientos. Al instante, Mira entró en el estudio, trayendo consigo el aroma a tierra húmeda y la calidez que siempre aplacaba la tormenta en mi interior. Al entrar con una leve sonrisa, sus ojos se posaron de inmediato en la carta que había sobre mi escritorio.
—¿Qué es eso? —preguntó en voz baja, aunque su voz denotaba un atisbo de inquietud.
—Nada. —Traté de esconderla con un movimiento rápido, metiéndola en el cajón, pero ya era demasiado tarde. Sus pasos vacilaron al ver el sello real en el familiar sobre rojo.
Dudé una fracción de segundo, todavía dándole vueltas a cómo explicarle la situación. Al fin y al cabo, yo era el único responsable de este caos y no quería que se viera envuelta en estos retorcidos juegos políticos.
Se acercó más, paseando la mirada por mi pálido rostro como si pudiera leerme los ojos como un libro abierto. Cuando volvió a mirar mis manos temblorosas, su mirada se había ensombrecido y su pecho subía y bajaba con más rapidez.
—El Rey ha ordenado algo peligroso, ¿verdad? —susurró con voz ahogada—. Kieran… ¿ha ordenado que se deshagan de nosotros?
Su mano temblaba sobre el borde del escritorio y su cuerpo se tambaleó débilmente.
Me levanté bruscamente, acortando la distancia entre nosotros. Tomé su mano con delicadeza entre las mías y la presioné contra mi pecho, donde mi corazón retumbaba con fuerza.
—Escúchame —dije, clavando mi mirada en la suya—. Pase lo que pase, te protegeré. A ti. Y a nuestro cachorro.
Sus labios se entreabrieron, pero no pronunció palabra. Solo el pánico en sus ojos se intensificaba.
Le levanté la barbilla con la mano para sostener su frágil cuerpo. —Nunca se atreverán a tocarte. Me aseguraré de ello. Es mi promesa, Mira. Y la cumpliré a cualquier precio.
Tragó saliva con dificultad y bajó las pestañas mientras asentía lentamente. Pero yo sabía que el miedo que sentía por dentro le estaba desgarrando el corazón.
Y a mí también me lo desgarraba.
La estreché con más fuerza entre mis brazos. Tras depositar un suave beso en su frente, apreté su cabeza contra mi pecho, intentando olvidar por un momento todos los problemas de nuestra vida.
Al fin y al cabo, no podíamos huir de nuestro destino para siempre, y había llegado el momento de enfrentarlo juntos.
La noche de la luna llena por fin llegó para colmarnos con sus bendiciones celestiales.
Toda la manada Shadowmoon se reunió en la explanada central, preparándose para acoger la gracia de la diosa Luna. Los lobos más jóvenes se estaban poniendo inquietos, y sus ojos rojos se cernían sobre la zona del bosque.
El amplio claro estaba ahora rodeado de antorchas y piedras talladas con los sigilos de nuestros ancestros. El aire se cargó de expectación y las sonoras carcajadas de las jóvenes lobas avivaban el ambiente.
Yo estaba de pie en el centro de aquel caos, con el pecho subiendo y bajando al ritmo de mi respiración agitada. Mira estaba a mi lado por primera vez, con los hombros caídos y la preocupación persistiendo en su tímida mirada.
La luna estaba a punto de alcanzar su cénit y podía sentir su influjo tirando de mi sangre. Mi lobo se agitó con impaciencia, pugnando por liberarse de mi piel.
Y entonces, el fuerte pisotear de unas botas rompió el silencio de la noche. El clangor metálico de las armaduras se acercaba a la velocidad del rayo y, antes de que pudiéramos hacer nada, un pelotón del ejército real irrumpió en el círculo.
Su piel, cubierta de sudor, relucía bajo la dorada luz de las antorchas, y todos empuñaban afiladas lanzas. Formaron rápidamente un muro a medida que avanzaban, y su presencia volvió el aire a nuestro alrededor irrespirable.
El ambiente festivo se tornó temeroso en un instante; los miembros de mi manada se tensaron de inmediato y una oleada de gruñidos bajos recorrió el círculo.
Entonces, el comandante del ejército dio un paso al frente, y su voz cruzó el claro, siseante como una cuchilla.
—Por orden del Rey, estamos aquí para apresar a esa omega, Mira, y a su hijo bastardo. Quien intente detenernos se enfrentará a una sentencia de muerte por decreto real.
Sus palabras me hirvieron la sangre en las venas y me abalancé hacia delante, con las garras arañándome la piel, exigiendo ser liberadas. Mi gruñido rasgó la noche, y su eco resonó contra las piedras.
—Soy el Alfa de esta manada y no estoy obligado a obedecer a nadie en mi tierra —gruñí, con mi voz retumbando con la voz de Alfa—. Quien dé un paso adelante para tocarla no dará otro jamás.
El comandante no se inmutó. En lugar de eso, sus hombres alzaron más los escudos, como si se lo esperaran.
A mi alrededor, los guerreros de la manada se agruparon para formar una línea defensiva, con una furia que crecía hasta igualar la mía.
Pero antes de que pudiera moverme, antes de que pudiera lanzarme al cuello del necio que se había atrevido a amenazarla, Mira dio un paso al frente con la cabeza bien alta.
—¡Mira! —bramé, extendiendo el brazo para detenerla, pero se me escabulló.
Sus pasos eran tranquilos y decididos, como si caminara hacia un verde prado. De repente, se detuvo entre el ejército y yo, y su mirada pareció atravesar el corazón del comandante.
—Si me queréis a mí —gruñó finalmente con voz alta y clara—, venid a enfrentaros a mí. Arrestadme, si es que podéis.
La manada guardó silencio, con los ojos clavados en la menuda figura de Mira. Incluso los soldados dudaron un momento e intercambiaron miradas inciertas.
Entonces ocurrió la magia.
La luna alcanzó su plenitud y su luz plateada inundó el claro en un instante. La luz bañó a Mira, y sentí el calor de su inimaginable poder a través de nuestro vínculo de pareja.
Su loba surgió de su interior… no con la temblorosa debilidad de una omega, sino como algo majestuoso, antiguo e imparable. Su cuerpo se arqueó, su respiración se aceleró y sus ojos resplandecieron con una luz intensa que nunca había visto antes.
—Mira… —me abalancé para detenerla, pero ya era demasiado tarde.
Sus huesos se recolocaron con un fuerte crujido y su piel se onduló; la loba en su interior se liberó con una ferocidad que dejó sin aliento a todas las almas presentes.
Donde antes se alzaba una frágil omega sin loba, ahora emergía una loba majestuosa, más grande que la de cualquier Alfa que hubieran visto jamás.
Su pelaje gris resplandecía bajo la plateada luz de la luna, y cada hebra brillaba como si la hubiera hilado la propia luz lunar. El comandante del ejército retrocedió un paso, y los guerreros reales temblaban como conejos asustados. Una oleada de susurros recorrió la multitud mientras todos clavaban sus ojos desorbitados en su forma de loba.
«Mensajera de la Luna…».
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