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La debilidad del rey vampiro - Capítulo 77

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Capítulo 77: 77

77

La luna bailaba en el silencio de una noche que prometía algo más que simples susurros entre los árboles.

Al rey le pesaba una verdad, una que no quería confiarle a su querida esposa por el simple hecho de ponerla en peligro.

“Ni siquiera fue amable con ella”, admitió para sí mismo el frío vampiro, cuya sangre volvía a hervir cuando recordaba a aquel sujeto que había amenazado al amor de su vida, a la madre de su heredero.

El castillo parecía distante y la neblina le daba ese toque de todo lugar maldito. Y es que no sería una noche fácil, porque los planes del rey de ocultar el cuerpo de Alaric no saldrían a la perfección.

Los guardias del rey caminaban codo a codo. El destino sería la cripta en donde se mantendría el cuerpo hasta que la reina pudiera recibir la noticia.

Para Kyllian no era una prioridad decirle a Gema que ese sujeto tan detestable había partido de este mundo. Después de todo, era un alma absolutamente consumida por el rencor y la codicia. “Un enemigo menos para mi familia”, pensó.

Jamás se imaginó que, al acercarse cada vez más y más a la zona donde se encontraba la cripta, se encontraría a su embarazada esposa esperándolo con los brazos cruzados, junto a una empleada de la casa que parecía acompañarla, aunque seguramente muy asustada, porque su rostro lo demostraba.

El paso del rey y su séquito fue disminuyendo al llegar a la entrada, mientras algunos, al observar la escena, se animaban a mirarse entre ellos con expresión de sorpresa.

Kyllian contenía la rabia de verla allí, fuera de su habitación, con un embarazo de riesgo.

—¿Qué me ocultas, Kyllian? —exclamó Gema con la voz débil.

—Vuelve a tu cuarto inmediatamente, Gema. ¿Te has vuelto loca? —la voz del rey era más oscura y casi siniestra.

Todos dieron un paso atrás al sentir a su líder demasiado ofuscado.

La mujer empleada de nombre Marina intervino.

—Mi señor… yo no pude convencerla… yo no quería… —habló tímidamente.

El rey levantó su mano en busca de silencio.

—Está bien… —continuó hablando—. Tal parece que la reina ha desobedecido todo consejo médico, e incluso mis pedidos de que se cuide. Mi palabra ya no le importa…

—Kyllian… —susurró Gema, queriendo bajar el tono.

—Subes ahora de buena manera y te lo contaré todo… Niégate y no te diré nada, Gema. —Ni siquiera la miró a los ojos cuando afirmó aquello.

El ruido del viento moviendo las ramas de los árboles le agregaba dramatismo al insólito momento.

—Está bien —logró decir Gema, un poco apenada.

De inmediato, el rey la tomó entre sus brazos, haciendo una seña a los guardias para que continuaran su trayecto sin él. De momento, tenía que encargarse de Gema. Su salud y la del bebé eran lo primero.

——————–

Kyllian caminó en silencio por los pasillos del castillo, con Gema entre sus brazos. Ella se mantenía callada, con el rostro escondido en su pecho, sintiendo cada latido agitado de ese corazón que, aunque muerto hacía siglos, aún sabía doler.

Al llegar a la habitación, la dejó sobre la cama con suma delicadeza, como si el mínimo contacto pudiera quebrarla. Pero no dijo una palabra.

El silencio, para Gema, fue más punzante que cualquier reproche.

—Kyllian… —murmuró, buscando sus ojos.

Él se giró lentamente, dándole la espalda. Caminó hacia la ventana. La luna seguía danzando, ahora más lejana, menos cómplice.

—¿Qué se supone que debería hacer yo ahora? —dijo, sin mirarla—. ¿Fingir que no vi a mi esposa desafiándome frente a mis hombres, saliendo de su lecho con un embarazo que apenas sostiene? ¿Fingir que no me duele?

Gema tragó saliva, con los ojos vidriosos.

—Tenía miedo, Kyllian. Miedo de que algo grave estuviera pasando. Y si tú no hablabas… yo tenía que verlo por mí misma, bien sabes que el palacio murmura y eso…

Él se giró entonces, con una sonrisa amarga.

—¿Y tu miedo vale más que mi intento de protegerte? ¿Más que mi palabra?

—No es eso…

—¿No? Porque así lo sentí. Como si ya no confiaras en mí. Como si mi juicio fuera poca cosa frente a tus impulsos.

La reina se incorporó, llevándose una mano al vientre.

—No quise hacerte sentir traicionado, pero… ¡soy la madre de este niño! Tengo derecho a saber lo que ocurre. A sentir. A estar presente.

—Y yo tengo derecho a que me creas cuando digo que lo hago todo por ustedes —la voz de Kyllian quebró apenas al final—. Porque cuando te vi ahí parada, con los brazos cruzados, juzgándome… juro que sentí que eras una extraña.

El silencio se instaló de nuevo. Esta vez no era cómplice, sino juez.

Gema bajó la cabeza, arrepentida.

—Perdóname —susurró—. No fue mi intención herirte.

Kyllian cerró los ojos.

—El amor que siento por ti… es tan feroz, Gema, que a veces me devora. Pero aún así, no quiero que temas a mis decisiones. Solo pido que las respetes. Porque yo cargaré con cada sombra, cada cuerpo oculto, cada noche sin descanso… si eso los mantiene a salvo.

Gema se levantó como pudo, se acercó a él despacio y posó su frente contra el pecho del rey.

—Entonces comparte el peso conmigo —dijo, temblando—. Que no te venza la noche a solas.

Kyllian la envolvió en sus brazos, esta vez con menos rabia y más dolor.

—Está bien. Pero prométeme que no volverás a desafiarme así. No porque seas débil, sino porque no soporto la idea de perderte por una decisión desesperada.

—Lo prometo —dijo ella, casi en un sollozo.

Afuera, la niebla comenzaba a disiparse.

Pero dentro del castillo, aún quedaban secretos por enterrar… y heridas por sanar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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