La debilidad del rey vampiro - Capítulo 80
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Capítulo 80: 80-FIN
La sala de partos del castillo se había transformado en un campo de batalla silencioso. Gema, exhausta y con la piel perlada de sudor, luchaba contra un dolor agudo y persistente que se intensificaba con cada contracción. Sus manos temblaban, aferradas a las sábanas mientras el mundo parecía reducirse a aquel único instante en que la vida pendía de un hilo.
Kyllian estaba a su lado, firme como un faro en medio de la tormenta. Sus ojos, usualmente tan fríos y dominantes, reflejaban una preocupación profunda que nadie más había visto. Sujetaba la mano de Gema con tal fuerza que parecía intentar traspasar su propia inmortalidad para darle fuerzas a ella.
Las comadronas se movían con agilidad, intercambiando miradas tensas. Sabían que aquel parto no sería sencillo. La criatura que crecía dentro de Gema no era un bebé común. Las señales estaban en la fuerza del trabajo, en la manera en que el cuerpo de Gema parecía resistirse, como si el mismo universo conspirara para hacer que el nacimiento fuera una batalla.
Entre murmullos, un hechicero mayor invocaba antiguos encantamientos para aliviar el sufrimiento de la reina, mientras otra mujer vertía una poción de hierbas en un pequeño cuenco de plata para ayudar a la dilatación.
Gema gritó, un sonido desgarrador que rompió el silencio, un grito que parecía arrancar la oscuridad misma del castillo. Kyllian se inclinó sobre ella, susurrándole palabras que no eran de este mundo, con un tono que mezclaba súplica y determinación.
—Puedes hacerlo, mi reina. Nuestro hijo debe nacer. Eres más fuerte que cualquier dolor.
Pero el dolor se multiplicaba. Las contracciones eran como olas de fuego que le quemaban las entrañas. Gema sintió que algo no iba bien; el pequeño no descendía con la naturalidad esperada.
—Hay complicaciones —advirtió la comadrona principal, su rostro palideciendo—. El bebé está en posición transversal, el parto será difícil.
El corazón de Kyllian se encogió. No había espacio para errores. El destino del reino, de su familia, pendía de la fuerza de aquella mujer que daba todo por dar vida a un hijo que ya era leyenda.
Las horas se hicieron eternas. Gema estaba al borde del agotamiento, pero su espíritu se mantenía indomable. Su mente volaba hacia su esposo, buscando en él la fuerza para seguir luchando.
Y Kyllian, por su parte, se mantenía firme, vigilante, incluso amenazante para quienes se atrevieran a interferir. Su mirada de vampiro escudriñaba cada sombra, cada rincón oscuro del castillo, como si temiera que el mal acechara para aprovechar ese momento vulnerable.
En un momento crítico, el corazón del bebé dio un salto irregular en los monitores. El hechicero mayor pronunció un conjuro urgente, buscando estabilizar la energía vital que parecía flaquear.
—¡No puede morir ahora! —rugió Kyllian, agarrando la mano de Gema y apretándola con un fervor casi desesperado.
Finalmente, cuando parecía que la noche no tendría fin, un grito más fuerte que todos los anteriores cortó el aire. El llanto del bebé resonó como un trueno que anunciaba la llegada de un nuevo poder.
Todos en la sala contuvieron la respiración. Kyllian tomó en sus brazos al recién nacido. Sus ojos, profundos y oscuros, reflejaban no solo la esencia vampírica de su padre sino también un brillo distinto, una chispa luminosa que sorprendió a todos.
Una comadrona se acercó a Gema, con voz temblorosa.
—Su sangre es única —susurró—. No es sólo vampírica ni humana. Hay un poder antiguo mezclado con la pureza de su madre. Este niño… traerá cambios inimaginables.
El hechicero mayor se adelantó, reverente y serio.
—En los libros de profecías, se habla de un niño que nacerá bajo la luna sangrante, destinado a traer equilibrio entre la luz y la oscuridad. Este es ese niño.
Kyllian miró a su esposa, sus ojos entrecerrados por la mezcla de miedo y esperanza.
—Nuestro hijo —dijo en voz baja—. No es solo un heredero, es la promesa de un futuro que todavía no conocemos.
Gema, débil pero victoriosa, logró lo imposible. Había dado vida a ese niño que representaba la esperanza y la fuerza de dos mundos. Ahora debía descansar, recuperar sus fuerzas para la batalla que se avecinaba.
Pero en ese instante, un ruido extraño vino desde los pasillos. Algo se movía en la penumbra, acechando. La calma del castillo se rompía lentamente.
Kyllian se puso de pie, protegiendo al niño con su cuerpo. Sabía que la verdadera prueba apenas comenzaba.
—Que el mundo se prepare —murmuró con voz firme—. El heredero ha llegado.
El cielo amaneció despejado ,no había nubes, ni lluvia, ni viento. Solo una calma solemne, casi respetuosa, como si la tierra misma supiera que ese día marcaría el inicio de una nueva era. Las campanas de la Torre Central repicaban con lentitud y firmeza, acompañando el murmullo contenido de miles de voces que llenaban la plaza frente al Castillo Real.
Azrael ajustó su capa negra bordada con hilos de plata frente al espejo. La tela pesada caía con elegancia desde sus hombros anchos, heredados de su padre, pero sus ojos claros y expresivos, aún con firmeza, pertenecían sin duda a Gema. Una mezcla perfecta. Justicia y fuego. Disciplina y compasión.
—¿Estás listo, mi Rey? —preguntó una voz al otro lado de la puerta.
Era Cassian, su asesor y viejo amigo de la infancia. Azrael asintió en silencio, luego respiró hondo. No temía al trono, pero sí comprendía el peso que caería sobre sus hombros desde ese momento. Ya no sería solo un príncipe educado en diplomacia y estrategia. Ahora sería la espada y el escudo de una nación entera.
Sus padres, Gema y Kyllian, habían decidido no asistir. Lo habían hablado días antes, en una conversación íntima frente al lago oculto de la residencia donde se habían retirado. “Es tu tiempo, hijo. Nosotros ya dimos demasiado. Solo volveremos si la paz se ve en peligro verdadero”, le había dicho su madre. Su padre, fiel a su estilo, apenas lo miró y le dijo con voz baja pero segura: “Hazlo bien, Azrael. No como nosotros. Mejor”.
Y él pensaba hacerlo.
El salón de coronación vibraba con expectación. Nobles humanos y vampiros llenaban los balcones, algunos con esperanza, otros con escepticismo, y unos pocos con resentimiento. Entre ellos estaba Teo Ferguson, el vampiro de sangre pura que había sido su principal oponente durante las elecciones. Teo era arrogante, astuto y ambicioso. Representaba la vieja élite, la que creía que el poder debía mantenerse en manos de linajes antiguos y que la paz con los humanos era una debilidad, no un logro.
Teo observaba desde su asiento en el ala este, el ceño fruncido y las manos crispadas sobre su bastón decorado. Su discurso durante la campaña había sido claro: “Solo a través de una nueva guerra, los vampiros volveremos a dominar el mundo que nos pertenece por derecho.” Pero no fue elegido.
El pueblo quería otra cosa. Querían el equilibrio que Gema y Kyllian habían dejado como legado. Querían a Azrael.
El joven rey caminó por el pasillo de mármol con la frente alta. A su paso, los soldados del Reino inclinaron la cabeza. No había música, no había cánticos. Solo silencio reverente. Llegó al trono y se arrodilló frente al Sumo Guardián de Sangre, un anciano que colocó sobre su cabeza la corona de obsidiana y rubíes, símbolo del dominio eterno entre la noche y la justicia.
—Azrael, hijo de nuestros antiguos reyes —declaró el Guardián con voz potente—, hijo de Gema la Llama y Kyllian el Acero. Por voluntad del pueblo y el consejo, serás Rey y Protector de este Reino. ¿Juras mantener la paz, defender a los tuyos y gobernar con sabiduría?
—Lo juro —respondió Azrael sin dudar.
El Guardián lo miró con ojos cansados y satisfechos. —Entonces levántate, Rey Azrael, y mira al pueblo que has de guiar.
Al levantarse, un estruendo de aplausos rompió el silencio. Desde los balcones llovieron pétalos de flores negras y blancas. En la plaza, los ciudadanos coreaban su nombre. Y aunque la emoción le oprimía el pecho, Azrael no sonrió. La paz no era una fiesta; era una responsabilidad.
Horas después, ya en sus aposentos reales, se despojó de la capa y se sirvió una copa de sangre añeja, tal como lo hacía su padre. Frente a la ventana, observaba el horizonte. Los humanos y vampiros convivían en armonía desde hacía casi dos décadas. Había matrimonios mixtos, ciudades compartidas, comercio e incluso educación conjunta. Pero no todos estaban conformes.
—El verdadero desafío aún no llega —murmuró para sí.
Cassian entró sin anunciarse.
—Los emisarios de Zar Stone han enviado una carta —dijo, dejando el sobre sobre el escritorio.
Azrael no se giró. —¿Qué quiere ahora el Gran Alpha?
—Reclama territorio en las Montañas de Hielo. Dice que por derecho natural les pertenece. Y que si no se les concede, tomarán lo que creen suyo con garras y sangre.
Azrael tomó un trago lento de su copa.
—¿Está firmada con su sello?
—Sí. Y lleva su marca de guerra.
El nuevo rey apretó los labios. Zar Stone no era como los anteriores líderes de manada. Era astuto, estratégico y con sed de poder. Se sabía el heredero de una raza que había sido marginada por siglos y ahora exigía su lugar. Azrael no subestimaba esa furia ancestral. Ni su inteligencia.
—Prepara una delegación. Quiero reunirnos en campo neutral. Si Zar busca guerra, que sepa que no seré el hijo débil que imagina. —Sus ojos brillaron, rojos como la sangre derramada por generaciones—. Y que recuerde que aún llevo el fuego de Gema y la sombra de Kyllian en las venas.
Cassian asintió, serio.
—Se lo haré saber, mi Rey.
Azrael se quedó solo de nuevo. Abrió la carta y leyó las palabras de amenaza de Zar. Sus dedos se crisparon un segundo, pero luego la dobló con cuidado y la guardó. No quemaría esa carta. No por miedo, sino porque representaba el comienzo del verdadero desafío de su reinado.
La paz que sus padres habían construido era valiosa. Pero mantenerla… eso era tarea de reyes.
Y él acababa de empezar.
Porque esa reunión sería el inicio de una guerra por territorios que se llevaría años de sus vidas.
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