La diosa de la luna - Capítulo 106
- Inicio
- Todas las novelas
- La diosa de la luna
- Capítulo 106 - Capítulo 106: Capítulo 42: La grieta
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 106: Capítulo 42: La grieta
Despertamos temprano, comenzaba a caer mucha nieve, después de la conversación que tuve con Eriol no pude dormir tranquila, había un pensamiento que me atormentaba, me hacía sentir con tristeza, pero no sabía cuál era ese pensamiento.
Runa fue muy amable en hacernos desayuno, le pedí a Alena que me ayudara a vestirme. Todos compartieron conversación con Runa, Eriol incluso se le notaba muy cercana a ella, luego recordé que su padre era cercano a la familia Odola, posiblemente por eso la cercanía. Durante el desayuno permanecí callada, no tenía idea de que tema de conversación sacar, no sabía que decirle a ella, ni a alguien más, simplemente no me apetecía hablar.
Cuando todos terminaron de desayunar, tomó el libro que habíamos dejado anoche en el sofá y nos invitó a todos a ir al bosque. El frio era atroz, sentía que me iba a congelar en ese momento, lamentablemente Daniel o Aries no estaban con nosotros para que nos pudieran proporcionar un poco de calor. Runa no tenía suficientes abrigos para todos, además llegamos a la conclusión que como atravesaríamos un portal no era necesario. A mitad de camino dejó de nevar y salió el sol un poco brillante, pero aún se podía sentir el frio, en el piso crujía la pequeña capa de nieve que se había formado.
Al llegar al bosque, nos detuvimos en un punto abierto, se parecía mucho al lugar donde habíamos llegado, pero era difícil saberlo con la nieve, abrió su libro y comenzó a recitar unas palabras, cuando acabó, estuvimos a la espera que algo ocurriera, pero no fue así.
—¿Qué pasó? —preguntó Atlas.
—No lo sé, el portal no abre. —respondió Runa.
Comenzó a hojear el libro, leyó algo en él y luego lo cerró entregándoselo a Eriol que estaba cerca de ella.
—Susurri sunt antiqua verba for connect hoc dimensio cum Hirina. The ianua quod us dederunt our creatores. —recitó de nuevo, pero nada pasó. —Cerraron los portales.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó un poco asustada Seiko.
—No podremos volver a Hirina. —comentó Atlas.
—Usted dijo que había otras maneras. —dijo Luca.
—Calma. —respondió Runa. —Quien tiene el heraldo, puede cerrar los portales de ingreso a Hirina, ¿saben quién tiene la llave?
—Gracias a usted fue que supimos la existencia del heraldo. —respondió Atlas.
—De acuerdo, la única opción que nos queda es por la grieta.
—Ayer mencionó que eran tres. —comentó Seiko.
—Si, cada dimensión tiene su heraldo, pero en esta dimensión no sé quién la tenga, llevaría muchos años hallarla.
—¿A dónde iremos? —preguntó Alena.
—Más adelante hay un lago, allí encontraremos la grieta.
Atlas hizo una mueca, no sabía si de desaprobación o desconfianza, pero no teníamos muchas opciones, Runa era la única persona de todos nosotros que sabia como volver. De repente todos me quedaron observando, esperando algo de mí.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Queremos saber qué opinas. —comentó Seiko.
—No tenemos más opciones, hagamos lo que dice si queremos volver. —respondí.
—Quiero que a partir de ahora sigan mis instrucciones. —comentó Runa. —Cuando entremos a la cueva, estén en silencio, no pueden hacer ni un solo ruido.
—¿Por qué? —preguntó Eriol.
—Cibus[1] —respondió Runa. —No se separen y hagan todo lo que les diga mientras estemos dentro.
[1] Criatura de un solo ojo, donde le salen alas de murciélago, con un sola pata y con un oído muy sensible. Son capaces de absorber energía, debilitándote en el proceso.
Hace muchos años en Hirina no se ha registrado algún cibus, según los rumores se encuentran en el bosque prohibido junto con un sinfín de criaturas mortales.
Aunque Runa dijo que hiciéramos silencio al llegar a la cueva, lo hicimos desde mucho antes, quizá era por el frio que hacía o por el miedo de no volver a Hirina, pero a nadie le apetecía decir algo. Como había dicho ella, continuamos en línea recta por varios minutos, el sol poco a poco iba derritiendo la nieve bajo nuestros pies.
Al llegar al lago Runa nos recordó las instrucciones que nos había dado y comenzó a caminar dentro del lago, su cuerpo tembló un poco con el contacto con el agua. Todos quedamos en la orilla observando como ella entraba al lago.
—Majestad. —dijo Eriol, extendiendo su mano. —El agua está muy fría, si se sube a…
—No hace falta, Eriol. —gritó Runa que estaba más delante de nosotros. —Igual tocará el agua.
Si debíamos caminar dentro del agua, tener el vestido largo podría impedirme el movimiento, no solo a mí, sino a Seiko, lo que quizá nos atrasaría un poco. Le dije a Seiko lo que pensaba, por lo que estuvo de acuerdo conmigo, le dijimos a Alena que con su espada cortara nuestros vestido a la altura de los muslos, posiblemente nos dé más frio, pero así avanzaríamos más rápido.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com