La diosa de la luna - Capítulo 124
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Capítulo 124: Capítulo 50: Los sacerdotes_3
No nos había percatado cuando Hana las usurpó para usarlas en nuestra contra. Levanté mi mano para decirle algo a Eriol cuando la observé estaba completamente negra, no había usado esos poderes, ¿cómo era posible? Observé mi otra mano, estaba exactamente igual, poco a poco el color iba consumiéndome, comencé a desesperarme, Amaris había dicho que tuviera cuidado con esos poderes, que eran difíciles de manejar, pero no recordaba haberlos utilizado, miré a mi alrededor con impaciencia buscando donde podían estar los agujeros que pude haber hecho, hasta que Eriol me tomó con fuerza de los hombros y me sacudió.
—¡No es real! —me dijo. —Sea lo que sea que estes viendo no es real.
—¡Debemos buscar a los sacerdotes! —gritó Daniel.
Observé a Beatriz tratando de quitarse algo de la ropa que no estaba, a Nina agachada cubriendo frenéticamente sus oídos meciéndose de un lugar a otro, todos estaba en su propia pesadilla.
—¿Cómo rompemos la ilusión? —pregunté a Atlas quien era de los pocos que estaba lucido.
—Hay que encontrar a Silas. —respondió.
—Con la realidad alterada no podemos ver nada. —comenté.
—Seguimos estando dentro del salón. —comentó Daniel. —Solo hay que caminar hacia delante buscando a tientas.
—Eso es fácil. —dijo Atlas.
Se alzó un muro en el cielo frente a nosotros creando unas grietas debajo de él, arriba de nosotros comenzaron a caer unas cuentas piedras, puse mis manos hacia el frente acumulándolas todas evitando que cayeran, a pesar de que mis pensamientos se iban a como tenía mis manos, no dejaba que eso me distrajera, si las dejaba caer podría herir a alguien. De un solo golpe Atlas empujó el muro al mismo tiempo que lanzaba las piedras en la misma dirección de donde habían llegado, hasta que las grietas del cielo comenzaron a hacerse más grande, cuando se escuchó el impacto del muro de Atlas, regresaron enseguida al salón, los gritos cesaron.
Los sacerdotes estaban en el suelo, Isadora dio un paso hacia delante, estiró sus brazos hacia arriba haciéndolos girar en círculos, a medida que avanzaba un torbellino que iba creando, los sacerdotes no pudieron resistirse a la fuerza del viento de Isadora, lo que hizo que quedaran todos juntos, hasta que se detuvo dejándolos inconscientes.
—¿Qué haremos con ellos? —preguntó Isadora.
Amaris me había dicho que me daría la sabiduría para saber qué hacer, pero en ese momento no tenía el suficiente conocimiento, lo único que se me ocurría era volverlos mortales, pero no tenía idea de cómo hacerlo.
—No podemos encerrarlos. —comentó Atlas. —Con el tiempo lograran liberarse al ser unos seres inmortales.
—Podríamos volverlos mortales. —sugerí.
—¿Es posible hacerlo? —preguntó Daniel.
—Hoy hemos descubierto que todo es posible. —comentó Seiko. —Pero ¿cómo lo haremos?
Nina se acercó a mí, estábamos todo opinando sobre lo que debía de hacerse con los sacerdotes, pero ninguno contempló la idea de la muerte, desde niña me había prometido no herir a nadie siempre resguardar todo ser viviente.
Me dedicó una hermosa sonrisa, hasta que se escucharon dos chasquidos, su sonrisa rápidamente se borró de sus labios reemplazándola por una mueca de dolor. Sentí como mi mundo se venía abajo, de su boca comenzó a brotar sangre, sus ojos se llenaron de sorpresa mientras se llevaba sus manos a su abdomen donde poco a poco se desintegraba una daga que había atravesado su cuerpo. La sostuve en mis manos mientras caía inconsciente, por primera vez grité de terror y después nada.
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