La diosa de la luna - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Capítulo 13 Una amenaza_2
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21: Capítulo 13: Una amenaza_2 21: Capítulo 13: Una amenaza_2 —Sé que no dijiste nada porque no sabías si era una amenaza verdadera.
—comenté intentando subirle el ánimo.
—Puede que no suceda nada durante la fiesta.
Aunque fue un intento en vano, logré tranquilizarlo un poco con la situación.
—Ve a casa, nos vemos en la fiesta.
Él aceptó mi orden a regañadientes para luego irse.
Abracé a la soledad como una vieja amiga, el sentimiento de sentirme sola y con miedo no había cambiado como pensé.
Era el mismo, esta vez con más intensidad.
Entré a mi habitación y contemplé cada movimiento, cada cosa que hacía.
Mi cuerpo entrando a la tina caliente, la esponja restregando mi cuerpo, el pasar de la brocha por mi rostro y el roce de la tela con mi cuerpo.
Miré mi reflejo en el espejo buscando tener mi aprobación con el resultado, si bien mis shauri no habían hecho el trabajo, estaba orgullosa de ello.
Sonaron las campanas indicando el inicio de la fiesta, por lo que decidí salir de mi habitación, al abrir la puerta esperaba encontrarme con un pasillo desolado, pero por el contrario había cinco caballeros custodiando mi puerta.
—¿Qué ocurre?
—pregunté asustada, pensé que se filtró la información de la amenaza y por ello estaban aquí.
—Majestad, hemos sido informados que necesitaba protección hasta la llegada a la fiesta.
—comentó uno de ellos.
—Se formará un escándalo si llego con tantos caballeros a la fiesta, no puedo permitir esto.
—refuté.
—Lo lamento, pero hemos recibido órdenes estricta de que necesita seguridad.
Comencé a tocar mi sien en búsqueda de paciencia, pero mi mano se topó con el antifaz que llevaba puesto y la capa.
No tenía lugar a dudas de que Eriol había dado la orden, por estar en la caballería dorada los demás soldados tenían la obligación de hacer lo que él dijera, solo quienes estábamos encima de él en orden jerárquico éramos el capitán Bauer, el barón Antonova y mi persona, pero por lo visto, en estos momentos, no tenía ni voz ni voto ante la situación.
—Que al menos uno solo me acompañe.
—dije resignada.
Una de las características que tenía la caballería de Hirina era que no era fácil de doblegarse ante nada, poseían una resistencia muy fuerte en casi todos los ámbitos.
Sabía que no iban a aceptar mi propuesta, teniendo en cuenta la orden estricta que habían recibido.
—No, majestad.
Debe hacerse de esta forma.
Caminé en silencio con mis manos guardada dentro de la capa, no los veía pues venían detrás de mí, pero podía sentir su imponencia y escuchar sus pasos.
Me incomodaba saber que me estaban siguiendo tal y como lo hacía Eriol, pero a diferencia que si Eriol lo hacía no me incomodaba.
Los pasillos del palacio estaban vacíos, no se veía a nadie andar por ahí, cuando estuvimos pasando por los jardines, que todos los lugares del palacio estaban conectados por el jardín, pude notar que Nina estaba sentada en la fuente observando las flores, algo que me gustaría poder hacer en lugar de asistir a la fiesta, pero por ser reina, era necesario que asistiera.
Tomé el impulso de acercarme a los jardines para poder saludarla e interrogarla un poco sobre lo que ocurrió con Aristeo, que aún no había podido saber si siguen con la investigación de él.
—Majestad, no se desvíe del camino.
—dijo el mismo que había hablado antes interponiéndose en mi camino.
Me sentí como un animal en su entrenamiento de adiestramiento, no quise montar una escena ante lo que estaban haciendo, pues no me daban la libertad de mis decisiones, pero solo quería acabar con esto lo más rápido posible.
Continué mi camino apresurando un poco el paso para llegar al salón pronto y liberarme de ese encierro.
Mi cabeza empezaba a doler con tanto estrés, solo esperaba que incluso la fiesta terminase rápido para poder volver a mi habitación y dormir.
El salón era una cúpula que sobresalía de una parte del palacio, con una vista al mar y un minijardín muy bien cuidado, con unos pequeños muros a su alrededor para evitar caer al mar, con la entrada justo al lado del puente de acceso al palacio para que todos quienes llegaran de afuera no tuvieran que hacer todo un recorrido como a mí.
En la entrada estaban los soldados asegurándose de que los invitados portaran su carta de invitación para el acceso al salón, podrían haber cerca de trescientas personas.
Faltando unos pasos para encaminarme a la entrada del salón, los caballeros que me custodiaban me llamaron, giré para verlos diciendo que lamentaban las molestias, pero que su labor había terminado y después de una reverencia se marcharon.
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