La diosa de la luna - Capítulo 36
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- Capítulo 36 - 36 Capítulo 18 La mansión Odola_4
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36: Capítulo 18: La mansión Odola_4 36: Capítulo 18: La mansión Odola_4 Corrí adentrándome más a la mansión, luego de la sala y el estudio, se encontraba una cocina grande con una puerta hacia el patio trasero de la mansión, y un cuarto repleto de herramientas, no había sitio para esconderme en el primer piso, pero ¿por qué debía de esconderme?
No era justo que pasara todo el tiempo huyendo.
Escuché como llegó corriendo con su respiración agitada, sus pantalones estaban rasgados por el apretar de las ramas.
—Majestad, no quiero hacerle daño.
—dijo Kamil levantando su espada.
—No tienes por qué hacer esto.
Quien quiera que te esté amenazando, se puede solucionar… —¡No!
¡Usted no sabe quiénes son ellos y de lo que son capaces!
—gritó.
—¿Ellos?
—pregunté confusa.
—Por una promesa no puedo hablar de ellos, y por esa misma promesa, es que debo quitarle ese libro.
Dio unos pasos para lanzarse ante mí para clavar su espada al libro, tiré al piso el libro y con un levantamiento rápido de mis manos alcé un muro de tierra quien recibió el impacto de su espada.
Retrocedí dos pasos, y cuando fui a notar de nuevo la espada ya no estaba, sentí su presencia detrás de mí, por lo que me volteé a mirar, al hacerlo me recibió con una bofetada tan fuerte que caí al suelo a un lado del libro y el muro que había creado.
—Por si no lo ha entendido majestad, soy un siena[1], por eso me liberé tan fácil de sus lindas ramas.
—dijo él acercándose a mí.
[1] Persona con la capacidad de atravesar cualquier superficie sólida.
—¡Kamil, detente!
Aunque no deseaba pedirle ayuda, escuchar la voz de Eriol me dio un sentimiento reconfortante, tenía sangre en sus manos y una herida en la cabeza.
—Señor, perdóneme por mis actos, pero debo de hacerlo.
—dijo Kamil.
—Kamil, no tienes por qué hacer esto, déjame ayudarte.
—comentó Eriol acercándose a él poco a poco.
—Sé que lo haría, pero esta vez no puede ayudarme, por más que me gustaría que lo hiciera.
—¿Esto es lo que quieres para tu esposa e hijos?
—preguntó Eriol.
No tenía su espada en sus manos sino en su cinturón, caminaba muy lento hacia él con sus manos hacia adelante.
Kamil lloraba por las palabras que Eriol le decía mientras yo continuaba en el piso sin poder entender lo que ocurría, él negaba una y otra vez, se notaba como en su mente batallaba con miles de cosas.
En sus ojos se notó cuando tomó una decisión, empuñó con determinación su espada y la apuntó hacia mí, dispuesto a hacerme daño con ella, no tuve tiempo de hacer algo.
Sentí como unas gotas caía sobre mí, manchando mi vestido de sangre, Kamil con sus ojos abiertos y llorosos me observaban, en sus labios leí la palabra: “perdón”, su cuerpo cayó hacia un lado, Eriol sostenía su espada cubierta de sangre, impactado por lo que había ocurrido, la dejó caer al suelo y se puso a un lado de Kamil.
—Gracias por salvarme.
—le dijo mientras daba su último aliento.
No sé qué tan amigos fueran, pero durante su compañía en el templo se notaban cercanos, así debía ser para que Eriol supiera que tenía familia… una familia que no lo volvería ver.
Eriol me observó con sus ojos vidriosos, él no quería darme a entender eso, sé que no, pero así fue como lo entendí, que todo había sido mi culpa.
La última vez que lloré fue hace muchos años, tenía cerca de doce años, cuando descubrí que, al llorar, todos a mi alrededor sabía que estaba llorando, no podía ocultar ese sentimiento o guardarlo solo para mí, por mis poderes todos se enteraban de lo que me estaba ocurriendo, por eso había estado reprimiendo mis sentimientos.
Sin embargo, en ese momento no pude aguantar, ¿por qué siempre salía lastimada?
¿Por qué todos los que estaban a mi alrededor sufrían?
¿Por qué yo solo atraía sangre y sufrimiento?
Quizá se deba a alguna maldición, mis lagrimas caían sin parar mientras afuera llovía a cántaros, me sentía demasiado culpable, pues había sido mi idea llegar hasta la mansión, Eriol había asesinado a su amigo por mi culpa.
Él se levantó de su lado, pasó a un lado de mí y se detuvo cerca de las ventanas que daban hacia el patio trasero observando la lluvia que estaba ocasionando mis lágrimas.
—Juré protegerla.
—dijo él captando mi atención.
—Y eso hice.
No tendríamos por qué sentirnos culpables, ¿cierto?
Aunque ambos teníamos el mismo sentimiento, lo expresábamos de formas diferentes.
Él había perdido a su amigo.
Limpie mis lagrimas mientras él seguía observando las gotas caer, me acerqué a él lo suficiente para que pudiera escucharme.
—No somos culpables por las acciones de los demás, aunque a veces sufrimos las consecuencias de ellos.
Se giró para sonreírme, sin embargo, sentí una punzada en mi corazón cuando noté que también había estado llorando.
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