La diosa de la luna - Capítulo 40
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- Capítulo 40 - 40 Capítulo 20 Una visita inesperada_3
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40: Capítulo 20: Una visita inesperada_3 40: Capítulo 20: Una visita inesperada_3 —Me asustaste.
—puntualicé para calmarme.
Bajó sus brazos y me giré para verlo.
Llevaba puesto un traje elegante a pesar de la hora, un traje que lo más seguro lo tuvo puesto durante el festival.
—¿Qué haces aquí?
—preguntó.
—Me pareció haber visto algo.
—dije señalando el lugar donde había visto a Nina.
—Ven, te acompañaré a tu torre.
—dijo tomando mi mano.
Me solté rápido de su agarre, para evitar que me tomara con fuerza como otras veces.
—No.
—dije.
—¿No quieres ir o no quieres que te acompañe?
—preguntó confuso.
—No quiero ir.
—le respondí, cuando caí en cuenta que era un lugar donde él no debía estar en ese momento y menos vestido así.
—¿Tú que haces aquí, Aries?
—No es de tu incumbencia.
—Y yo respondiéndote amable.
—dije llevándome la mano a las sienes.
Pasé a un lado de él, para comenzar a caminar a mi verdadero destino, el jardín.
Sin embargo, comenzó a seguirme, esta vez sí escuchaba sus pasos, no como cuando apareció tan de repente detrás de mí.
—Deja de seguirme.
—le pedí.
Pero hizo caso omiso, continúo siguiéndome hasta que me senté en la fuente central del jardín, él se sentó a mi lado contemplando la oscuridad de la noche.
—Lamento mucho lo que te ocurrió.
—dijo él de repente.
—¿Qué?
—pregunté confusa, ya que no era normal en él dar palabras de aliento o positivas.
—Si, lo que ocurrió en Agnes.
—Lamento no haberte acompañado.
—lo que menos quería es hacerlo sentir mal, no me encontraba de ánimos para eso por todo lo ocurrido.
—¿Cómo te fue?
—No te perdiste de nada, salvo de una deliciosa cena de la familia Bonde.
La familia Bonde son los concejales de la ciudad de las sombras, por lo que no me extrañaría el banquete que le pudieron haber ofrecido.
—¿Cómo te sientes?
—preguntó.
—¿Por qué de repente eres tan amable conmigo?
Se quedó asombrado ante mi pregunta, pero más me extrañaba el repentino interés que tenía hacía mí.
—No lo sé, solo quiero darte ánimos con todo lo que ocurrió.
—respondió él.
—No sé cómo me siento.
—respondí.
—Son muchos sentimientos envueltos en mí.
—Si te sirve de consuelo, no tienes la culpa de lo que ocurrió.
—Sé que no, pero no dejo de pensar en ello.
—Estuvieran ahí o en otro lugar lo más seguro es que igual te hubiera atacado.
—Ese es el problema, que no entiendo por qué quieren hacerme daño.
—le dije.
—Me entristece saber que le puedo ocasionar sufrimiento a los demás sin darme cuenta de ello.
—A veces solo pagamos por las decisiones de los demás.
—comentó él sin observarme.
Nos quedamos un rato en silencio, de esos que, en lugar de hacerte sentir incómoda, te abrazaban de manera reconfortante.
—La noche es muy hermosa.
—comentó él.
—Sabes que, al halagar la noche, también lo haces conmigo.
—dije intentando molestarlo un poco, pero ante mi sorpresa, me respondió: —Lo sé.
Sus actitudes conmigo habían estado muy extrañas, el hecho de querer bailar conmigo y que ahora dijera eso.
Me acerqué a él para colocar mi mano en su frente instintivamente.
—¿Qué haces?
—preguntó confuso.
—Solo compruebo que no estés enfermo.
—¿Sabes que no podemos enfermarnos?
Lo había olvidado, una de las ventajas/desventajas de ser reyes es que no podemos enfermarnos, ni podemos morir.
Retiré mi mano cuando dijo ese comentario un poco avergonzada.
—Volveré a mi habitación.
—dije, evitando una situación más incómoda.
—Te acompañaré.
Caminamos en silencio hasta mi torre.
Con un suave movimiento de manos y una sonrisa que no había visto se despidió de mí cuando entré.
Me acosté de nuevo en mi cama pensando en que sus comentarios y acciones habían estado provocado en mí sentimientos que no había experimentado antes.
Cerré mis ojos agradeciendo que él me haya hecho compañía y me brindara su apoyo.
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