La diosa de la luna - Capítulo 41
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- Capítulo 41 - 41 Capítulo 21 El cultivo de flores
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41: Capítulo 21: El cultivo de flores 41: Capítulo 21: El cultivo de flores —Despierta, Agatha.
—su voz sonaba delicada y armoniosa.
—No, un rato más.
—respondí, a lo que ella río.
—Vamos, hay tareas que hacer, amor.
Escuché sus pasos mientras salía de la habitación.
Un berlcor[1] se subió a mi cama, lo que me sorprendió bastante y me terminó despertando.
La habitación era rústica de piedra y madera, me llamó la atención el olor a tostadas y café que provenían de afuera.
[1] Un conejo con unas pequeñas alas por orejas, cola larga y un pequeño cuerno a mitad de su cara.
Es un animal meramente doméstico debido a su ternura, no llegan a medir más de veinte centímetros de pie en cuatro patas.
Me levanté con un fuerte dolor de cabeza, a un lado de la cama estaban mis sandalias, bajé al berlcor de la cama que daba vueltas alrededor de mí mientras caminaba fuera de la habitación.
—Vamos, Flora, a comer.
—le dije acariciándolo.
En la cocina, había una mujer tarareando una melodía, me senté en la mesa que crujió ante mi peso, Flora se subió a la silla que tenía a un lado y se acostó ahí.
—Buenos días, hija.
—dijo la mujer.
—Toma tu desayuno, iré afuera a ordeñar las vacas.
Sin mirarme, salió de la cocina dejando un plato servido en el mesón.
Allí estaban en un plato las tostadas, huevos y café, tomé el plato y me senté en la mesa a comer.
Tenía una extraña sensación en mí, pero no podía descifrar que era, quizá solo había dormido mal.
Al terminar mi desayuno, lo lavé y me puse las botas para salir al campo.
Flora estuvo todo el rato detrás de mí, caminé entre los graneros buscando a mi mamá, quien estaba de espalda ordeñando a una vaca tal y como había dicho.
—Hija, ¿por qué no recolectas las flores?
—preguntó sin voltear a mirarme.
—Si, mamá.
—le dije, pero de nuevo sentí una extraña sensación en mí.
Decidí ignorarla y comenzar a recolectar las flores.
Mi familia tenía una pequeña floristería en la ciudad, todos los días la tarea de recolectar las flores consistía en tomar las mejores y llevarlas a la tienda donde mi padre armaría los ramos para la venta, procurando no dañarlas.
Tomé dos canastos, uno para recoger las flores y otro para que Flora me acompañara, me gustaba mucho ese pensamiento ya que por el nombre siempre llevaba dos flores en los canastos, me causaba mucha gracia.
El viento acariciaba suavemente mi cuerpo con su vaivén, movía con cuidado las flores.
Flora estaba dormida en su canasto con una manta encima protegiéndolo del sol.
Comencé a tararear la misma melodía que cantaba mi madre en la cocina, cuando de nuevo sentí una punzada en mi pecho, ese sentimiento que no se iba, pero en esta ocasión lo sentí tan fuerte que pinché mi mano con las tijeras de podar, sentí el dolor y una pequeña gota de sangre formarse en la herida.
Flora gruñó ante el sueño que estaba teniendo, volteé a mirar si estaba bien, cuando observé mi mano de regreso, ya la herida no estaba y el dolor había desaparecido.
Al cabo de unas cuantas horas, había terminado de recolectar todas las flores, tenía diversas flores, brisas azules, ziras rosadas, ereldis amarillas y naranjas, rosas rojas y hortensias blancas.
Las envolví bien las flores separándola por categorías dentro de la casa, desde la ventana observé a mi madre cambiando el cultivo de un vegetal.
Salí a decirle que ya me iba, pero ya no estaba donde la había visto hace un rato.
Comencé a llamarla, pero no la veía por ningún lado.
Por lo que decidí entrar de nuevo a la casa, y la vi en la cocina preparando algo de comer.
—Iré a llevarle las flores.
—comenté buscando captar su atención.
—Bueno, hija, me saludas a tu tío.
—respondió ella.
—¿Tío?
Pero, si iré con papá, mamá.
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