La diosa de la luna - Capítulo 44
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- Capítulo 44 - 44 Capítulo 22 La noche_2
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44: Capítulo 22: La noche_2 44: Capítulo 22: La noche_2 Eriol Me giré para dirigirme a la cama, no tenía los ánimos suficientes para lidiar con cualquier cosa o incluso pensar.
Los brazos de Beatriz me sorprendieron desde atrás tocándome la espalda, siempre habíamos sido muy cercanos… pero no lo suficiente.
Voltee para mirarla fijamente, para que incluso así se detuviera, pero fue todo lo contrario, fugazmente se lanzó sobre mí para darme un beso, aunque rápido la aparte.
—Habíamos acordado hace años que esto no volvería a ocurrir.
—le dije.
Ambos respetábamos las relaciones que pudiera tener la otra persona, sin embargo, en el pasado había cometido muchos errores y uno de ellos había sido estar con Beatriz, no porque no me resultase atractiva, sino porque no veía en ella lo que buscaba en una pareja, quizá tristemente se debía a que la conocía muy bien, que crecí con ella que no la veía de esa manera.
—Intento ayudar a que te sientas mejor.
—dijo ella para continuar besándome.
No quería luchar contra mis impulsos, la culpa aún no se iba, por más que intentara no podía dejar de pensar en ello.
Mi mente divagaba, pero jamás me negué, ya cuando quise hacerlo era demasiado tarde.
Desperté de pronto, la noche había llegado hacía mucho tiempo, la luna brillaba con la serenidad de la reina Agatha, tenía a Beatriz desnuda a mi lado cubierta con la poca sábana.
Ella había sentido que me había despertado abruptamente, sus brazos cubrieron mi cuerpo obligándome volver a la cama, aún tenía la sensación de que algo me había despertado, lo más seguro es que se tratase de un sueño, aunque a decir verdad deseaba despertar de la realidad.
Beatriz se revolvió en la cama y rápidamente se levantó, el sol se filtraba por la ventana cayendo sobre la cama.
En las pocas horas, ella salió apresurada de la habitación mientras yo apenas entraba al baño, arrepentido de cada una de mis acciones, una peor que la anterior.
Lo sucedido con Beatriz era un error que no volvería a cometer, aunque en el pasado haya dicho las mismas palabras, esta vez me aseguraría de que fuera real.
Salí un poco apresurado de mi habitación, tarde recordé que la reina Agatha a primera hora tendría una visita a la familia Savela, una familia experta en las importaciones y exportaciones que se mueven en Hirina, una reunión de suma importancia que recuerdo que en algún momento ella misma pidió hacerse cargo de ello, era importante que ella estudiara los flujos del comercio en Hirina, el trabajo era de la reina Isadora, pero no tuvo molestias en dejárselo a la reina Agatha.
Al llegar a su habitación la puerta estaba abierta de par en par, vi a un par de personas entrando en la habitación y otra más saliendo, era algo inusual, la pieza de la reina solo pocas personas podían entrar, a menos que ella misma les haya dado el acceso, aun así, apresuré el paso para saber que ocurría.
La reina estaba aún acostada en su cama, se le veía relajada para tener a muchas personas a su alrededor, era realmente extraño que estuviera todavía en cama, teniendo en cuenta que era una persona que le gustaba estar despierta desde temprano, posiblemente se encontraba tan cansada que aun continuaba dormida… y lo estaba.
Sus shauri estaban en el sofá, se les veía bastante conmocionadas, se abrazaban la una a la otra mientras que los demás corrían por la habitación.
Me acerqué a ellas para poder saber que estaba ocurriendo, porque todo aquello no me transmitía una buena sensación.
—Señor Gerlaria.
—dijo Isobel cuando me vio llegar.
—Es grato verlo aquí.
—¿Qué ocurre, señorita Amica?
Coloqué más atención a quienes estaban en la habitación, eran sanadores… mi corazón empezaba a latir con fuerza, empecé a imaginarme lo peor.
—Llegamos hace un rato como de costumbre todos los días.
—explicó Akina.
—La llamamos muchas veces, pero no despertaba.
Pude ver como los sanadores sentaban su cuerpo inmóvil, inerte.
Su cabeza se fue hacia atrás, un sanador se la sostuvo, su pecho se movía, subía y bajaba, aun respiraba, pero no estaba despierta.
El sacerdote Uzuai entró a la habitación, intercambió un par de palabras con los sanadores y luego se fue, no determinó casi a la reina, incluso puedo decir que ni siquiera la miró.
Al poco rato que el sacerdote llegó, entraron un par más de sanadores quienes traían consigo una camilla.
—Un momento, ¿qué van a hacer?
—pregunté alterado.
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