La diosa de la luna - Capítulo 50
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- Capítulo 50 - 50 Capítulo 23 El despertar_4
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50: Capítulo 23: El despertar_4 50: Capítulo 23: El despertar_4 —Vamos, te acompañaré a tu habitación.
—dijo Aries a los pocos segundos que se fueron los sanadores.
—No, Aries, muchas gracias.
—respondí.
—Puedo ir sola.
—¡Si!
—gritó Beatriz.
—Así podré estar un poco más cerca de Lio, hay cositas que necesitamos hablar.
Eriol rodó sus ojos ante el apodo por el cual lo había llamado Beatriz, empezaba a conocer un lado de él que no tenía idea de que existía, en ese momento me puse a cuestionar que tanto conozco de las personas que me rodean, ¿conoceré lo suficiente a mis shauri y mi guardián?
Ante lo que dijo Beatriz, ignorando por completo mi negación al comentario de Aries, preferí no dar respuesta, solo comencé a caminar en silencio.
Aries se apresuró a colocarse a mi lado, Beatriz y Eriol se quedaron retirado de nosotros, durante el camino podía escuchar como Beatriz le contaba de su vida a Eriol, pero este solo asentía, comentaba algo corto o suspiraba, no dialogaba mucho, ¿cuándo le pregunté algo también será así?
—¿En qué tanto piensa?
—preguntó Aries sacándome de mis pensamientos.
—En las desapariciones.
—mentí.
Por alguna extraña razón no era capaz de ser muy honesta con Aries sobre lo que sentía o pensaba, me parecía demasiado extraño como había cambiado su comportamiento conmigo.
La conversación quedó hasta eso, duramos en silencio el resto del camino.
La noche había llegado hacía mucho, por lo que la oscuridad reinaba en casi todo el lugar, mis shauri deberían estar en sus habitaciones descansando, Eriol se encontraba conmigo, por lo que no hallaba explicación para que la puerta de mi habitación estuviera abierta y con las luces encendidas.
Mi corazón comenzó a latir muy deprisa y solo podía pensar en el libro, que tan solo estuviera en el sitio donde lo dejé por última vez, habían pasado muchas cosas que no me había permitido hojearlo tan siquiera una vez, me colocaba muy ansiosa cada vez que pensaba en ello.
Me detuve a mitad del camino, unos escasos pasos para llegar a mi habitación, volteé a mirar a Eriol, Beatriz lo tenía tomado de la mano, rápidamente se soltó de su agarre y caminó él hasta la puerta pasando por mí lado.
—Señoritas, no deberían estar aquí a estas horas.
—lo escuché decir cuando entró a mi habitación.
—Le preparamos la habitación a su majestad para que pudiera descansar.
—escuché la voz de Isobel.
Sentí mucha emoción al escuchar su voz, entré a la habitación y me quedé un poco impactada por lo que encontré dentro, de manera sorpresiva, mi habitación estaba llena de las mismas flores con las que había soñado, con los mismos colores y las mismas especies de ellas, de la habitación emanaba un olor muy característicos de esas flores.
Daniel estaba sentado en el sofá con Akina, sin duda tenía un poder casi magnético sobre las mujeres quienes caían rendidas a sus pies, Akina se le veía bastante emocionada hablando con Daniel, hasta que ambos notaron que había entrado.
—¡Mi reina!
—exclamó Daniel al verme.
Se levantó del sofá, en su mano tenía un ramo de rosas rojas, adornadas de una manera muy llamativa con otras flores que no reconocí en tonos blancos que hacían juego con el ramo.
—Aunque quisiera llevarme el crédito de las flores, hay algunas que no son mías.
—comentó Daniel.
—Son todos de remitentes diferentes, majestad.
—dijo Isobel.
—Muchos nobles le enviaron flores en preocupación por su salud.
Daniel caminó hasta mí, se arrodilló y me extendió las flores, se podía sentir un aroma muy agradable desprendiendo de ellas, las tomé e instintivamente las olí, para comprobar su aroma.
—Me entristeció mucho saber lo que le había ocurrido, mi reina.
—comentó Daniel levantándose.
—Agradezco mucho su gesto, Daniel.
—respondí.
—Pero no creo que haya sido necesaria tantas flores.
Al igual que ustedes, señoritas, agradezco mucho que estén aquí.
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