La diosa de la luna - Capítulo 70
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70: Capítulo 30: Un sueño 70: Capítulo 30: Un sueño —Diosa Amaris, agradezco mucho que me des la oportunidad de cumplir un año más de vida, con cada año que pasa, me vuelvo más fuerte, poderosa.
Espero en un futuro asemejarme mucho a usted y lograr hacer algo para marcar la diferencia.
Podía reconocer el lugar, me encontraba en la capilla que hay dentro del templo donde crecí, la estatua de la diosa Amaris se encontraba frente a mí, cada vez que estaba frente a ella, sentía que podía observarme.
A mí lado estaba el sacerdote Uzuai, quien me acompañaba en la conmemoración de mi cumpleaños.
Tenía puesto el uniforme de los monjes del templo, como era tradición durante mi entrenamiento y crianza, una túnica blanca un poco holgada a mi cuerpo para que me permitiera moverme con facilidad, con unos bordados plateados en las mangas de la camisa y pantalón, y el símbolo de la luna en el pecho.
—Tiene razón, reginor Agatha.
Con mucho esfuerzo lograrás lo qué te propongas.
—me respondió el sacerdote Uzuai, como siempre con palabras cortas y concisas.
—Espero que así también tengan tiempo para poder seguir con sus enseñanzas, Uzuai.
—escuché decir a la sacerdotisa Hana detrás de nosotros.
Hana era de las personas más crueles que he conocido, siempre solía decir las palabras más hirientes sin dudar de ello con una sonrisa de por medio, pero siempre era conmigo que tenía ese trato, con los demás había notado que podía ser mucho más condescendiente.
Siempre iba sin zapatos andando por cualquier lugar, con su cabello largo, rubio y su túnica, detrás de ella, se encontraban el resto de los sacerdotes de los demás templos.
—No sea tan dura con ella, Hana.
—dijo el sacerdote Qail del templo de Agnes.
El sacerdote Qail se acercó a mí para felicitarme con un par de palmadas en el hombro, además de traerme un obsequio, un lazo para poder atarme el cabello.
Los sacerdotes, al vivir tantos años, las cosas materiales solían tener significados diferentes, las cosas más simples le parecían lo más significativo, por lo que sus regalos eran cosas simples pero que se apreciaban con mucho cariño.
Él era uno de los pocos sacerdotes que me trataba con cariño y respeto, como Uzuai o Amelina del templo de Crystal.
Hana, su trato era muy distante conmigo y cada vez que me hablaba, no era la más buena.
Mientras que Silas del templo de Akina y Seren del templo de Isaura, eran más neutrales en su trato conmigo.
Cada uno de ellos me felicitó con palabras o solo con palmadas en el hombro, y por supuesto obsequios, cuando llegó el turno de Hana, me quedó mirando muy fríamente.
—Felicidades en tu décimo tercer cumpleaños.
—dijo la sacerdotisa Hana desde lejos.
—Además de venir por su cumpleaños, reginor Agatha, venimos también a evaluarla.
—me dijo la sacerdotisa Amelina con un tono de emoción.
—¿No era dentro de unos días mi evaluación?
—pregunté un poco nerviosa.
Normalmente cuando sabía que tenía evaluación de mis poderes, solía buscar un truco para poder enseñarles, siempre lo hacía con tiempo y en los últimos días lo practicaba para que saliera perfecto, por lo que una evaluación sin previo aviso me dejaba sin ideas de qué mostrarles.
—Si, pero como veníamos a tu cumpleaños, decidimos hacer un solo viaje.
—me respondió el sacerdote Silas.
La evaluación se hacía cada cierto tiempo a los futuros reyes, o reginor como nos llamaban ellos, para saber que tanto han avanzado en los entrenamientos y qué hace falta mejorar en las clases, más que en cuestiones políticas, es en los poderes lo que se enfocaban.
Mis evaluadores son la sacerdotisa Amelina, quien enseña a todos los elementales agua, y el sacerdote Silas, quien enseña a todos los elementales tierra.
Los demás sacerdotes también podían opinar, pero quienes realmente daban su veredicto eran ellos dos de cuanto he avanzado y en qué debo mejorar.
Nos fuimos al centro de entrenamiento dentro del templo, un espacio amplio, pero cerrado para que nadie del exterior pueda ver los entrenamientos, con unos balcones dentro del recinto para que ellos puedan ver mis movimientos y la magnitud de mis poderes.
Entrenaba todos los días en un horario establecido por el sacerdote Uzuai, cada día alternábamos agua y tierra, y un día hacíamos los dos para aprender a controlarlos al mismo tiempo, pero aún no había sido capaz, consumía mucha energía, siempre que lo intentaba terminaba mareada, en una ocasión me exigí demasiado que me desmayé.
No podía hacer una demostración básica, debía sorprenderlos realmente como para tener una evaluación positiva, de no ser así, me atrasaría en mis estudios, e incluso después de la coronación debería seguir entrenando hasta perfeccionar el control sobre ellos.
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