La Dyalquimista - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 La caída de Blutmar - Parte 2
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10: La caída de Blutmar – Parte 2 10: La caída de Blutmar – Parte 2 —¡Aguanten!
¡Ya casi llegamos!
—vociferó, forzando la voz sobre los estruendos de las flechas y azotó los látigos.
El camino se volvió más estrecho al girar una curva abrupta, y los tres lo vieron: las murallas de Blutmar recortadas contra la bruma, pero lejos de ser la salvación… se habían convertido en un infierno vertical.
Decenas de segadores trepaban los muros con sus seis extremidades, clavando las patas como lanzas.
Cada criatura que alcanzaba la cima se lanzaba contra los defensores, y aunque flechas y lanzas los empujaban al vacío, otros diez más los reemplazaban.
El carromato avanzó desbocado hasta el portón, solo para encontrarse con la más cruel de las imágenes: las murallas estaban cerradas.
Fue un segundo que se alargó como una eternidad.
No había tiempo para de dar aviso, ni de modificar la marcha, y ni hablar de detenerse con el rugido de los segadores pisándoles los talones.
Cesio sintió cómo la mente se le quedaba en blanco.
Las opciones de vida se evaporaban segundo a segundo, y las de muerte, en cambio, ascendían todas juntas… Aferrado a las riendas, su cuerpo permaneció bloqueado, con la mirada fija en la madera maciza e impenetrable del portón, sabiendo que, probablemente, ese inminente impacto… sería el último de su vida.
Pero entonces, ocurrió.
Un golpe feroz retumbó desde dentro, y el portón levadizo se precipitó hacia abajo con una velocidad tremenda.
El suelo tembló bajo el impacto, levantando polvo y fragmentos de piedra.
Una brisa intensa cruzó el aire.
Darízoto y Cesio la reconocieron al instante… Tras el portón, emergió una figura con la capucha caída sobre el rostro.
Avanzaba con paso firme y la determinación marcada en cada línea de su semblante.
Amaril avanzó hacia el frente, extendió ambas manos hacia los perseguidores y desató una onda expansiva devastadora.
El aire se contrajo primero, como si respirara, y luego estalló hacia afuera en una sacudida brutal que barrió a los segadores del sendero.
Cuerpos y extremidades negras salieron disparadas contra las rocas.
Sin perder el ritmo, Amaril se elevó en el aire.
Su figura se arqueó en pleno vuelo y descendió sobre la parte trasera del carromato, aterrizando junto a Aria y Darízoto, pero ninguno tuvo tiempo de sorprenderse porque en cuestión de segundos, el portón ya había quedado atrás.
Con una firmeza implacable, Amaril trazó un arco con su brazo, de abajo hacia arriba, y la madera respondió al instante, y el portón se elevó, cerrándose de golpe tras ellos, sellando la entrada con la misma brutalidad con que se había abierto.
El carro siguió avanzando, deteniéndose poco después de las murallas para que todos pudieran recobrar el aliento.
Amaril se quitó la capucha y contempló la mirada abruptamente anonada que sus colegas le devolvían.
—No puedo hablar por la chica… —empezó a decir Darízoto—, pero estoy seguro de que a Cesio y a mí se nos acaba de parar.
—Confírmo… —le secundó el pistolero.
Amaril los ignoró con la misma facilidad con que se ignora el zumbido de una mosca y se inclinó hacia Aria.
—¿Estás bien?
—La alquimista asintió, y luego, la mujer se dirigió a los demás—.
Cesio, no puedes detenerte.
Sigue hasta la plaza central.
Estamos amurallando los alrededores.
El carromato retomó la marcha y al girar la última calle, la visión de la plaza se hizo presente en sus ojos.
Decenas de habitantes, guardias y soldados trabajaban juntos, atrincherando el sitio al completo con muebles, barriles y barricadas improvisadas.
Los gritos se mezclaban con el estrépito de armas, y metido entre la multitud, el tabernero descargaba un hacha de mano contra el pecho de un segador que había cruzado las defensas.
La criatura cayó de rodillas y el hombre aprovechó para empalarle la cabeza con un segundo golpe brutal.
—¿Dónde puta-madres está Percival?
—bramó Darízoto, descendiendo del carro.
El tabernero retiró el hacha, aplastó el cráneo del segador con un golpe seco contra el empedrado y escupió al suelo con desprecio.
—Yo qué sé.
No lo he visto en todo el día.
Una ráfaga de miradas confundidas recorrió al grupo.
—¿Nadie?
—insistió Amaril, recorriendo a los presentes con un filo de desconfianza en la mirada, pero solo recibió negativas.
—Eso es extraño… —añadió Cesio.
Un escalofrío recorrió la espalda de Aria.
Algo no encajaba.
Tenía que cerciorarse.
Bajó la mirada hacia el colgante y llevó la mano a su pecho, oprimiéndolo con fuerza.
Dejó que la energía recorriera la piel hasta la sien izquierda y su Grafo encendió su mirada con un resplandor azul profundo.
Peinó el área circundante, hasta que encontró la estela.
Ya no se dirigía hacia los barrios bajos, había cambiado otra vez.
Ahora apuntaba… justo hacia la taberna.
—Chicos… creo que sé dónde puede estar.
Síganme.
—¿A dónde quieres ir?
Hay que defender el lugar… —gruñó Darízoto, limpiándose la sangre seca del rostro con el dorso de la mano sana.
Aria guardó silencio un momento y se volvió hacia el grupo.
—Creo que el alcalde está escondiendo algo, pero debo cerciorarme.
Aunque si quieren quedarse, pueden hacerlo.
Tras esas palabras, se adelantó hasta el tabernero.
—Disculpa, ¿puedes venir también?
Puede que vaya a necesitar tu ayuda para abrir cierto lugar… El hombre arqueó una ceja, sorprendido por el tono súbito de la muchacha, pero antes de que pudiese decir nada, Cesio alzó la voz.
—Okey, chica.
De repente estás muy misteriosa… ¿Me puedes explicar qué está pasando?
—Hay algo que quiero ver… y no creo que tengamos tiempo de explicaciones.
Además, dudo que me crean, así que será mejor cerciorarnos en persona… En fin, ¿Puedes venir?
—repitió Aria, clavando los ojos en el tabernero.
—Bah.
Como quieras… —contestó él, con un encogimiento de hombros—.
¿Pero qué exactamente quieres abrir?
***** El grupo entero se encontraba reunido en el rincón bajo las escaleras de la taberna.
El suelo estaba cubierto de polvo, y detrás de los barriles apilados, una trampilla de acero se ocultaba entre la loza del suelo.
—¿Puedes abrirla?
—preguntó la alquimista.
—No, lo siento.
No tengo la llave.
Aria parpadeó, incrédula.
—¿Cómo que no?
¿No eres el dueño?
El tabernero soltó un suspiro que arrastraba más desánimo que culpa.
—Lo soy, pero cuando compré este lugar, el alcalde me advirtió que lo único a lo que no tendría acceso era a la bóveda bajo esa puerta.
—¿Ye eso no te pareció extraño?
—preguntó Amaril, con el ceño hundido y brazos cruzados.
—Sí, pero no lo suficiente como para quitarme el sueño.
Yo quería una taberna para vender mi mercancía, nada más.
El sitio tiene bodegas de sobra, así que no me importó.
Además, desde que abrí, nadie ha cruzado jamás esa puerta, ni siquiera el propio alcalde.
De hecho, los barriles que coloqué para taparla siguen en el mismo sitio desde el primer día.
Jamás los moví.
—Apártense… —gruñó Cesio, levantando su revolver—.
Quizás sea un refugio.
No nos vendría mal investigar.
Sin esperar respuesta, disparó a los candados que aseguraban la trampilla, pero ninguno se inmutó en lo absoluto.
Cesio bajó el arma, sorprendido, e intentó de nuevo, pero el resultado fue el mismo.
—Les juro que es la primera vez que me pasa algo así… Aria entrecerró los ojos, rebuscando en los estuches de su cinturón.
Sus dedos recorrieron frascos y ampollas hasta que encontró uno más pequeño y alargado.
Al sacarlo, exhaló un suspiro de alivio.
—Qué suerte que lo guardé aquí… —murmuró para sí misma—.
Creo que yo puedo abrirlo.
Agitó el frasco hasta que el líquido grisáceo en su interior pareció espesar y vibrar contra el cristal.
Lo destapó con cuidado, acercó la boca a los candados y vertió el contenido.
Al principio, el metal apenas siseó, después el sonido se agudizó en un chillido áspero que retumbó contra el metal.
Grietas delgadas recorrieron la superficie de los candados hasta derretirlos por completo.
La compuerta se abrió con un lamento metálico, exhalando un soplo de polvo acumulado durante años.
—¿Y eso…?
—preguntó Darízoto, intrigado.
—Sí… ¿Llevas siempre contigo algo para abrir cerraduras?
—añadió Amaril.
«—En realidad —se interrumpió Aria en la actualidad, para dejar constancia—, los candados no eran normales.
Tenían un hechizo protector muy difícil de sortear.
Yo misma me colé una noche en la taberna para intentar abrirlos, pero no pude.
Así que, mientras trabajaba en los campos defensivos, también me tomé la libertad de elaborar una receta avanzada para forzar cerraduras imágicas.
Pero… eso no fue lo que les dije a ellos».
—Me gusta estar preparada, una nunca sabe —mintió Aria, guardando el frasco con la mitad del contenido en su cinturón.
Una escalera de caracol descendía hacia lo profundo, tragándose la luz de las lámparas que traían consigo.
—Sí… tiene toda la pinta de refugio —murmuró el tabernero, mientras se asomaba.
«—Espera… —interrumpió Stephyr—.
Ese tal tabernero ya está apareciendo bastante en tu cuentito.
¿Por qué no nos dices como se llama y ya?».
«—Es que… —dijo Aria apenada—, se me olvidó.
No hablé mucho con él en mi tiempo en Blutmar».
«—Invéntale uno, ¿qué más da?
—añadió Zuhon».
«—No puedo… —contestó la alquimista, dirigiendo una mirada hacia su soga».
«—Ohhhh… ¿Eso cuenta como mentira?
—preguntó Zuhon al gobernador».
«—Sí, cuenta».
«—¡Puta madre!
—exclamó el pirata con una sombra de nervios teñida en su frente—.
¿Voy a tener que recordar los nombres de toda mi tripulación?
¿Sabes cuántos son?
¡Ni yo lo sé!».
«—Sí, dímelo a mí —añadió Aria, agotada—.
Hacer esto es más complicado de lo que parece…».
«—A la mierda.
Los llamaré: pirata, uno, dos, tres y así… ¡Ya están avisados!
¡El que avisa no miente!».
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