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La Dyalquimista - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 La caída de Blutmar - Parte 3
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11: La caída de Blutmar – Parte 3 11: La caída de Blutmar – Parte 3 «—A la mierda.

Los llamaré: pirata, uno, dos, tres y así… ¡Ya están avisados!

¡El que avisa no miente!».

Uno a uno, el grupo fue bajando.

La escalera parecía interminable, como un descenso hacia las entrañas mismas de la ciudad.

Finalmente, alcanzaron una puerta de hierro clavada en la roca.

Darízoto la empujó con el hombro y esta se abrió con un chirrido que arañó los nervios de todos.

Lo que encontraron al otro lado los dejó sin palabras.

El espacio era amplio, abovedado, iluminado por lámparas de gas que ardían aún en los rincones.

Mesas repletas de matraces, tubos de vidrio, crisoles ennegrecidos y fórmulas clavadas en tablillas de madera se distribuían por toda la sala.

Era un laboratorio alquímico en toda regla.

—¿Quién demonios monta algo así debajo de una taberna?

—masculló Cesio, recorriendo con la mirada los estantes repletos de instrumentos.

Amaril, inmóvil, fijó la vista en las lámparas encendidas.

—Parece que no hace tanto que alguien estuvo aquí.

Aria se aproximó a una de las mesas.

Entre papeles amarillentos y restos de soluciones secas, distinguió un cuaderno con anotaciones.

La tomó con delicadeza, y sus ojos recorrieron cada línea hasta que la sangre se le heló en las venas.

—Por eso… los Segadores atacaron con tanta furia.

Darízoto frunció el ceño, acercándose a ella.

—¿Qué quieres decir?

—Aquí estaban preparando una receta, pero… es algo macabro.

Están usando cadáveres de crías de Segadores para potenciar químicamente su hedor.

—Tragó saliva—.

Es un compuesto que les hace creer que aquí están matando a sus crías.

Por eso está tan enloquecidos.

Las apariciones no fueron naturales.

No llegaron porque sí.

Todo esto… fue provocado adrede.

Amaril entrecerró los ojos, clavándolos en la hoja como si buscara leerla a través de Aria.

—Provocado para qué.

¿Qué ganarían trayendo a una horda de Segadores hasta Blutmar?

—¿Por qué no lo averiguamos?

—interrumpió Cesio, empujando una puerta semiabierta al final de la sala—.

Puede que encontremos al culpable por aquí.

Todos se reunieron de nuevo en la nueva puerta que había encontrado Cesio, y mientras pasaban de uno en uno, Darízoto comentó: —¿Estamos de acuerdo en que a nadie le sorprendería un carajo, que esto sea obra del alcalde, no?

—Su desaparición repentina deja mucho a la imaginación.

—Respondió Amaril, liderando la marcha—.

Lo que no comprendo es para qué se tomaría las molestias de preparar barreras defensivas si de todas formas iba a atacar el pueblo.

—¿Quizás quería una coartada?

—añadió Cesio, presionando en la herida de su abdomen.

—Ahora que lo pienso… —empezó meditar Aria—.

Creo que jamás quiso que termináramos la nueva barrera.

Por eso el Grafista que supuestamente envió a contratar nunca apareció.

—Tiene todo el sentido del mundo para mí… —espetó Darízoto conteniendo su rabia.

—No.

No lo tiene… —respondió el tabernero.

Todos se voltearon a verlo—.

Conozco al alcalde desde hace años… —dijo con seriedad—.

Les puedo asegurar que jamás vi una actitud sospechosa en él.

Siempre se preocupó por todos en este pueblo.

Y llevarlo a la ruina de esta forma… no tiene el más mínimo sentido.

El grupo avanzó a través de un estrecho y bastante extenso pasadizo, y pronto, sus diez orificios nasales recibieron la intrusión repentina de un poderoso hedor nauseabundo.

Era una violenta podredumbre similar al hierro oxidado, que parecía adherirse a la garganta.

Aria se detuvo en seco, con el corazón acelerado.

Lo reconoció al instante.

Ya había sentido esta pestilencia antes.

En aquella cabaña en los barrios bajos.

—¡Rápido!

—exclamó, y se lanzó a correr por el túnel, con los demás siguiéndola de cerca.

Cuando llegaron al final, una puerta de piedra cedió con un quejido profundo, y el grupo se topó con una sala más amplia que la anterior.

El hedor se volvió insoportable; algunos se cubrieron el rostro con las mangas, y otros apenas lograron contener las arcadas.

Y en el centro de la sala, los esperaba una escena que no los volvería a abandonar jamás.

Un pozo circular, de bordes agrietados y amplios, ocupaba la parte central.

La cavidad rebosaba de un líquido rojo y espeso que burbujeaba como si estuviera vivo.

En la superficie del estanque flotaban fragmentos de patas desgarradas, torsos abiertos y esas cabezas romboidales inconfundibles de los Segadores.

Alrededor del pozo se alzaban cuatro columnas de piedra de punta angosta que se curvaban hacia el centro, arqueadas como garras, pero ninguna llegaba a tocarse.

Entre ellas, un aro de inscripciones rodeaba el estanque en un círculo perfecto, y por si eso no fuera poco, el aire parecía deformarse a la vista con una cúpula semitranslúcida que envolvía el pozo entero, como si fuera una membrana que latía con pulsos de luz tenues.

Darízoto fue el primero en atreverse a decir lo que todos pensaban.

—¿Qué… puta… madre… es… esto?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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