La Dyalquimista - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 El precio a pagar - Parte 1
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12: El precio a pagar – Parte 1 12: El precio a pagar – Parte 1 Aria, conteniendo el temblor en sus manos, se aproximó a uno de los pilares.
Desplegó su cetro y lo apoyó con un suave golpe contra la superficie.
El artefacto reaccionó de inmediato, iluminándose con un resplandor azul tenue que trepó hasta la punta.
—¿Qué acabas de hacer?
—preguntó Amaril.
—Es una manera que tenemos los alquimistas de verificar si las preparaciones o estructuras están en correcta sincronía con la Imagia —explicó Aria sin apartar la vista del fulgor—.
O sea, si funciona o no.
Cesio entrecerró los ojos.
—¿Entonces… esto lo montó un alquimista?
—Y uno excepcional —respondió Aria, examinando los grabados en Nitaal—.
Estos monolitos se parecen mucho a los que instalamos en la barrera de protección, pero poseen más… complejidades.
—Rozó con la yema de los dedos las inscripciones—.
Y el pozo también tiene compuestos alquímicos, se distinguen por el olor.
Aunque no puedo precisar cuántos.
Estoy casi segura de que eso es lo que atrae a los Segadores.
—Una conclusión casi del todo perfecta… —dijo una voz a sus espaldas.
Todos giraron como trompos, entrando en un estado total de alerta.
El alcalde Percival se encontraba allí, de pie, erguido y sereno, con las manos enlazadas detrás de la espalda.
—Debo admitir que no esperaba encontrarlos aquí —continuó con calma—.
Ha sido toda una sorpresa.
Darízoto apretó los puños y avanzó un paso.
—¿Sabes para quién no fue ninguna sorpresa?
Para nosotros, viejo demente.
Siempre supimos que ocultabas algo.
Cesio se codeó con su colega, con su mano ya descansando sobre la culata del revólver.
—¿Qué diablos planeas, Percival?
¿Quieres invocar un demonio o qué?
—¿Y vas a esperar a que lo haga?
—espetó Darízoto—.
¡Métele un tiro en toda su arrugada cara!
—¡No!
—alertó Aria con urgencia—.
La cantidad de nitroglicerina suspendida en este lugar es brutal.
Una sola chispa… y esto volará en pedazos.
—No puedes estar hablando en serio… —espetó Cesio, rechinando los dientes con rabia.
El alcalde soltó una risa grave y serena.
—No, Cesio… no pretendo invocar nada.
—continuó Percival—.
Como bien dijo la alquimista, lo que ven no es más que una barrera y una carnada para Segadores.
No tiene más ciencia.
Hasta mentes como las de ustedes podrían comprenderlo.
—No entiendo nada… —balbuceó Amaril, rabiosa—.
¿Por qué hiciste todo esto?
¿No que te preocupaba tu querido pueblo?
¿Para qué nos convocaste si ibas a volar todo por los aires?
No tiene… ningún sentido.
Aria permaneció pensativa.
Su mente intentó anudar todos los cabos: el pozo, los pilares, la cúpula, la nitroglicerina… y entonces, llevó su mirada más allá de lo que apuntaban los ojos de los demás.
Más allá del mismo alcalde.
Junto al muro, a espaldas del anciano, había algo… que le brindaba un sentido a todo.
El tomo de Aldamer.
—Quieres volverte un Dyalquimista… —susurró Aria al fin.
Darízoto parpadeó, sin comprender.
Cesio, por otro lado, se quedó a medio aliento, con la boca entreabierta.
Amaril, sin embargo, dio un paso atrás con la mirada perdida.
De todos ellos, el tabernero frunció el ceño y fue el único capaz de articular palabra.
—¿Eso… siquiera es posible?
El alcalde alzó la cabeza, como si por fin le hubieran hecho la pregunta que llevaba años esperando.
Sus hombros cayeron, relajados, y su cuerpo entero pareció liberarse de una carga que llevaba desde hace mucho tiempo.
Con una sonrisa que rozaba lo sádico, se permitió enderezar la espalda y dejar que, finalmente, la máscara se cayera.
—Querido colega, deberías saberlo.
Con la determinación suficiente, y el conocimiento adecuado, créeme: en este mundo… nada es imposible.
—Las anotaciones que encontramos debajo de la taberna describían diversos elementos y materiales.
Algunos eran muy extraños y no fui capaz de reconocerlos, supuse que serían para los preparativos de esta barrera y el pozo, pero… es por otra razón.
¿Me equivoco?
—preguntó Aria—.
¿Quieres hacer una receta Dyalquímica?
El anciano sonrió.
—De nuevo… casi perfecto, niña.
Aunque mi trabajo fue impecable, no es infalible.
El efecto de las carnadas solo dura hasta hoy y tampoco fui capaz de fabricar un domo que repeliese por completo a los Segadores, pero sí uno que sea totalmente inmune al fuego.
Así que para cuando ellos lleguen aquí, porque lo harán, tan solo ingresaré en el campo y activaré una bomba que los hará estallar a todos en pedazos.
Los barrios bajos no sobrevivirán, pero el resto del poblado estará fuera del área de fuego.
—¿Tú te estás escuchando?
¿Esa es tu excusa para cometer genocidio y hacer esta locura?
—Amaril lo observó como si le escupiera veneno al rostro—.
¿Volverte un Dyalquimista?
El gobernador apenas torció la boca, como si le aburriera la acusación.
En ese mismo momento, detrás de él, una compuerta metálica comenzó a crujir con violencia.
Los Segadores ya estaban allí, reclamando sangre a gritos… y tan solo un candado grueso, sostenía la cerradura, resistiendo a duras penas el asedio.
—Por desgracia, no puedo proceder de otra manera —respondió Percival echando un breve vistazo hacia atrás de su hombro, donde un pedestal de piedra se erguía; y reposando encima de él, se hallaba un libro cerrado de cubiertas oscuras y páginas doradas—.
Si quiero abrir el maldito tomo de ese lunático, debo completar una receta enfermiza, que exige, como bien señaló ella, componentes muy específicos y difíciles de obtener.
Entre ellos, también, corazones humanos.
El grupo entero se quedó helado ante aquella mención.
—¿Corazones…?
—espetó Amaril, horrorizada.
Percival sonrió sin remordimiento.
—Créanme, he buscado muchas alternativas.
Si hubiesen sido diez o veinte, no tendríamos esta conversación, pero la receta pide… cien.
—El semblante de todos se deformó en una mueca unánime de sorpresa y repudio—.
Y verán, como los Segadores estilan apuntar a los puntos vitales, estadísticamente hablando, esta es la opción más práctica.
Si quieren culpar a alguien, dirijan su odio hacia el propio Aldamer.
Yo no inventé esa fórmula, solo sigo las instrucciones.
Aria sintió el estómago contraerse.
La repulsión que sentía por dentro iba más allá de todo lo físico y moral que hubiese experimentado jamás.
Como si cada palabra de Pércival le rasgara el alma con una cuchilla fría, y, sin embargo, él no parecía estar siquiera inmutado.
—Descuiden… —continuó el anciano—.
Mis motivaciones siguen siendo la paz y la prosperidad de este pueblo… y de la humanidad.
Cuando sea un Dyalquimista, erradicaré a estas bestias sedientas de sangre de la faz de Espheria.
Finalmente, vamos a ganarles a estos monstruos… y Blutmar no será el único asentamiento en tierras profundas.
¡Imaginen la posibilidad de poder volver a explorar cada rincón de Tyria, sin temor a la muerte!
¡Ese es el único propósito que busco!
Que la humanidad vuelva a tomar el control de lo que le corresponde por derecho.
Cesio dio un paso al frente.
Su mirada ya no transmitía ni ira, ni furia… más bien, era una condena.
—No… —espetó, mientras regresaba la pistola a su funda, con un movimiento seco y se deslizaba hacia el estuche de su cinto, donde aguardaba una navaja de hoja doble—.
No importa cómo quieras maquillar tus palabras.
Nada te justificará de la aberración que estás cometiendo.
Se terminó, Percival.
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