La Dyalquimista - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 El precio a pagar - Parte 2
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13: El precio a pagar – Parte 2 13: El precio a pagar – Parte 2 El alcalde suspiró, como quien lidia con niños tozudos.
—Es obvio que ustedes no pueden comprenderme.
Lo único que saben es apelar a la violencia.
—Sus ojos se clavaron en Aria—.
Pero quizás tú… alquimista.
Puede que seas la única que pueda hacerlo.
Aria sintió el cuerpo contraerse sin razón aparente y un frío horripilante le anidó en la base del cuello.
—¿Qué…?
—Todos anhelamos algo… —prosiguió él, sin despegarle la vista—.
Un propósito, un sueño.
Algo que nos mantiene despiertos por la noche, que nos hace mentirnos con la ilusión de que, algún día, lo alcanzaremos.
Algunos solo lo anhelan en silencio, esperando que el mundo les entregue lo que desean sin mover un solo dedo.
Pero otros… tenemos que labrarlo con nuestras propias manos.
Un temblor repentino recorrió de pies a cabeza el cuerpo de Aria.
—Yo… —Intentó decir, pero la voz no le respondió, porque en lo más profundo de su ser, allá a donde habita lo que no se dice en voz alta, la duda ya se había enraizado.
Desde pequeña, había pasado cientos de noches estudiando con la frente pegada a los libros viejos de su padre, copiando sus fórmulas sobre papeles arrugados, con los dedos manchados de tinta… Había leído tantas teorías sobre la alquimia y sus nueve Instituciones… Había investigado y escuchado tantas leyendas sobre alquimistas famosos que buscaban mejorar la vida de las personas con sus conocimientos… Había dedicado su vida en intentar comprender, aunque sea un poco, la enorme red de complejidad que abarcaba la realidad y la propia Imagia… Y había soñado despierta, curioseando, sobre aquel único hombre, en toda la historia, en toda la existencia… que había sido capaz de vestirse con la piel de los mismísimos dioses y lo había cambiado todo… Y ahora, allí delante, había un hombre que no solo compartía esa misma obsesión, sino que él, se había atrevido a pagar un precio tan elevado, que ella nunca hubiese podido siquiera imaginarlo.
—Lo entiendes, ¿no es así?
Aria no respondió, porque aunque la imagen del pozo le revolvía el estómago, aunque la idea de sacrificar vidas inocentes le resultara aborrecible, en el fondo entendía perfectamente lo tentadora que era la meta.
Y eso… esa comprensión íntima, vergonzosa, irrebatible, repudiante… fue lo que más la hizo tambalear.
—Tú también quieres cambiar el mundo… Un latido se le detuvo en el pecho.
—Quieres entender lo que nadie se atreve… El aire ya no encontraba salida por su garganta.
—Quieres alcanzar lo que nadie más ha alcanzado.
Cada frase era una daga clavada con lentitud, hundiéndola en una espiral de pensamientos que no terminaban de romperse ni de formarse.
Era como si el alcalde hubiese metido la mano en su mente y extrajera cada ambición y cada deseo latente, y se los estuviese leyendo en voz alta, página por página.
—Así que respóndeme, alquimista.
¿Qué precio estarías dispuesta a pagar para seguir todos tus sueños?
El silencio que siguió fue cruel… No por lo que se había dicho, sino más bien, por lo que no había podido negarse.
Cesio notó a la perfección cómo el rostro de Aria palidecía, pero antes de que la duda se volviera una grieta irreversible, fue otro de los presentes quien rompió abruptamente el silencio: entrando en acción.
—Fin del monólogo… —Darízoto escupió las palabras mientras desenvainaba su espada con violencia—.
¡Hora de rajarte el cuello!
El tajador avanzó a toda velocidad, recortando las distancias en apenas segundos.
Su espada silbó en el aire con la promesa de sangre, pero el alcalde ni siquiera cambió su postura ante el inminente ataque.
La hoja descendió con violencia, pero fue recibida sin escrúpulos por la palma de Percival.
Luego, con un gesto seco, cerró los dedos alrededor del acero y la espada estalló en fragmentos, dispersándose por el aire como si fuera de cristal.
Algunos trozos diminutos rebotaron contra el semblante estupefacto de Darízoto.
Y entonces, sin emitir palabra, Percival se aferró al peto de su contrincante y con un tirón violento, lo atrajo hacia sí.
El golpe que siguió fue directo y absolutamente brutal.
Su puño impactó el vientre del guerrero con una fuerza inhumana, atravesando primero acero, luego el cuero, seguido del músculo y huesos.
El estómago de Darízoto se hundió hacia adentro con un crujido nauseabundo.
Su boca se abrió para gritar, pero de él solo brotó sangre mezclada con saliva.
Cesio dio un paso hacia atrás, horrorizado.
Amaril soltó un insulto ahogado.
Aria no pudo moverse.
El cuerpo de Darízoto quedó suspendido un instante, sostenido por el puño que lo había atravesado… hasta caer de espaldas, como si fuera un saco de desechos.
El gobernador se sacudió las gotas rojas de los nudillos, y sus ojos vacíos recorrieron a los demás con una frialdad aterradora.
Llevó su mano hacia la sotana que llevaba puesta y en un movimiento limpio, la tela cayó al suelo, revelando un cuerpo que no parecía tener derecho a mantenerse en pie: escuálido, marchito hasta los huesos y con la piel pegada a la estructura ósea como si hubiera sido tallado por la inanición, pero lo que realmente paralizó al grupo no fue su delgadez… Fueron sus brazos.
Desde los hombros hasta las muñecas, su piel estaba teñido de negro absoluto, como si la carne hubiese sido reemplazada por un mineral oscuro con líneas finas, apenas visibles, que recorrían la superficie formando un patrón particular.
—¿Qué… mierda fue eso?
—masculló Cesio con los ojos clavados en los brazos ennegrecidos del anciano.
Aria, con la voz tomada por el desconcierto, reconoció aquellos trazos al instante.
—Es un grafo… del Instituto Biológico.
Escuela de la Adaptación… —Sus pupilas estaban clavadas en las marcas con horror—.
Es muy antiguo.
De los primeros que se prohibieron.
Consume el cuerpo con el tiempo, pero vuelve los brazos prácticamente indestructibles.
Tengan cuidado… El rostro de Amaril se endureció en una mueca decidida.
—Ni siquiera tienes que decirlo… —espetó mientras avanzaba, tensando las manos, listas para atacar—.
Aria, Rufus… Quédense detrás de nosotros.
***** —¡Ah!
¡Rufus!
¡Se llamaba Rufus!
—interrumpió Aria en la actualidad con una sonrisa de satisfacción.
Zuhon, Stephyr, el gobernador Doss, y todos en la plaza tuvieron la misma reacción estupefacta.
—¡Qué carajo nos importa!
¡No puedes cortar la tensión en esta parte!
—bramó el pirata, ahora, muy notablemente interesado en la historia.
—Bien, perdón… solo decía.
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