La Dyalquimista - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 El precio a pagar - Parte 3
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14: El precio a pagar – Parte 3 14: El precio a pagar – Parte 3 Amaril se impulsó hacia el anciano usando una ráfaga de aire comprimido, que la elevó levemente del suelo y la hizo zigzaguear, hasta que su brazo conectó un golpe brutal.
Percival, quien apenas alzó un brazo con apatía, absorbió el impacto sin siquiera tambalearse, pero Cesio ya se había deslizado por detrás como una sombra hambrienta, alzando su navaja con una destreza letal.
Percival no dignó siquiera a verlo.
Se giró sobre sí mismo, dio un paso corto hacia atrás y otro largo hacia adelante, lanzando un puñetazo corto, pero demoledor que Cesio apenas logró evadir.
Amaril reaccionó al instante.
Su Grafo vibró y estalló en sus músculos, dotándola de una velocidad vertiginosa con la que lanzó una patada que cortó el aire, impactando contra Percival con un brutal estruendo.
Esta vez, el alcalde trastabilló, pero no lo suficiente.
Cesio no se rindió y se lanzó desde abajo como un depredador agazapado, con la hoja de su navaja dirigida directo al vientre de Percival, pero entonces, con una velocidad sobrehumana, los brazos ennegrecidos del alcalde bloquearon la navaja, partiéndola con una aterradora facilidad.
Cesio forcejeó con desesperación, pero la garra negra lo sujetó con crueldad y un leve movimiento de sus dedos bastó para quebrarle los huesos de la mano, incrustándole incluso fragmentos de su propia daga.
Su grito atravesó la sala con una agonía que retorció las entrañas del resto del grupo.
Amaril maldijo por lo bajo y en un acto desesperado trepó por la espalda de Percival, envolviendo su cuello en un abrazo mortal y colocando una espada corta en su garganta.
Al siguiente segundo, el aire a su alrededor empezó a cerrarse y comprimirse, lo suficiente para detener cualquier movimiento del anciano, pero entonces… Un puñetazo a ciegas, y salvaje, la arrojó violentamente al suelo.
Amaril sintió como todo su cabeza le vibraba por dentro y un estallido feroz que le quemaba la frente.
Irónicamente, podría jurar que sentía una brisa fría ingresando por su cráneo abierto.
Cesio, consumido por la ira al ver caer a Amaril, se arrojó contra el alcalde sin importarle su dolor, pero el anciano lo recibió con su desdén habitual, lanzando un revés tan contundente, que la mandíbula de Cesio se descolocó por completo.
Ambos habían sido abatidos.
Percival se enderezó lentamente, con la calma de un verdugo satisfecho, y contempló a sus adversarios vencidos, disfrutando el jadeo angustioso que luchaba por salir de sus gargantas, y finalmente, enfocó una mirada penetrante hacia Aria.
Ella retrocedió aterrada.
—Si te portas bien, alquimista… —susurró Percival, mostrando los dientes en una sonrisa torcida—, podría considerar dejarte con vida.
El miedo se expandió por el cuerpo de Aria.
Su mente colapsó al instante, las palabras ya no surgían y los pensamientos se le esfumaban en medio de todo aquel horror.
Permaneció inmóvil, incapaz siquiera de imaginar una acción.
Nunca había creído encontrarse en un momento así, frente a tal perversidad humana… Pero, por fortuna, ella no tuvo que actuar.
Un repentino estruendo metálico los sobresaltó; Percival se giró bruscamente, y su expresión cambió de arrogancia, a una furia incontenible.
Rufus, con sus brazos fornidos temblando por los nervios, se encontraba junto a al candado del portón, mientras sostenía una pequeña ojiva vacía que Aria reconoció al instante: era su mezcla alquímica corrosiva.
Tocó su bolsillo por reflejo.
Ni siquiera había notado que el tabernero la había tomado.
La determinación ardió en los ojos de Rufus mientras el candado se derretía a sus espaldas.
—Considera esto, hijo de p… No logró acabar la frase.
Una pata negra y afilada le atravesó el pecho desde atrás, elevándolo brevemente sobre el suelo.
El cuerpo de Rufus quedó colgado en el aire, antes de que una avalancha imparable de Segadores irrumpiera con furia por la puerta.
La horda se lanzó contra Percival, él intentó repelerlos, golpeando, arrojando cuerpos hacia los muros con sus brazos, pero pronto fueron demasiados y una masa retorcida de carne lo acorraló por completo.
Aria retrocedió un paso por instinto, pero permaneció estática.
El shock le había robado toda capacidad de reacción, pero entonces, en medio de todo el caos, sus ojos se encontraron con los de Cesio.
El pistolero se hallaba tendido y se tambaleó para intentar decir algo hacia Amaril, pero de sus labios solo emergieron hilos de sangre que le corrieron por la barbilla y se mezclaron con el polvo del suelo.
Sus ojos, aún fieros, saltaron de la Imaga hacia Aria repetidas veces.
Amaril, también desplomada a unos metros de él, con apenas un ojo abierto y el otro empapado de sangre, entendió el mensaje a la perfección.
Usando las últimas fuerzas que le quedaban, movió los labios.
—A la de tres, amigo… Ella alzó la mano y estiró su brazo, sus dedos índice y anular apuntaron directo hacia Aria, formando una especie de arma, pero el aire a su alrededor empezó a convergir en ellos en espirales fugaces.
—Uno… Cesio, con un movimiento que también le costó la poca fuerza que le quedaba, accionó el pestillo de su revólver y lo levantó.
La boca de su cañón buscó el epicentro del horror: Percival, quien seguía hundido entre garras y fauces, destrozando desesperadamente Segadores a diestra y siniestra.
—Dos… Aria apenas dimensionaba lo que sus cristalizados ojos le mostraban, pero entonces, un torrente de miedo le atravesó el pecho cuando comprendió, demasiado tarde, la intención detrás de la sincronía entre ambos.
Tuvo un impulso por extender su mano para detenerlos, pero no alcanzó siquiera a dar un paso.
El primer chasquido desgarró el aire: la descarga comprimida en los dedos de Amaril se clavó en el pecho de Aria, lanzándola hacia atrás como un proyectil… y el mundo pareció fracturarse en cámara lenta: el segundo chasquido, el del disparo de Cesio, liberó una chispa que encendió la nitroglicerina en el ambiente, encadenando una onda expansiva brutal que hizo crujir los cimientos y llenó toda la sala de un abrasador estallido de llamas.
Aria voló, con el calor abrasándole la piel, y se precipitó hacia el foso.
Sintió la viscosidad de la sangre, golpear su espalda y luego cubriéndole por completo el cuerpo; sintió los miembros de Segadores, rozándole la cara, los brazos y las piernas… y sintió como se hundía, cada vez más, en aquel oscuro pantano de vísceras.
Allí, adentro, lo intuyó.
Quizás… este era el precio que tenía que pagar para seguir sus sueños.
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