La Dyalquimista - Capítulo 16
- Inicio
- Todas las novelas
- La Dyalquimista
- Capítulo 16 - 16 El tomo de Aldamer - Parte 2
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
16: El tomo de Aldamer – Parte 2 16: El tomo de Aldamer – Parte 2 El primer día, Aria no pronunció una sola palabra.
Solo durmió, profundamente, sumida en un sueño constante, como si quisiera escapar de una realidad demasiado horripilante para procesarla y demasiado pesada para cargarla.
El segundo día, despertó con la boca amarga y la cabeza palpitándole como si tuviera un herrero invisible, martillándole entre las sienes.
Ese día fue capaz de pronunciar palabra, pero no salió de la cama, permaneció ahí, sentada, con los ojos hundidos y el pelo revuelto, y le relató a Stelian cada detalle de la pesadilla que había vivido en Blutmar.
El tercer día, tomó una decisión… necesitaba más alcohol en su sistema, así que bebió hasta que las palabras y pensamientos dejaron de ser capaces de formarse en su mente.
Stelian, por su lado, no objetó en lo absoluto; solo la observó desde la distancia, incapaz de decidir si debía impedirlo o simplemente estar ahí, acompañándola.
Para el cuarto día, finalmente, la determinación regresó a sus ojos.
A primera hora, mientras el sol asomaba tímidamente entre las colinas, Aria se armó de valor y le pidió a Stelian que la acompañara.
Y él, incapaz de negarse, caminó a su lado en completo silencio hasta llegar nuevamente a la cámara secreta debajo de la taberna, en donde ella había guardado el tomo de Aldamer.
Allí estaba, intacto, sobre la mesa de trabajo.
La cubierta era oscura, con inscripciones de una muy antigua lengua alquimista.
Una que, en vez de escribirse de un lado a otro, se hacía únicamente con círculos concéntricos.
Aria ya lo había leído, y tal como Percival había dicho, se trataba de las instrucciones para elaborar aquella fórmula enfermiza que se precisaba para poder abrir el tomo.
—No sé qué hacer con él —admitió ella, contemplando el libro con una mezcla de odio… y fascinación—.
No lo puedo destruir.
Ya lo intenté todo: fuego, ácido, acero… —enumeró Aria con cansancio—.
Hasta lo lancé contra la pared mil veces, y lo único que conseguí fue agotar mis fuerzas y multiplicar mi frustración.
Se acercó lentamente y acarició el relieve del tomo con delicadeza.
—¿Ves esto de aquí?
Es una receta.
La única fórmula capaz de abrirlo.
El chico se aproximó para ver mejor, frunciendo el entrecejo.
—¿Puedes leerlo?
—Sí.
Es el lenguaje de los primeros alquimistas.
Mi padre lo conocía bien —Aria tragó saliva, sintiendo que la nostalgia y el dolor se mezclaban en una sola emoción amarga—.
Casi todos los ingredientes ya están aquí, los reunió el alcalde.
A excepción de… unos cuantos corazones humanos.
El joven palideció visiblemente y retrocedió un paso como si la mera proximidad al libro lo hubiera contaminado.
—Por eso provocó la masacre —añadió ella, mirando hacia el suelo con culpa y asco—.
Eso era lo que él buscaba con todo esto.
Cuando salí de aquella piscina de sangre; cuando los últimos Segadores por fin se marcharon… intenté destruir el tomo, de verdad que lo intenté, pero cuando fallé… —selló sus labios por un segundo—, sentí algo peor.
—¿Qué?
—Curiosidad… —respondió al fin, avergonzada—.
Sentí… ganas de saber qué ocurriría si la receta estuviera completa.
Imaginé cómo sería abrir el tomo.
El conocimiento que podría haber en sus páginas, y lo que podría conseguir si… —Se obligó a callar.
Un escalofrío recorrió su espalda y respiró con dificultad.
Los ojos se le humedecieron sin que pudiera evitarlo—.
Y por eso bebí.
Quería olvidar que había tenido esos pensamientos, que incluso, por un momento… lo había considerado.
—Se giró hacia su amigo, mirándolo a los ojos con una expresión angustiada, desesperada por una respuesta que la aliviara—.
¿Soy una mala persona?
Él se acercó lentamente, puso ambas manos sobre los hombros de la chica con suavidad y le sostuvo la mirada con una calidez que parecía disipar lentamente la oscuridad de la habitación.
—No… —susurró—.
Eres humana.
No eres una mala persona, te conozco —continuó con la misma suavidad—.
La duda y esa angustia que te tiene ahora mismo al borde del colapso, es lo que lo demuestra.
Ella se mantuvo inmóvil, paralizada en mitad de la habitación, como una estatua frágil hecha de cristal.
Sus ojos marrones estaban empañados por lágrimas que se resistían a caer.
—Es muy fácil decirlo cuando no eres tú quien desea abrir ese libro —murmuró con voz rota—.
Es fácil juzgar desde afuera cuando no presenciaste todo… lo que yo.
—No es un crimen tener curiosidad, Aria —dijo el joven—.
Desde que éramos niños, jamás conocí a alguien más que tuviera tanta hambre de conocimiento como tú.
Siempre quisiste saber más; siempre preguntabas y siempre buscabas una respuesta más allá de lo obvio.
No deberías sentir vergüenza por eso.
—Pero esta vez es muy diferente —respondió Aria desviando la mirada—.
Esto no es curiosidad por una simple receta alquímica o un conjuro nuevo.
Es algo mucho más peligroso, oscuro, y aun así… quiero saberlo.
¿Qué clase de persona me hace eso?
—Como ya te dije, te hace humana —afirmó él con una leve sonrisa—.
Mira, todos vivimos intentando elegir entre lo que debemos y lo que queremos, pero no puedes culparte por sentir algo así.
Y lo que sientes ahora es precisamente lo que te distingue de ese lunático: él jamás dudó sobre sus actos.
Jamás sintió remordimiento por lo que hacía.
Solo… ¿Sabes?
Te haré una pregunta.
¿Quieres abrir ese tomo?
Ella escondió la cabeza entre su cabello y, con un tono quebradizo, como quien se rinde al borde del llanto, pronunció: —Si es así… ¿Me odiarías?
—Escúchame —dijo con convicción, haciendo que Aria alzara lentamente la vista hacia él—.
Si abrir el libro es lo que realmente deseas, entonces yo estaré contigo.
Pase lo que pase y sin importar lo que ocurra después —continuó, con una firmeza que transmitía absoluta seguridad—.
Yo sé quién eres, confío en ti, y si hay alguien preparada para acceder a esos conocimientos… sé que eres tú.
Aria inhaló profundamente, cerró los ojos, respiró con lentitud… y cuando volvió a abrirlos, lo hizo con una mirada que desterró toda duda y vacilación de su rostro.
—Gracias… —Su mirada se detuvo en los ojos de Stelian y finalmente, se deslizaron de nuevo hacia el tomo.
Alzó el mentón y su rostro se endureció—.
Vamos a abrirlo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com