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La Dyalquimista - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 El tomo de Aldamer - Parte 3
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17: El tomo de Aldamer – Parte 3 17: El tomo de Aldamer – Parte 3 Durante los siguientes días, Aria trabajó incansablemente para recuperar, aunque fuera un poco, la dignidad perdida en Blutmar.

Si iba a cruzar aquella línea, al menos quería hacerlo en paz consigo misma y saldar de alguna forma la deuda moral que cargaba sobre sus hombros.

Por esa razón, decidió que enterraría a cada uno de los habitantes caídos.

Para empezar, convirtieron la taberna destrozada en una base improvisada, despejando el salón principal y acondicionaron mesas para hacerlas funcionales.

Las sillas rotas se volvieron leña; los fragmentos de botellas, recipientes improvisados.

Al cabo de unas horas, el lugar recobró cierta normalidad aparente, teñida apenas por una lúgubre sensación de pérdida que se sentía en cada rincón.

Para acelerar el proceso, Aria decidió utilizar Imagia.

Iba a necesitar un Grafo simple, uno que conocía bien de sus primeros años en la academia, y cuyos materiales para elaborar la tinta, pudo encontrar en el laboratorio de Percival: se trataba de un grabado que permitía desplazar con suavidad la tierra alrededor de objetos, para así poder enterrarlos en ella.

Stelian se ofreció gustoso para hacerlo.

—¿Lista?

—preguntó él, colocando delicadamente la punta de la aguja contra la piel de la palma de la mano de Aria.

—Hazlo —contestó ella con una sonrisa leve, ocultando la tensión.

Stelian asintió y se concentró profundamente en cada trazo, asegurándose de que la tinta penetrara uniformemente en la piel.

El dolor fue leve, apenas una molestia pasajera.

Cuando finalizó, Aria observó el Grafo con aprobación, moviendo lentamente los dedos para acostumbrarse a la leve pulsación que ahora sentía en la palma.

A partir de allí, cada día se convirtió en un ritual repetitivo y constante.

Transportaban los cuerpos cuidadosamente hacia terrenos blandos y despejados, y allí Aria se arrodillaba junto a cada habitante, apoyaba suavemente la palma sobre el pecho, cerraba los ojos y, con un susurro apenas audible, activaba la Imagia.

La tierra se abría con suavidad, tragándose lentamente el cuerpo como un abrazo maternal.

Luego, retiraba la mano y cubría el hueco dejado por su brazo suavemente para repetir el proceso con otro residente más.

Durante cinco largos días repitieron ese mismo ritual; al llegar a quinientos cuerpos, simplemente dejaron de contar.

El último día, Aria había apartado algunos de ellos que no presentaban heridas en la zona del torso, cercana al corazón.

Stelian no protestó porque comprendía perfectamente lo que sucedería a continuación.

Ella, respirando de manera errática, y con las manos temblorosas y sudorosas, tomó un bisturí.

Los primeros cortes fueron los más difíciles.

Su mano dudaba y se reprimía y esa sensación del metal al rozar piel le tensaba cada músculo de su cuerpo.

—Estoy aquí… —le recordó él, apoyando una mano firme en su hombro para calmarla—.

Haz lo que debas hacer.

Percival ya tenía algunos guardados, ¿no?

¿Cuántos necesitamos?

—Ochenta y dos.

—Entendido.

Entonces estaré para ti ochenta y tres veces.

Aria asintió dejando que una sonrisa se deslizara por su rostro, agradeciendo en silencio la presencia de su amigo… y continuó.

Al pasar los diez cuerpos, el acto dejó de parecerle tan monstruoso, convirtiéndose poco a poco en una tarea mecánica.

Extrajo los corazones con extremo cuidado, colocándolos en frascos preparados especialmente para conservarlos.

A medida que realizaba cada corte, sentía que una pequeña parte de sí misma se hundía más hacia un lugar oscuro del que no estaba segura de si podría salir después, pero intentó no pensar mucho en eso… después de todo, ya no había vuelta atrás.

Esa misma tarde, Aria volvió a la taberna y pasó los dedos sobre la receta, verificando una última vez los ingredientes.

Todo lo que había reunido Pércival eran artículos muy complejos y difíciles de conseguir.

Algunos, ni siquiera los conocía.

Al parecer el alcalde se había tomado mucho tiempo para reunirlo todo.

Entre ellos se encontraban: Cinco gotas de fluido salival de Mantícora Cristalina.

Tres espinas dorsales de Basilisco joven.

Una escama de Escarabajo ígneo.

Siete pétalos de la Flor de Agentali.

Y cien corazones humanos reservados.

Respiró hondo, se mentalizó… y comenzó.

Primero desplegó cuidadosamente su tapete de alquimista, aquella mesa portátil de superficie acolchada que había sido un regalo de su padre para cuando ella ingresase a la Academia.

Sobre él dispuso frascos limpios de cristal templado, tubos estrechos, morteros y una serie de alambiques de plata.

Con los guantes puestos, tomó el primer corazón, lo dejó caer en el mortero y comenzó a triturarlo.

Cada golpe resonaba con un crujido seco que parecía protestar desde lo profundo de la carne.

Cuando el corazón quedó reducido a una pasta densa, lo vertió en el cuenco grande similar a una olla de presión.

Ahora solo faltaban noventa y nueve más… Aunque tuvo la ayuda de Stelian, esa tarea les demoró toda la noche.

Para la siguiente etapa se abocó en el fluido de Mantícora.

Roció algunas gotas puras en la mezcla, que al contacto con la pasta provocaron una reacción inmediata: el fluido burbujeó con un siseo sibilante, tiñéndose de un rojo brillante y hediondo que le hizo toser.

Tomó después las tres espinas de Basilisco, largas como dedos y tan pálidas como ceniza.

Al dejarlas caer, se disolvieron con una suavidad inesperada, dejando a su paso un polvo lechoso que dio peso y profundidad al rojo, volviéndolo más carmesí.

Luego, siguió la escama.

La sostuvo un instante bajo la luz.

Era dorada y rugosa.

La quebró con los dedos y dejó caer los fragmentos sobre la mezcla, integrándola con una cucharilla hasta que el color de la pasta se deformó hacia un violeta desordenado, aún inestable.

Finalmente, los pétalos.

Era, de todos los ingredientes, lo más amigable a los sentidos olfativos.

Los trituró levemente con los dedos y los integró con cuidado, uno a uno.

La mezcla ganó un brillo peculiar, como si tuviese pequeñas estrellas titilando en su interior y luego de unas horas de ebullición, el contenido se comprimió lo suficiente para que pudiese meterlo dentro de un cuenco pequeño.

La alquimista contempló todo en silencio, con el rostro bañado por el reflejo de la hornalla, mientras la tinta de su futuro Grafo terminaba su proceso.

Tras unas tres horas más de enfriamiento, Aria se detuvo a admirar el resultado de su trabajo.

El líquido había mutado y ahora resplandecía con intensidad, en un renovado tono dorado.

Algo que jamás había visto en una tinta para Grafo.

Lo corroboró con su cetro, colocó una gota en el medallón, y la luz azul le quitó el aliento: todo estaba correcto.

Volvió al tomo de Aldamer y lo volteó, enfocándose en su reverso.

Ahora faltaba el último paso: ocupando casi la totalidad del cuerpo de la contratapa, sus ojos recorrieron un diseño tallado que indicaba el dibujo de un Grafo que se extendía desde la muñeca, hasta el hombro izquierdo: una manga completa que cubriría la totalidad de su brazo derecho, impregnándola, de esa manera, con la esencia misma de la Dyalquimia… y todos los hechizos abarcados en el tomo.

Aria respiró profundo, a partir de ahora, ya no podía hacer más por su parte.

El momento del Grafista había llegado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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