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La Dyalquimista - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 El tomo de Aldamer - Parte 4
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18: El tomo de Aldamer – Parte 4 18: El tomo de Aldamer – Parte 4 Stelian ya tenía todo a disposición y preparado en la barra central de la taberna.

Acomodó sus utensilios en orden estricto: primero, las agujas, alineadas sobre un paño negro aterciopelado; frascos de adormecedores, la peculiar tinta dorada que Aria había preparado; y por si el pulso le fallaba —que no permitiría que sucediera ni en mil vidas—, también contaba con una pequeña, pero dolorosa máquina que funcionaba para remover la tinta.

Aria asintió lentamente, respiró profundo para serenarse, y extendió el brazo derecho sobre la mesa, dejando la piel desnuda y expuesta desde su muñeca hasta el hombro.

Había determinación en sus ojos, pero también una sombra que traducía un nerviosismo sin igual.

El joven volvió a revisar el dorso del tomo de Aldamer, repasando cada trazo y línea del Grafo.

Memorizó con calma los patrones inscritos, tomó una hoja de papel especial y comenzó a dibujar en ella, creando una plantilla exacta del diseño original.

Al terminarla, sostuvo el brazo de ella con delicadeza y la asentó sobre la piel; luego retiró el papel lentamente, revelando el patrón exacto de la receta estampado en líneas ligeras y azuladas.

—Te diría que tengas cuidado… pero confío en ti.

Empieza cuando quieras.

—Genial.

Hora del espectáculo… —anunció él, tomando una de las agujas entre sus dedos, cargándola con la tinta dorada—.

Es un diseño grande, puede que te duela más en algunas zonas que en otras, pero cualquier molestia que sientas, avísame y frenaré.

—Tranquilo, puedo soportarlo —respondió Aria con convicción.

Él asintió, respiró profundamente y posó la punta metálica sobre la piel, justo sobre la línea inicial del dibujo.

Pero apenas hizo contacto, Aria lanzó un grito desgarrador.

El dolor fue tan inmediato, tan brutal y tan sobrecogedor, que sintió como si cada nervio en su cuerpo estallara en llamas.

Un relámpago invisible la atravesó entera; su brazo se contrajo violentamente, sus músculos se tensaron, la espalda se arqueó y sus dedos se crisparon en una feroz y repentina agonía.

—¡Para, para!

—jadeó, completamente agitada—.

¿Qué mierda?

¡Duele demasiado!

Stelian apartó la aguja inmediatamente, preocupado y asustado, dejando caer la herramienta sobre la mesa.

El dolor abandonó a Aria al instante, esfumándose con tanta rapidez como había aparecido, dejándola jadeante, con la respiración alterada y el corazón desbocado en su pecho.

—¿Qué carajos fue eso?

—exclamó ella con voz quebrada—.

Fue como… si un relámpago me atravesara cada maldito hueso del cuerpo.

—¿Qué?

—preguntó él, completamente desorientado—.

Apenas te hice un puntito… Ella tomó aire con dificultad, sintiendo cómo el corazón aún le retumbaba en las sienes.

Se frotó la nuca con dedos temblorosos, tratando de comprender lo sucedido, de racionalizar aquella sensación eléctrica.

¿Tenía que aguantar eso en toda la sesión?

—No lo sé… —susurró, agotada—.

Nunca… había sentido algo así.

—Esto no va a ser fácil —dijo el grafista, casi en un suspiro resignado—.

¿Lo dejamos?

Aria, todavía respirando con dificultad, negó con amargura.

—No… Stelian recogió la aguja del tapete, inseguro.

—¿Estás segura?

Aria respiró profundo, cerró los ojos un instante, y luego le devolvió una mirada de feroz determinación.

—Lo soportaré.

Debo hacerlo.

Por favor, continúa.

Stelian asintió despacio, volviendo a humedecer la aguja en la tinta dorada.

Su mano tembló apenas un instante antes de acercarla nuevamente a la piel de Aria.

Y entonces, cuando el metal entró en contacto con la superficie, el dolor regresó con la furia de millones de tormentas.

El cuerpo de Aria se arqueó con violencia hacia atrás y su garganta expulsó un sonido desgarrador, profundo, visceral, que resonó por todo el salón.

***** En el presente, Zuhon rompió abruptamente el relato.

—Por favor, es obvio que estás exagerando… Yo también me hice un grafo y no duele tanto —dijo en tono burlón.

Aria se giró hacia él y lo miró con fastidio.

—Literalmente me salieron chispas de la boca.

Además, si estuviera exagerando, ya no tendría cabeza.

—Touche —soltó Stephyr con una sonrisa.

***** Stelian le dio dos palmadas rápidas en la mejilla.

—Vamos, despierta.

Los párpados de Aria se abrieron de golpe, y sus pupilas se clavaron en él con desconcierto.

Inspiró hondo, como si saliera de un sueño abrupto, y murmuró con voz rasposa: —¿Terminamos…?

El grafista sonrió cansado, dejando caer la mano a un lado.

—Sí.

Pude ir mucho más rápido cuando te desmayaste.

Ella se incorporó con cierta torpeza y mucha somnolienta.

Sintió su brazo derecho como si lo hubieran llenado de plomo o un peso extraño que la obligaba a moverlo con lentitud.

Se lo llevó hacia adelante para verlo mejor, y entonces lo notó: la piel enrojecida, ardiendo como si hubiera estado bajo un sol abrasador, y sobre ella, el Grafo recién inscrito.

Aunque esperaba que el color fuese otro, Stelian le explicó que el tono de la tinta se había vuelto negro al aplicarse en la piel.

El trazo comenzaba en lo alto del hombro, con un anillo ancho y ornamentado que parecía ceñirse sobre la articulación como un brazalete metálico.

Desde allí descendían varias líneas finas y curvadas que se entrelazaban en espirales y bucles simétricos.

Algunas se abrían como ramas delicadas, para luego volver a unirse en un punto común.

A medida que bajaba por el brazo, el diseño ganaba densidad.

Los surcos se multiplicaban en ondas concéntricas, algunos más gruesos que otros, con intersecciones que evocaban una armonía casi floral.

Finalmente, el trazo se afinaba al llegar al dorso de la mano.

Allí, las líneas convergían en una flecha ornamentada que apuntaba hacia los dedos: una punta triangular, flanqueada por símbolos que parecían diminutas alas, todo encerrado en un marco de curvas cerradas.

Era, en apariencia, una mezcla de geometría y arte, fría en sus ángulos y cálida cada uno de sus detalles y adornos.

—Es… increíble, Stelian.

Un trabajo impecable.

—Lo sé, gracias —murmuró él, todavía con el pecho, alzándose y cayendo como si hubiese corrido una maratón, pero con el mentón elevado del orgullo—.

Te juro que si tuviera algo para tomar, te lo ofrecía, pero te has terminado las últimas dos botellas de licor a mitad de ese maldito Grafo.

Aria soltó una risa breve, reseca, más cercana a una exhalación áspera que a una verdadera carcajada.

—En fin… —prosiguió él—.

¿Ya terminamos?

¿Ya eres…?

—No —respondió ella, con un hilo de voz, mientras se acomodaba en el asiento—.

Por desgracia, todavía quedan algunos detalles más.

Giró el tomo y lo colocó sobre sus piernas.

Con dedos torpes y llenos de restos de pigmento, recorrió la contraportada hasta hallar la inscripción.

—¿En serio?

¿Hay más pasos?

—preguntó Stelian, echando un bufido—.

¿Qué sigue?

—Tengo que fabricar una Dyalatita pura.

Stelian frunció el ceño.

—¿Y eso…?

¿Qué es?

—Tranquilo.

Afortunadamente… —interrumpió Aria, con los ojos clavados en la inscripción, apenas girando el rostro hacia él—, ya tengo una.

Levantó un pequeño cristal alargado y pálido que llevaba en un colgante atado a su cuello.

—¡Eso es genial!

¡No sé como lo conseguiste, pero no me importa!

Entonces… ¿Ya puedes abrir el libro?

¿No queda ningún paso más?

La alquimista sonrió con un deje de agotamiento.

—En realidad… lo que queda es lo más complicado.

—Suspiró—.

Ahora voy a necesitar adquirir un alma.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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