La Dyalquimista - Capítulo 19
- Inicio
- Todas las novelas
- La Dyalquimista
- Capítulo 19 - 19 El tomo de Aldamer - Parte 5
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
19: El tomo de Aldamer – Parte 5 19: El tomo de Aldamer – Parte 5 Stelian frunció el ceño.
—¿Un qué…?
Okey, si es complicado, pero… ¿Qué significa?
¿Cómo que un alma?
—Aldamer descubrió algo durante sus investigaciones.
Decía que dentro de cada persona existe un registro de Imagia.
Un registro único, que no es físico ni tangible.
Es algo más profundo… que está investido dentro de nuestras almas.
—Suponiendo que te comprendo.
¿Necesitas eso… para qué?
—Para usar la Dyalquimia… —Aria volvió a leer, bajando la voz—, el alma se convierte en la fuente de energía.
La imagia que ya poseo dentro de mi alma, por sí sola, no es suficiente, por esa razón, para que el grafo se complete necesito conectarla con un alma extra, pero como mi cuerpo no puede retener otra alma, se emplea la Dyalatita, para usarla como conducto alterno.
Hubo un silencio incómodo.
—¿Qué-cosa-de-qué?
Aria suspiró.
—Piénsalo cómo un circuito con varios puntos de anclaje.
Para un grafo normal, hay tres puntos de anclaje.
Alma, cuerpo y grafo: que nos lleva a poder realizar Imagia.
¿Hasta ahí bien?
—Sí, eso lo aprendí en la escuela de pequeño.
—Perfecto, para este caso particular, Aldamer estableció un circuito más amplio de cinco puntos de anclaje.
Mi alma, que alberga mi registro de imagia, está dentro de mi cuerpo; mi cuerpo está conectado al grafo; el grafo conectado a la Dyalatita; la Dyalatita, conectada a un alma extra, y esa alma extra, se conecta de nuevo a mi cuerpo… de esa forma, se puede emplear la imagia de la Dyalquimia.
Sorprendentemente, Stelian había entendido a la perfección aquella explicación.
—Entonces, si entendí todo bien… —comenzó a decir el joven—.
¿Si yo te ofreciese mi alma, tú podrías convertirte en una Dyalquimista completa?
¿De una maldita vez por todas?
¿Sin ningún otro paso extra?
—Sí.
—Lo miró con seriedad—.
Pero no voy a pedirte a ti esto.
No es correcto… —¿Tiene consecuencias?
¿Me dolerá?
¿Moriré…?
Aria negó.
—No.
Según las instrucciones en el tomo, estarás conectado a mí.
Seguirías vivo, pero como tu alma estaría adherida a un circuito con mi cuerpo como base, podrías llegar a morir… si yo muero primero que tú.
—Carajo…—Stelian se cruzó de brazos—.
Entiendo por qué es el paso más difícil.
No hay muchas ventajas para los que ofrecen su alma.
—De hecho, no hay ninguna —sentenció Aria—.
Por eso, es una decisión muy fuerte, y definitivamente, no tienes que hacerlo.
Stelian sostuvo la mirada firme, irradiando una confianza que a Aria le resultó hasta un poco confusa.
—Lo sé.
Hagámoslo.
—¿Qué?
¡No!
—¿No?
¡Sí!
—¡No!
—frunció el ceño—.
¡No!
—¡Aria!
Escúchame, ya hemos llegado demasiado lejos para dudar ahora.
¿Dónde vas a encontrar a alguien más dispuesto a darte su alma, eh?
Además, mientras no duela… —Stelian, esto no es broma.
No puedes decidir algo así tan fácilmente… —¡Por todos los reyes!
¡Puedo y lo he hecho!
Ya te lo dije antes, confío plenamente en ti.
Además, aunque dije que no tiene ventajas, ahora que lo pienso mejor… si lo hago, te volverás una de las personas más poderosas de este mundo.
¿Quién podría contra ti siendo una Dyalquimista?
¡Ni los tres reyes piratas podrían contigo!
¡Tengo más chances de morir de un resfriado a que alguien pueda hacerte siquiera un rasguño!
Aria suspiró, bajando los hombros con resignación.
Estaba exhausta hasta los huesos y sabía demasiado bien que, cuando Stelian decidía algo, era inútil tratar de hacerle cambiar de opinión.
Lo conocía; era terco hasta lo absurdo.
—¡Vamos!
—insistió él, impaciente—.
¿Qué tengo que hacer para darte mi alma?
¡Esto se está haciendo eterno!
¡Quiero ver la Dyalquimia de una vez, chica!
—No lo sé… —respondió ella, volviendo a deslizar los dedos temblorosos por las letras talladas en el libro—.
Parece que debes hacer un conjuro recitativo en Nitaal.
Tienes que estar cerca de un alquimista que posea un grafo Dyalquímico y la Dyalatita.
Luego juntar tus manos como si estuvieras rezando, que asumo es simbólico… y repetir estas palabras: Enlair munh Dyal… y, en este caso, seguido de mi nombre.
Stelian la miró con una infantil mirada de curiosidad.
—¿Qué significa eso?
—«Enlazar alma, al Dyal de Aria Rayzen» —susurró ella, alzando la vista lentamente hacia él—.
Básicamente, es un vínculo entre el alma que se entrega y la identidad de quien la recibe, pero el libro especifica que debes estar completamente dispuesto a entregar tu alma.
Sin ninguna duda al respecto.
—¡Perfecto!
¡Estoy listo, dispuesto y sin dudas!
Aria se colocó frente a él, y lo miró directamente a los ojos, buscando alguna señal de vacilación en su rostro, pero solo encontró una impaciente… determinación.
Y eso la asustó aún más.
—¿Estás muy seguro…?
No sé si esto te cambiará a algún nivel emocional o cognitivo.
¿Y si no eres el mismo luego de darme tu alma?
¿Y si pierdes tus emociones, o la capacidad de sentir miedo, furia…?
¿Y si te queda un maldito temblor en la mano y no puedes volver a grabar un solo trazo?
Stelian sonrió ampliamente.
—Ya dije que quería, no tienes que seguir convenciéndome.
—Y entonces, con un sonoro aplauso, Stelian juntó ambas manos con decisión, carraspeó y, con voz clara y firme, pronunció:—.
¡Enlair munh Dyal Aria Rayzen!
El silencio que siguió fue abrupto.
Stelian permaneció erguido, con las manos aún unidas, echando fugaces vistazos a su alrededor, como si esperara un algún tipo de rayo celestial o un rugido de trueno a la distancia, pero… pasaron varios segundos así, sin que el aire siquiera soplara.
—¿Lo dije mal?
—murmuró, bajando las manos.
Pero en ese instante, el Grafo sobre la piel de Aria se encendió.
Primero fue un cosquilleo sutil, como diminutas agujas de electricidad trepando desde la muñeca hasta el hombro.
Luego, las marcas parecieron contraerse dentro de su piel y un calor ascendente emergió desde lo profundo.
El ardor se concentró en el centro del antebrazo, donde las líneas oscuras comenzaron a aclararse.
El negro se tornó gris, el gris en un blanco fulgurante, y finalmente, toda la inscripción resplandeció en plata pura y brillante.
Aria contuvo el aliento.
Su brazo ya no le pesaba por el cansancio: era otra clase de distinta de sensación, como si dentro de su cuerpo latiera un corazón ajeno, poderoso, recorriéndole el nervio central y erizándole hasta el último vello de la piel.
—Wow… ¿Estás bien?
—Sí, eso creo.
De repente, el grafista notó como la piedra en el colgante de Aria había adquirido un tenue brillo blanquecino.
—¡Wow!
Eso también empezó a brillar.
¿Es mi… alma?
Aria contempló el colgante.
—Supongo… ¿Tú como te sientes?
—Bueno, para ser el paso más difícil, la verdad que fue bastante sencillo.
Ni siquiera me dolió… —Levantó su palma y la sostuvo en el aire—.
Mi pulso es perfecto, y estoy cagado de miedo por dentro, así que es buena señal… creo que estoy bien.
Ella no respondió.
Sus ojos volvieron a saltar hacia el Grafo, aún incrédula, mientras una lágrima involuntaria empezaba a deslizarse por su mejilla.
Apenas podía pronunciarlo en su mente, pero al ver ese nuevo trazo resplandeciente en su brazo, lo supo de inmediato.
Lo había logrado.
Acercó lentamente el tomo de Aldamer hacia ella y extendió una mano con cautela sobre la tapa, y en cuanto sus dedos lo rozaron, el libro resplandeció y un destello dorado surgió desde las hojas.
Los símbolos de la cubierta se encendieron como si celebraran el despertar de una nueva era.
Las páginas se abrieron solas ante Aria y una frase impactante la recibió en la primera hoja.
«Nath e iviahrt».
***** ***** El gobernador carraspeó impaciente desde lo alto de su palco.
—Bien, basta de historias.
Muéstrenos el grafo, señorita Rayzen.
Antes de que Aria pudiera replicar algo, uno de los guardias avanzó con firmeza, sujetando los bordes de su manga y remangándolas parcialmente.
Ella sintió cómo el aire frío la envolvía de inmediato, revelando su brazo derecho ante los ojos curiosos del público.
La piel estaba cubierta por líneas delgadas y plateadas, perfectamente trazadas desde la muñeca hasta donde alcanzaba a verse el brazo.
A pesar de eso, bajo la luz del día, el diseño parecía apagado y modesto.
La piel estaba cubierta por líneas delgadas y plateadas, perfectamente trazadas desde la muñeca hasta el hombro.
Bajo la luz del día, el diseño parecía casi apagado y modesto.
—Vaya… —musitó el gobernador con decepción visible—.
No sé por qué, esperaba que fuera dorado… —Solo brilla un poco cuando uso Imagia —replicó con desgana—.
Lo siento por decepcionarlo, señor.
El gobernador entrecerró los ojos, observando a Aria con curiosidad.
—Hm… Teniendo en cuenta toda su declaración, señorita Rayzen, todavía hay algo que me intriga profundamente.
Si todo lo que ha dicho es cierto, ¿por qué razón no volvió a Koro Pacis luego de convertirse en una Dyalquimista?
¿Qué la trajo exactamente hasta aquí?
Aria suspiró, mostrando una ligera sonrisa mientras levantaba la vista hacia él.
—No podía regresar a Koro Pacis —respondió con voz clara, aunque algo agotada—.
No me convertí en una Dyalquimista para terminar escondida nuevamente entre los muros de mi ciudad natal.
Mi objetivo es diferente.
—Guardó silencio—.
Quiero alcanzar la divinidad.
El gobernador arqueó una ceja, desconcertado.
—Pero… ¿Acaso no alcanzó ya esa divinidad?
—Todavía no… —contestó Aria, mostrando una convicción que irradiaba en todo su ser—.
Lo que poseo ahora mismo no es más que una pequeña parte del poder necesario para lograr mi cometido.
Es sabido, por todos, que Aldamer publicó seis tomos.
En cada uno de ellos existe un Grafo único que le permite a su portador ejecutar cualquier hechizo contenido en ese libro, sin necesidad de grabar nada más en su piel.
Por lo tanto, para alcanzar la verdadera divinidad, necesito los cinco tomos restantes de Aldamer.
El gobernador se incorporó un poco, clavando una mirada de extrañeza en ella.
—¿Por eso vino precisamente aquí?
—Exacto.
Quiero conseguir un barco y navegar hacia el norte.
Necesito encontrar a los otros Dyalquimistas y obtener de ellos los tomos y Grafos restantes.
Solo entonces, podré poseer el mismo poder que obtuvo Aldamer y liberarnos de las maldiciones que él impuso sobre nuestras tierras.
—Su tono se volvió desafiante, casi provocador—.
Y si cree que miento o exagero, puede disfrutar observando cómo mi cabeza vuela por los aires en los próximos segundos.
Doss clavó los ojos en ella con una feroz rigidez, pero en su interior, lo atravesaba una incredulidad que le resultaba incluso ofensiva.
Aquella muchacha hablaba de convertirse en una diosa y de quebrar maldiciones centenarias con la misma ligereza con la que un campesino pedía pan en la plaza.
Hablaba de cruzar océanos y convocar a los Dyalquimistas como si fuese de visita al bazar del puerto.
En todo este tiempo, naciones enteras habían derramado océanos de sangre, dinastías completas se habían extinguido y los mayores eruditos de Synova no habían conseguido más que hipótesis ambiguas, persiguiendo aquel mismo objetivo: erradicar las maldiciones.
Y lo que era peor.
El mecanismo de ejecución permanecía intacto, como si las propias fibras de las sogas hubieran reconocido, en las palabras de la muchacha, una verdad demasiado pura para ser negada.
Aquello lo perturbó más que cualquier amenaza, porque convertía su estúpida afirmación en la evidencia de una determinación que trascendía toda lógica.
Doss apretó la mandíbula, dividido entre la risa amarga y la inquietud.
Lo que ella sostenía era ridículo e inmensamente infantil, pero, sin embargo… la duda se instaló como una pequeña grieta dentro de su mente, y lo obligó a preguntar: —¿Pero no se supone que repeler esas maldiciones… es imposible?
Aria sonrió con una confianza arrolladora.
—No, señor gobernador.
Ya debería saberlo.
En este mundo… —Y entonces, a la mente de Aria, llegaron aquellas primeras palabras que había leído en el tomo—.
Nada es imposible.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com