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La Dyalquimista - Capítulo 2

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2: Prólogo 2: Prólogo En un mundo restringido y atestado de peligros, cuando alguien dice que nada es imposible, no queda más remedio que aceptar esas palabras con esperanza, casi como un mecanismo de refugio emocional.

Pero… Cuando tienes una bolsa arpillera hedionda cubriéndote la cabeza y una soga apretada alrededor del cuello, la esperanza se vuelve un concepto, quizás, más difícil de sostener.

Aria sintió el cuero áspero de la bolsa raspándole las mejillas, impregnado de una humedad rancia que sospechaba era el sudor alguien más.

Sus ojos no podían distinguir el exterior.

Apenas podía hacer foco en los diminutos rombos del entramado de la tela, que se abrían y cerraban con cada exhalación que daba.

Y a pesar de que su vista estaba limitada y su olfato ahora era castigado por un repentino nuevo hedor más punzante y rancio que antes, no podía ignorar en sus oídos ese constante, intenso, un tanto alejado y definitivamente molesto, murmullo de voces en alza, que crecía como un oleaje.

De repente, tras un tirón brusco, la bolsa fue retirada, y el mundo golpeó sus sentidos con una claridad abrumadora.

El sol le hirió los ojos, obligándola a entrecerrarlos, y el sonido de las olas del mar rugió en su espalda, mientras una brisa salina intentaba, sin éxito, limpiar el asqueroso hedor que se le había quedado pegado a la nariz.

En las inmediaciones, un grupo de personas se agolpaba en una gran plaza, expectantes, con miradas ansiosas que oscilaban entre el morbo y la indiferencia.

Aria sintió náuseas.

No solo por la peste que impregnaba su cabello y su ropa, sino por la forma en que una soga se tensó en su cuello, cuando uno de los guardias, de escaso cabello naranja y frente ancha, la obligó a postrarse de rodillas.

—Mierda… —masculló, intentando contener el impulso vomitivo—.

Eso olía a mucha… mierda.

Sus muñecas atadas a la espalda, traducían el dolor por la rigidez en la que la habían forzado a estar.

Se encontraba con las rodillas entumecidas clavadas al suelo y ahora la soga ejercía una presión brutal sobre su cuello.

Alzó la vista como pudo, solo para notar que la línea ascendía hasta una maquinaria elevada y se conectaba a un sistema de poleas robusto.

La polea misma se dividía en tres sogas más que estaban aseguradas a un mecanismo que se anclaba detrás de ella en un soporte.

Aria sintió un escalofrío cuando vio las inscripciones a lo largo de la soga y también de la polea.

—Carajo… —murmuró entre dientes.

Conocía muy bien este sistema.

Se trataba de una aberración legal utilizada en Esenjyar para juzgar criminales de forma «justa».

La soga estaba encantada con un antiguo sistema de Imagia que reaccionaba a la mentira.

Eso quería decir que por cada falsedad pronunciada durante el juicio, una de las tres sogas de seguridad se cortaría.

Y al faltar la sujeción necesaria, la polea haría su trabajo, cortando de un tirón la cabeza del condenado, y catapultándola hacia el mar.

Algo… creativamente espantoso.

Aria tragó saliva.

Este no era su día.

Se forzó a enfocarse en su entorno, dejando de lado el incómodo latido en sus sienes.

Para bien, o para mal, al menos no estaba sola ahí arriba.

A ambos lados, dos personas más repetían el mismo procedimiento que ella.

Los soldados les quitaron las bolsas impregnadas de caca, los obligaron a postrarse de rodillas y engancharon las sogas a sus cuellos.

A su derecha estaba una chica de cabello cobrizo oscuro que llevaba una trenza mal hecha.

Su expresión se mantuvo rígida en todo momento, incluso con la pestilencia impregnada en su maltrecha ropa.

Su lengua alcanzó a mojar sus partidos labios antes de rematar con un escupitajo al suelo y un sacudón leve de sus hombros.

A simple vista, Aria notó que no parecía asustada, aunque sí muy molesta por haber terminado en esa situación.

Luego, al girar la cabeza hacia su otro flanco, el murmullo de la multitud se elevó algunos tonos cuando le retiraron la bolsa de la cabeza al último recluido.

Se trataba de un joven de cabello negro rapado a los lados y una cresta desprolija alargada en el centro.

Tenía la piel bronceada y decorada con cicatrices finas en la línea de la mandíbula, junto a un arete que brillaba en su oreja.

En su mirada se reflejaba una chispa misteriosa y divertida a partes iguales.

Sus labios se curvaron en una sonrisa empapada en una altanera confianza, cuál lobo orgulloso y desafiante.

Y entonces, todas las voces de la multitud acallaron cuando un hombre de ropajes elegantes alzó la voz.

—Buenas tardes, queridos ciudadanos.

A pesar de que nos acompaña un clima gris y nebuloso, siempre será un hermoso día para impartir justicia —anunció el hombre desde un palco elevado que se enfrentaba a la plataforma de sentencia.

Estaba sentado sobre un trono de madera tallada—.

Soy el gobernador Calven Doss y seré quien dictará el destino de estos enemigos de la ley que se encuentran aquí presentes ante nuestra querida y respetada población de Esenjyar.

A partir de ahora, les pido que sean prudentes con cada palabra que profesen en este juicio, ya que a la menor mentira, el hechizo de las sogas lo detectará de inmediato y una de ellas se cortará.

De hacerlo tres veces, la catapulta se activará y morirán en el acto.

Así que procuren decir la verdad y nada más que la verdad.

¿Alguna pregunta?

—A ver si entendí… —se adelantó el joven—.

¿Me dices que puedo mentirles hasta tres veces?

—Déjame explicarme mejor.

Podrás tener la libertad de mentir u ocultar información hasta dos veces, pero al hacerlo, lo sabremos de inmediato.

Y a la tercera detección, tu juicio se termina.

Así que depende de ustedes elegir seguir con vida o no.

—¿Y si me quedo callado?

—La omisión de información también aplica —respondió Doss—.

En fin, sin más interrupciones, continuaré con la identificación de los recluidos.

Empezaremos por la señorita Stephyr Slayer.

Aria giró la cabeza y observó a la chica de cabello cobrizo junto a ella.

—Ciudad natal, por desgracia para todos nosotros: Esenjyar.

—La aludida alzó la barbilla, sin modificar su mirada—.

Por lo que veo, no es más que una ladronzuela oportunista.

Entre sus crímenes se registran hurtos, robos a mano armada, estafas y violentos ataques a nuestros oficiales.

—Eso fue en defensa propia.

De repente, el golpe de silencio que siguió al comentario de la ladrona fue absoluto.

La tensión en la plaza se concentró en cientos de miradas que se elevaron hacia la soga sobre su cabeza, esperando el chasquido de alguna de las cuerdas… pero nada pasó.

Ella sonrió.

—Parece que no miento.

—Por ahora… —El gobernador Doss chasqueó la lengua, irritado.—.

El siguiente recluido es, nada más y nada menos, que el pirata oriundo del archipiélago de Sawer, Zuhonerk… —Se interrumpió de inmediato—.

Esto… Zuhon, Skygger.

El murmullo que recorrió la plaza fue un latigazo de sorpresa.

El público se agitó y los cuchicheos se elevaron todavía más.

Aria frunció el ceño, jamás había escuchado un nombre como ese antes.

—¿Qué pasa, gobernador?

Sabes bien que ese no es mi nombre completo… —dijo él con una sonrisa que se tornó todavía más arrogante—.

¿No te atreves a decirlo aquí, delante de todos?

El gobernador endureció las facciones de su redondo semblante.

—Te sugiero que no juegues con tu suerte, muchacho.

Quizás puedas tener su apellido, pero definitivamente no su prestigio, y mucho menos, su habilidad.

Así que te recomiendo mantenerte en silencio.

El pirata no dijo nada más, pero su expresión de diversión apenas se inmutó.

El gobernador continuó.

—No tiene caso enumerar los cargos delictivos en su contra porque esto se haría eterno.

Así que pasemos a la siguiente.

Aria sintió un nudo en el estómago cuando las miradas de todos se desplazaron hacia ella.

Era una chica de cabello marrón, corto y suelto, con un particular flequillo blanco que caía de forma desigual sobre su frente.

El gobernador revisó los papeles y esbozó con una mueca de desagrado.

—Bueno, esto sí que me sorprende.

No pensaba que en este día condenaríamos a una alquimista Tyriana proveniente de Koro Pacis.

Graduada hace unos meses de la academia… —El hombre leyó la siguiente línea en los documentos y su gesto se ensombreció—.

Y tu primer contrato fue en… —Levantó la vista hacia ella—.

¿Tú fuiste la alquimista que sobrevivió a la masacre de Blutmar?

La plaza entera contuvo el aliento.

—Sí, fui yo.

—Interesante.

Entonces eso agregará cargos a tu condena.

No solo por causar desastres en zonas públicas de Esenjyar, sino también por abandonar tu puesto de trabajo en Blutmar para salvar tu vida, quebrantando el código… —¡Eso no fue así!

—interrumpió Aria—.

Yo no los abandoné.

Estuve con ellos hasta el final.

Las miradas de todos saltaron de nuevo a la soga, pero de momento, continuaban intactas.

Uno de los concejales del gobernador se inclinó para susurrarle algo al oído.

El hombre asintió con lentitud, sin apartar la vista de la prisionera.

—Esto es perfecto… —murmuró el pirata por lo bajo.

Su sonrisa era apenas perceptible—.

Haz tiempo todo lo que puedas, alquimista.

Ella contempló al pirata por un instante.

Su mente se había quedado con la palabra «alquimista» estampada en su interior.

Luego meditó un segundo la situación, hasta que, finalmente, carraspeó la garganta y alzo la voz.

—Por cierto, señor Gobernador.

No quiero tentar a mi suerte aquí, así que creo que debo hacer una pequeña aclaración, ya que estoy bajo juramento de verdad… —comentó Aria.

—¿De qué se trata?

—Lamento tener que corregirle, pero técnicamente… —inhaló con profundidad—, no soy solo una alquimista.

El gobernador alzó una ceja, intrigado, pero le dio el beneficio de la duda.

—Muy bien.

Como veo que nunca has tenido cargos en contra, me huelo a que serás la única en librarte de este juicio si eres completamente honesta.

Algo que no puedo pedirle a una ladrona de poca monta y un pirata desleal.

Así que, por favor, le pido que se identifique ante nosotros, para presentarla como es debido.

Aria respiró hondo.

—Mi nombre es Aria Rayzen… —Hizo una pequeña pausa, como si su propio cerebro necesitara asegurarse de que realmente, y por primera vez, iba a decirlo en público—.

Y hace poco… he conseguido acceder al conocimiento Dyalquímico.

El silencio que se produjo a lo largo y ancho de la plaza fue total y absoluto; y duró unos cuantos segundos, hasta que de repente, como si alguien hubiese dado una señal colectiva… una feroz lluvia de carcajadas estalló.

Todos rieron: los espectadores, los vendedores, el vagabundo acostado en la banca, la barista que fisgoneaba desde su local, el panadero que contemplaba desde su puesto, el gobernador, los guardias, e incluso el escolta de frente ancha que la había amarrado hace unos minutos.

Aria sintió el contacto de la brisa marina sacudiendo su cabello mientras contemplaba como cientos de personas se destartalaban en ataques de hilaridad, pero cuando el alboroto empezó a menguar y la incredulidad dejó de hacer resonar las gargantas de los presentes… Uno a uno, las miradas se tornaron en las sogas de sujeción, y algo verdaderamente impensado sucedió: ninguna se movió.

Las expresiones de burla se petrificaron, convergiendo todas hacia el desconcierto, la duda, y finalmente, la sorpresa.

El gobernador se quedó helado, y completamente estupefacto, porque eso solo podía significar una cosa, que estaba diciendo la verdad…

Y que esa mocosa… Realmente… Era… Una nueva Dyalquimista.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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