La Dyalquimista - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 No Brach no Phyrat - Parte 1
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20: No Brach, no Phyrat – Parte 1 20: No Brach, no Phyrat – Parte 1 —Bien.
He oído lo suficiente —declaró el gobernador Doss, con firmeza—.
Ordeno que retiren la soga del cuello de Aria Rayzen.
El juicio continuará su curso, pero su vida ya no estará en juego.
Un guardia robusto se acercó con paso firme y soltó el nudo alrededor del cuello de Aria.
Ella exhaló profundamente, aliviada.
—Sin embargo, señorita Rayzen, sigue sin aclarar cómo perdió exactamente el tomo de Aldamer —comentó él con tono inquisitivo—.
Esa información es crucial.
—Lo perdí el mismo día en que me capturaron —explicó con un deje de vergüenza—.
Fue el día en que incendié la taberna… por accidente, claro.
—Sí que eres fanática de las tabernas… —comentó Stephyr con ironía.
—Fuiste tú quien me citó ahí, ladrona.
—Ajá.
El gobernador levantó las cejas en gesto incrédulo.
—¿Quiere decirnos que incendió usted misma la taberna?
Aria suspiró, resignada, con una pizca de vergüenza.
—Fue un accidente, ya se lo dije.
Quise esconderme, proteger el tomo, pero cuando los guardias entraron a arrestarme, el fuego se salió de control.
En la confusión, el libro se me escapó de las manos y lo perdí.
Y luego… bueno, ya conoce el resto.
—¿Está segura de que no sabe exactamente dónde se encuentra ahora?
—preguntó el gobernador.
Aria meditó en silencio por un instante.
—De hecho… —Carraspeó la garganta—, existe una manera sencilla de hallarlo.
Puedo rastrearlo con mi colgante, pero ustedes me lo arrebataron cuando me encarcelaron.
El hombre frunció el ceño molesto, antes de hacer un gesto rápido a uno de sus subordinados.
—Tráiganle el colgante a la señorita Rayzen, inmediatamente.
—ordenó con brusquedad—.
Y ustedes dos… —continuó, señalando hacia Zuhon y Stephyr—, retomemos el juicio.
Empecemos con el pirata.
—¡Por fin!
Esto se volvió eterno… —respondió él con una sonrisa cínica, balanceándose ligeramente en su sitio, como si estuviera aburrido de la espera—.
Dispare sus preguntas.
El gobernador arrugó el entrecejo con disgusto.
—Si usted, Zuhon Skygger, se encuentra ilegalmente en esta isla, eso significa que su tripulación también debería estarlo, ¿no es así?
Zuhon soltó una carcajada breve.
—Eh, bueno… —empezó a explicar con fingida modestia—, técnicamente, no fue algo intencional.
Nunca fue nuestro plan terminar en esta horrenda ciudad.
La tripulación y yo navegábamos tranquilamente hacia aguas más amigables cuando una tormenta nos atrapó.
Y, por si eso no fuera suficiente, un monstruo marino bastante alterado emergió justo a nuestro lado, así que se puede imaginar cómo terminó todo aquello.
—¿Pretende hacernos creer que está aquí por casualidad?
Zuhon encogió los hombros con una tranquilidad absoluta.
—Créalo o no, es la verdad —afirmó Zuhon con una sonrisa confiada, alzando una ceja desafiante hacia el gobernador—.
Mi tripulación… qué sé yo.
Algunos deben estar muertos, otros quizás lograron escapar.
Sinceramente, me da igual.
—Voy a tener que pedirle que nos relate los hechos, sobre como llegó aquí y cómo se vio envuelto en la revuelta en la taberna en dónde se le capturó.
—No tengo ganas de que mi cabeza vuele al mar, así que prepare su culo, don gobernador.
Aquí voy… —Se aclaró la garganta—.
Todo empezó cuando tenía tan solo cinco años… Un crujido seco resonó en lo alto y la cuerda se cortó al instante.
Zuhon no pudo evitar echar una sonora carcajada ronca.
—Valió la pena… —comentó entre medio de una risa que vibró en su pecho con total y pura satisfacción—.
En realidad, todo comenzó hace dos días.
***** La explosión se quedó grabada en su mente, repitiéndose una y otra vez mientras duró la caída.
El trayecto inminente hacia el vacío fue sentido por él como una lluvia de meteoritos, asediando todo su cuerpo.
Su espalda y brazos resonaron al golpear con un fragmento de la cubierta en el descenso, su cabeza fue la siguiente en recibir un feroz golpe, sonoro y metálico, resultante de un choque entre él y la boca de un cañón que flotaba en alta mar.
La estampida hacia el agua fue severa.
Su cuerpo comenzó a hundirse junto a los restos desperdigados del armazón de un barco que había encontrado su puerto final esa noche.
Gaward D´Atlas era un hombre que había vivido mucho.
Lo sabía.
Si fuese por él, morir en el fondo del océano no le importaría en absoluto.
Su trayectoria era indiscutible, conocida a lo largo de los cinco mares por los pocos de su círculo de confianza… y por los muchos de su círculo de enemigos.
El problema era su familia: su tripulación.
Tenía personas allí a la que debía cuidar todavía.
No podía simplemente dejarse vencer por las adversidades del mundo.
Tenía que luchar.
Y si no podía hacerlo por él mismo, por sus propios sueños, por sus propios objetivos, por su propio destino… tenía en claro, que aunque fuese con su último aliento, lucharía con uña y dientes por aquellos a quienes todavía estimaba.
Su brazo izquierdo, conformado en su totalidad por plaquetas de acero, cables de inyección nerviosa, engranajes de movimiento, paneles de yema sensoriales y tubos de refrigeración, fue lo primero que salió a la superficie… lo segundo fue su cabeza.
Sus ojos escrutaron hacia los flancos; si la atmósfera del lugar pudiese describirse en tan solo una palabra, sería simple y llanamente… caos.
La lluvia golpeaba con fuerza sobre su cabellera castaña mientras él se esforzaba por mantenerse a flote, y al mismo tiempo intentaba que los restos del barco no cayeran sobre su cabeza.
Los gritos de desespero y euforia colectiva abundaban en el mar, la gran mayoría de la tripulación había tenido su misma suerte.
Algunos nadaban por sus vidas hacia tierra firme, otros intentaban socorrer a sus compañeros y compañeras caídas, solo muy pocos todavía se dignaban a continuar con una batalla, que a estas alturas del partido, ya estaba perdida por completo.
El cielo rugió, y como si fuese poco, el agua pareció emitir un poderoso temblor desde sus profundidades.
Gaward ascendió la mirada hasta que sus ojos revelaron el peligro sobre su cabeza.
El barco con el que había surcado los mares durante tanto tiempo se encontraba suspendido en el aire, prisionero bajo los tentáculos de una bestia marina de proporciones avasallantes.
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