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La Dyalquimista - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 No Brach no Phyrat - Parte 2
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21: No Brach, no Phyrat – Parte 2 21: No Brach, no Phyrat – Parte 2 Una cabeza triangular de aspecto reptiliano, asomaba sus rígidas fauces detrás del casco del barco, fulminando con una mirada de ojos grisáceos el destino de todos los allí presentes; la criatura se presentaba con majestuosidad con la parte inferior de su torso similar a la de una inmensa anguila, cuya gran parte de su cola se removía dentro el agua.

Como si tuviesen vida propia y moviéndose a voluntad, cuatro tentáculos de punta afilada nacían desde el lomo de la bestia, dos se ocupaban de envolver el barco y mantenerlo en el aire, mientras los otros exploraban con exhaustiva curiosidad las mejores maneras de destruirlo todo a su paso.

Gaward sintió como la corriente bajo sus pies cambiaba con fuerza; resultado de un solo aleteo de aquel monstruo.

Se trataba de un Estryzor anciano.

Una criatura de carácter volátil, agresivo y exageradamente territorial.

Él ya había luchado contra varios como estos, pero siempre jóvenes, de tamaños tres veces menor al que ahora mismo mantenía prisionero el navío.

Odiaba este tipo de criaturas.

Eran depredadores marinos natos, con una facilidad envidiable para escurrirse de sus enemigos gracias a su anatomía alargada, pero también, feroces como ninguno en batallas; contando con sus tentáculos para mantener a su presa cautiva, y con dos patas delanteras en forma de navajas y ubicadas en la zona alta del pecho, dobladas en posición «de orar»; con el que no solo utilizaban para apresar a sus «rehenes», sino que también lograban rebanar cualquier cosa que se cruzara en su camino.

Gaward sintió un escalofrío al observar como el barco pareció gritar del dolor, sus terminaciones tanto metálicas como de madera crujieron al ser ahorcados por las patas del Estryzor; la criatura rodeó el casco con todos sus tentáculos y comenzó un proceso de cirugía vertical completa, que terminó por partirlo en dos pedazos.

Los restos se desperdigaron alrededor del mar, amenazando con terminar sobre las atemorizadas cabezas de la tripulación que alguna vez había transitado los mares bajo las velas del temido «Albatroz».

Pero el caos todavía no tenía intenciones de finalizar.

Los tentáculos del Estryzor arrojaron una de las mitades del navío a tierra, como si se tratase de un simple juguete roto que ya no le servía, mientras continuaba deleitándose en destruir el otro fragmento.

Gaward escuchó a alguien gritar: «¡Todos a tierra firme!».

No reconoció la voz, pero estaba seguro de que no se trataba de su capitán.

Aun así, obedeció y se alejó a grandes brazadas.

Ellos apenas eran pequeños peces sin importancia para la bestia, por lo que escapar del peligro no fue más difícil que sobrevivir a la enorme caída desde la cubierta.

«—Lamento interrumpir… —se excusó Aria—.

¿Pero tú dónde estabas?».

«—Oh, yo fui uno de los primeros en llegar a la playa.

Así que me senté en la arena a mirar».

«—¿Y quién es Gaward?».

«—El segundo al mando del Albatroz.

Estoy contando lo que le sucedió a él porque creo que fue el que peor la pasó… —Sonrió con cinismo—, de momento».

Cuando finalmente llegó a la playa, se reunió con lo poco que quedaba de la tripulación y un amargo sabor de boca se le hizo presente.

Aquella pequeña playa nocturna recibía a un puñado de poco más de diez o doce miembros, de una tripulación que, en sus inicios, había logrado reclutar a más de sesenta aguerridos y temerarios piratas.

Por desgracia, y para achatar la moral de los supervivientes, ahora su gran mayoría descansaba en el fondo del océano… o del estómago del Estryzor.

Gaward buscó a su capitán con la mirada sin resultados positivos.

En ese momento, algo en su interior se encendió.

La chispa del temor comenzó a calcinar un rincón dentro de su pecho.

¿Habría perecido en todo este caos?

Apretó los dientes y avanzó a grandes zancadas rumbo hacia la marea.

Sus ojos no encontraron a quien buscaba, pero sí a Borles Manigan, el tesorero: se trataba de un hombre de estatura pequeña, medio enclenque y desalineado.

La camisa que llevaba se encontraba cubierta por sangre empapada; probablemente la de la herida que se escurría por su escasa cabellera.

El hombrecito se acercaba a paso rengo, apenas pudiendo contener el peso de su cuerpo para mantenerse de pie, hasta que una ola pequeña golpeó sus muslos y se revolvió en el suelo sin remedio.

«—¡Fue tan gracioso!

—Se interrumpió Zuhon para reír a carcajadas».

Gaward llegó en su ayuda y lo llevó a terreno firme en la arena.

Borles escupió una cantidad severa de agua salada hacia un lado, y luego, cuando recuperó el sentido de la ubicación, ensartó todos los dedos de su mano en el hombro de Gaward.

—Skygger… ¿Está bien?

—preguntó Borles.

—Eso iba a preguntarte yo.

El hombrecito agitó su cabeza en una negativa.

—Pero ustedes estaban juntos antes del ataque del Estryzor —comentó Gaward—.

¿Al menos sabes si sufrió alguna herida?

¿O si todavía sigue en el Albatroz?

—No, no… —dijo Borles intentando hacer memoria—.

Yo me arrojé por la borda, apenas esa cosa se acercó al barco.

¡Pero es imperativo que sepamos sobre su situación ahora mismo!

Si no aparece pronto, la tripulación… Pero entonces, el hombrecito sintió un extraño, pero reconfortante peso en su hombro.

Se trataba de una mano de dedos finos, uñas pintadas de negro, y un grafo en forma de serpiente que recorría en espiral toda la trayectoria desde su muñeca hasta su hombro.

Borles quedó atónito.

La mujer, por otro lado, avanzó unos pasos hasta llegar junto a Gaward y repitió la misma acción, palmeando con suavidad el brazo robótico del hombre.

En la playa reinó el silencio absoluto.

La mujer continuó su camino hasta llegar a los pies de la marea: un sombrero negro llegó siendo arrastrado por el agua, como si fuese un regalo de la naturaleza hacia ella.

Entre tanto, la silueta de aquel monstruo marino comenzó a desdibujarse en la distancia, llevándose consigo, hacia las profundidades y cuál trofeo de guerra, los últimos restos del Albatroz.

Sin decir palabra alguna, tomó el sombrero, lo escurrió y sacudió tres veces seguidas, y con una mirada que se perdía hacia un cielo tormentoso que ocultaba las estrellas y la luna, dio media vuelta, enfrentándose a su tripulación… y se lo colocó.

La capitana Elda Skygger esperó en silencio a que todos los supervivientes se formaran en un semicírculo a su alrededor.

Su cabellera, una melena rebelde y desordenada de color azabache, todavía escurría una mezcla de sangre y agua de mar que se dejaba deslizar en su flequillo.

La mujer pisaba los cincuenta con orgullo y un renombre sin igual.

Siendo una de las capitanas piratas más temidas en los hostiles mares de Espheria.

Su fama era tanto una bendición como una maldición.

Había muchos quienes ni osarían izar sus banderas frente a su presencia en el mar, mientras que otros, en cambio, aprovecharían cualquier oportunidad para acabar con su vida y convertir sus nombres en leyendas por haber acabado con la capitana del temido «Albatroz».

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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