La Dyalquimista - Capítulo 24
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24: Rakkra – Parte 1 24: Rakkra – Parte 1 Un pequeño crujido hizo que Zuhon se agitara en su improvisado catre improvisado.
Su cuerpo se revolvió con incomodidad, aunque no lo suficiente para obligarlo a abrir los ojos.
El sueño era un tesoro escaso, especialmente luego del naufragio que los había abandonado en aquella costa salvaje.
Otro ruido sonó, más tenue.
Zuhon frunció el ceño y movió el rostro, intentando no escapar de su preciado sueño.
—¿Quién…?
—Escuchó gruñir a Gaward adormilado.
—Probablemente, un mono —masculló Zuhon con desgana, sin moverse de su sitio, ni abrir los ojos—.
Que se lo lleve todo, qué más da… Sin embargo, en ese instante, la voz de Gaward sonó mucho más elevada y alterada.
—¡Eh, tú!
¡Detente ahora mismo!
—gritó el hombre con furia, seguido por el ruido apresurado de pasos alejándose rápidamente hacia la espesura de la selva.
Zuhon, por otro lado, exhaló un suspiro resignado, se acomodó con pereza, y continuó descansando plácidamente mientras la persecución resonaba a lo lejos.
***** En el presente, Aria lo rebajó con una mirada empapada de incredulidad.
—¿En serio seguiste durmiendo después de eso?
—preguntó con desconcierto—.
¿Y si era alguien peligroso?
Zuhon soltó una carcajada despreocupada, sacudiendo ligeramente la cabeza con gesto burlón.
—Por favor, toda mi vida he convivido con gente «peligrosa».
Además, dormir es importante para la salud.
Aria suspiró con aires cansinos, arrepintiéndose por haber abierto la boca, pero, por otro lado, Stephyr se aclaró la garganta y desvió la mirada con una sombra de pena cubriéndole el rostro.
A fin de cuentas, recordaba muy bien esa persecución que casi le había costado la vida.
Definitivamente, prefería mil veces más esta sentencia, a volver a cruzarse con ese tal… ***** Gaward D’Atlas había sido de los primeros en despertar por la madrugada.
Aunque ese día, se encontraba de muy mal humor por haber dejado escapar a aquella Rakkra inmunda.
Contempló el campamento.
Todos descansaban en el suelo, habían improvisado camas y carpas con los restos de las velas y rezagos del fragmento de la proa encallado próximo a la playa y a los pies de la jungla selvática de la isla.
Los pies de Gaward pisotearon arena para seguir las huellas de alguien que parecía que había despertado antes que él.
Prosiguió su rumbo hasta toparse con un salpicón de pedruscos de gran tamaño que recibían las primeras caricias del oleaje matutino.
Sentada sobre uno de ellos, el más grande, se encontraba alguien que contemplaba el amanecer.
La capitana Elda Skygger no modificó su postura al percatarse de la presencia de su segundo al mando.
Su cabellera azabache se sacudía con libertad, acompañando la brisa del mar.
La mujer echó una escupida al agua y chistó.
—¿Te vas a quedar ahí parado todo el día?
¿O vas a ayudarme?
—¿A qué, exactamente?
—respondió Gaward con voz ronca—.
¿Contar nubes?
—Necesitamos salir de esta isla cuanto antes.
No podemos permitirnos perder el botín.
—No.
Ni siquiera robando un barco ahora mismo podremos alcanzar el acorazado.
Ya perdimos esa carta.
Te dije que el desvío no era buena idea.
—Debiste haber insistido más —espetó la mujer, ahora haciendo contacto visual desde el pedrusco.
Sus ojos del color del océano escondían las arrugas con un delineado mal hecho con carbón—.
¿Quieres que nos repongamos pronto?
Deja de quejarte y ve al pueblo.
Te necesito para una tarea muy importante.
Para salir de aquí necesitamos más gente.
Haz un aviso en alguna taberna.
Ofrece cincuenta Vhals por cabeza.
Quiero estar fuera de esta isla en menos de una semana.
—¿Y qué carajo quieres que les diga a la gente?
¿Quieren unirse a la tripulación de la mitad de un barco despedazado en la selva?
¿Y tenemos los fondos suficientes para pagarles?
Sin contar que ayer nos robaron el maldito Trayzer de ese imbécil de Runk.
—Olvida el Trayzer y déjame a mí los fondos.
Lo tendremos, lo sabes bien.
También pensaré como conseguir un nuevo barco.
Tú solo haz lo que te dije.
Necesitamos carne nueva… y joven.
Son más fáciles de manipular —sonrió.
—¿Y la comida?
¿Las armas?
¿Dónde viviremos?
¿Aquí en la selva con los putos monos?
—Mira quien habla.
—Sonrió Elda—.
¿Ya te olvidaste donde fue que te encontré?
Gaward chistó.
—¿Cómo vamos a curar a los heridos?
Nuestro doctor está muerto.
—Cuando Vin se recupere veré qué puede hacer por los heridos.
Es una alquimista.
Algo se le ocurrirá.
Así que, deja de llorar D’Atlas.
Yo me encargaré de tener todo eso bajo control —dijo ella—.
Siempre lo hice.
Ahora te necesito lejos… y, por cierto, llévate al inútil de mi hijo para que te ayude.
Le hará bien.
Gaward resopló, pero permaneció en su lugar.
La mujer dibujó una sonrisa despreocupada y suspiró, relajando los hombros.
—Típico de ti.
Bajo toda esa barba varonil y frondosa que oculta tus emociones.
Lo único que haces es preocuparte… Tranquilo, si mis cálculos no me fallan, estamos en la isla Grand´Kal perteneciente al cinturón sur del archipiélago de Sawer.
Seguimos en casa.
La gente aquí nos temen.
Nadie sabe que estamos varados.
Nadie osará tocarte ni a ti, ni a mí, un solo cabello de nuestras cabezas, si no quieren pasar sus últimos días clavados en una estaca en la arena.
Así que hazme caso.
Reúne gente.
Diles quiénes somos.
Diles qué hacemos.
Tráemelos.
Y deja de preocuparte tanto.
Te llevo cinco años y tienes más arrugas que yo.
Gaward asintió y volvió sobre sus pasos hacia el campamento.
El lugar no se encontraba tan retirado, tan solo con avanzar unos pocos pasos la arena se borraba del suelo para dar lugar a la vegetación frondosa de la selva; y la mitad del Albatroz de la zona de la proa se encontraba allí, volcada de lado y dibujando una enorme y refrescante sombra en dónde sus tripulantes decidieron montar campamento.
Gaward llegó hasta su petate: un rejunte de hojas gruesas para su almohada y un trozo de tela de vela negra que tuvo que compartir con alguno de sus compañeros cortándola en pedazos.
A la cabeza lo resguardaba un fragmento del mascarón de proa del navío: se trataba de las fauces puntiagudas de una serpiente que se encontraba hecha añicos.
Gaward había intentado moverlo por la noche, pero había desistido luego de que los primeros diez centímetros de trayecto por la arena habían resultado todo un infierno.
Así que lo dejó como estaba.
A su alrededor acampaba el resto de los supervivientes.
Algunos habían logrado salvar cosas sin mucho valor del barco.
Unas pocas mesas todavía se encontraban intactas de milagro, y unos cuantos barriles de alimento y provisiones con muy poco para ofrecer; los cañones ahora servían como adornos en aquel prado, la mayoría, por no decir que todos, resultaban inútiles al haber recibido tanto daño y tan solo se hallaban desperdigados entre la tierra.
Gaward tomo su sombrero viejo, cuyo color negro parecía haberse desgastado con el paso del tiempo y ahora presentaba tonalidades blanquecinas, y una chaqueta de cuero marrón sin mangas.
Se calzó todo y se marchó.
Su arma ya la tenía en la funda de su cinturón, siempre la llevaba consigo, incluso cuando dormía, pero para su desgracia, su espada ahora le pertenecía al mar.
Los zapatos de Gaward patearon el suelo, y un bodoque de tierra y arena fue a parar directo al rostro de un muchacho que descansaba cerca de su petate.
Despertó de un salto, completamente alarmado.
Su brazo derecho se alzó para tapar el sol que daba a su cara.
Se trataba de nada menos que el famosísimo y brutalmente atractivo Zuhon Skygger.
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