La Dyalquimista - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 Un viaje que jamás olvidarán - Parte 2
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28: Un viaje que jamás olvidarán – Parte 2 28: Un viaje que jamás olvidarán – Parte 2 Un viento suave recorrió el claro de la ladera e hizo susurrar la hierba alta alrededor de un viejo molino abandonado.
La estructura, de piedra gris cubierta de musgo, se erguía precaria contra el cielo del mediodía; sus aspas de madera colgaban rotas, inmóviles desde hacía años.
El hogar ideal para un puñado de cazafortunas como Stephyr y Zafron.
Ambos se hallaban cerca de un muro derruido, donde habían improvisado un pequeño corral con estacas desiguales y cuerdas.
Dentro se encontraban dos Laguertos que resoplaban suavemente mientras esperaban su almuerzo.
Eran criaturas inusuales en muchos rincones de Espheria, pero bastante comunes en las costas Tyrianas; tenían la característica silueta estilizada de enormes lagartos y sus escamas tornasoladas mutaban de color según su humor.
Cuando Stephyr y Zafron se acercaron, las criaturas emitieron un gruñido profundo, rítmico y afectuoso, similar al ronroneo de un felino.
Esa era su particular forma de saludar.
Stephyr deslizó el pestillo del corral y entró llevando un cubo de madera lleno de alimento.
La base de sus pantalones rozó el rocío acumulado en la hierba alta y terminó empapada.
Detrás de ella, Zafron avanzó silbando con suavidad, sosteniendo otro cubo.
Al oír ese sonido familiar, los Laguertos levantaron las cabezas triangulares y respondieron con un breve chasquido húmedo de sus lenguas bífidas, un gesto de alegría que solo Stephyr y Zafron habían aprendido a interpretar.
Al anticipar la comida, sus cuellos comenzaron a parpadear en un suave y luminoso tono rosáceo, indicando satisfacción.
Zafron sonrió al observar la reacción de las criaturas, pero sus ojos revelaron cierta tensión oculta.
Dejó su cubeta en el suelo, dentro del corral, y acarició el cuello de uno de ellos.
El animal cerró los ojos un instante.
A su lado, Stephyr vació lentamente la comida en un viejo barril partido por la mitad que usaban de comedero.
Durante unos segundos, solo se escuchó el húmedo sonido de las mandíbulas reptilianas triturando los alimentos y el suave golpeteo de una vela rota del molino mecida por el viento.
—Zaf, escucha —comenzó a decir ella, intentando suavizar su habitual tono cortante, sin mucho éxito—.
Ya tenemos el Trayzer, y si sumamos a los dos Laguertos, valen suficiente Thals como para arrendar un buque y llegar a cualquier isla del sur del Archipiélago de Sawer.
Podemos empezar desde cero, lejos de todo esto.
Sin riesgos.
El joven detuvo sus caricias, manteniendo una sonrisa relajada.
Su semblante, siempre confiado, parecía la viva imagen de la persuasión.
—Tienes razón, Stephy —contestó él—.
Podríamos hacerlo así, pero si conseguimos el tomo de Aldamer, no solo vamos a poder empezar de cero.
Lo haremos con ventaja económica suficiente para vivir cómodamente por años, sin necesidad de escondernos, ni pasar de hambre de nuevo.
—¿Cómo estás tan seguro de que es el tomo de Aldamer en primer lugar?
¿Y por qué lo tendría una… muchacha cualquiera?
—Primero.
¿En serio desconfías de mí?
Si te digo que vi el tomo… es porque es el tomo.
Te lo aseguro.
—Como sea.
¿Y qué sucede si algo sale mal?
—insistió ella, endureciendo su mirada—.
¿Qué tal si terminamos con menos de lo que tenemos ahora, o peor…?
Zafron suspiró.
Luego se acercó despacio y apoyó una mano gentilmente sobre el hombro de la pelirroja.
Ella no se apartó, pero lo miró con una mezcla de irritación y ternura.
Ya conocía de sobra esa jugada.
—Stephy, préstame atención —continuó Zafron, bajando la voz—.
¿Realmente crees que nos saldrá barato conseguir tres pasajes ilegales?
Cinco, si nos contamos a nosotros dos.
Ellos no la tendrán fácil… y sabes exactamente por qué.
¿No crees que vale la pena el riesgo?
***** —Ya sé que dijo que no quería interrupciones —intervino la voz del gobernador Doss desde el palco, sobresaltando a Stephyr—, pero esto necesito preguntarlo.
¿A qué se refiere con «pasajes ilegales»?
¿Quiénes más irían hipotéticamente con ustedes?
¿Son acaso parte de un grupo de delincuentes?
Stephyr levantó lentamente la cabeza, y lo observó con una cruda y gélida mirada que pareció meterse dentro del alma del gobernador.
—No se lo diré… —respondió ella, tajante.
De inmediato, se escuchó el seco sonido de otra soga cortándose.
Stephyr sintió un frío súbito en la nuca, pero su rostro no mostró señal alguna de temor.
En cambio, mantuvo su mirada desafiante en el gobernador, como si fuese una estaca.
—Puede volver a preguntármelo si quiere, pero mi respuesta será la misma —dijo ella, elevando apenas la barbilla—.
Así que, gobernador, usted decide: o deja que mi cabeza flote en el mar o termina de escuchar mi historia.
Se lo dejo a su criterio.
Un murmullo recorrió a los presentes.
El gobernador se mostró tenso y pensativo.
Su mirada se clavó en la ladrona por varios segundos que parecieron eternos, hasta que, finalmente, asintió despacio.
—Prosiga.
***** Stephyr desvió la mirada hacia los Laguertos, con el ceño arrugado en un gesto entre la molestia y la preocupación.
Aunque no quisiera darle la razón a su colega, muy en el fondo, sabía que la tenía.
Suspiró profundamente, sabiendo muy bien cómo terminaban estas conversaciones cada vez que Zafron ponía esa sonrisa, que él mismo sabía muy bien, era irresistible.
—Está bien, Zaf.
Supongamos que tienes razón.
Si lo conseguimos, tendríamos suficiente dinero para llevarnos a todos y empezar sin miedo en alguna isla de Sawer, sin necesidad de mirar sobre nuestro hombro cada cinco minutos.
Admito que no es mal plan.
Zafron sonrió satisfecho y se inclinó hacia ella, apoyando con ligereza un brazo sobre el comedero.
—Absolutamente.
Sabía que lo entenderías —respondió él con suavidad, dedicándole una mirada intensa—.
Además, piénsalo.
Sin ese tomo, apenas tendremos recursos para mantenernos a flote.
Con él… —hizo una pausa—.
Tendremos asegurado el futuro, para todos.
No miento, ese tomo es invaluable.
Pagarían fortuna por él en cualquier lado.
Ella se cruzó de brazos, frunciendo la nariz como si estuviera a punto de regañarlo.
Era consciente de que Zafron acababa de conseguir lo que quería, pero no pensaba regalarle la satisfacción completa de la victoria.
—Solo quiero dejar algo en claro… —apuntó ella, señalándole con el dedo—.
Si llegamos a tener problemas, así sea el más diminuto… te voy a patear tan fuerte en las pelotas… —Aceptaré ese castigo con orgullo —respondió él con una sonrisa amplia—.
Siempre y cuando tú aceptes, cuando seamos ricos, que mi idea fue brillante y soy un verdadero genio de la estrategia.
Stephyr desvió la mirada y dejó escapar un bufido resignado, pero al final no pudo contener una leve sonrisa.
—Bien… —asintió lentamente, tomando aire con determinación—.
Vamos a robar ese maldito tomo.
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