La Dyalquimista - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 La alquimista el pirata y la ladrona
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3: La alquimista, el pirata y la ladrona.
(Temporada 1) 3: La alquimista, el pirata y la ladrona.
(Temporada 1) La alquimia es para los humanos, lo que la Dyalquimia es para los dioses.
Por esa razón, en aquella tarde de juicio en Esenjyar, el silencio tras la sentencia de Aria se sintió más gélido que la brisa marina que barría la plaza en esa tarde grisácea.
Fue un silencio que heló la sangre y tensó los músculos de cada persona presente.
Porque el simple hecho de que existiera una nueva Dyalquimista resultaba en un evento en extremo inusual.
Y ese evento arrastraba un sinfín de preguntas que variaban de relevancia dependiendo de quién las hiciera.
Para un pirata como Zuhon Skygger o una ladrona como Stephyr Slayer, el significado era simple: dinero, pero no cualquier monto de dinero.
Si aquella chica realmente era una nueva Dyalquimista, entonces, por asociación, debía de poseer uno de los objetos más codiciados en toda Espheria.
Pero la pregunta no provino de ellos.
El gobernador Doss se enderezó en su asiento, mientras sus dedos tamborileaban en el reposabrazos.
Su respiración se volvió más lenta, consciente de que podría estar a punto de alcanzar algo más grande de lo que jamás hubiera imaginado.
—Muchacha, si lo que dices es cierto, respóndeme lo siguiente.
—Su tono se agravó—.
El tomo de Aldamer.
¿Lo tienes en tu poder?
El impacto de esas palabras pesó sobre todos los presentes y un escalofrío recorrió la multitud, como si la simple mención de ese nombre pusiera de nervios a todos.
Aria suspiró.
—De hecho, se me perdió —confesó con una sonrisa a medio formar, intentando que su vergüenza no se notara tanto—.
Perdón.
El murmullo de decepción que recorrió la plaza fue inmediato, y los insultos y resoplidos de frustración se hicieron escuchar.
Zuhon, quien hasta entonces había estado observándola con un renovado interés, dejó caer los hombros en una mueca de fastidio.
—Pff… debí haberlo visto venir.
De repente, toda la atención que había estado puesta sobre Aria se disipó de golpe.
El consejero del gobernador se inclinó de nuevo a su oído, murmurando en voz baja.
Aunque Aria no podía escuchar, pudo notar cómo la expresión del hombre se transformó en una intrigante mueca de interés.
Era obvio que el juicio había tomado un rumbo inesperado.
Quizás el paradero del tomo de Aldamer seguía siendo un misterio, pero eso ya no importaba tanto.
Porque ahora tenía a una Dyalquimista bajo su poder, y además, podía sacarle información sobre lo ocurrido en Blutmar.
Era ganar o ganar.
—Dime, muchacha —comenzó a decir Doss—.
¿Hace cuánto eres Dyalquimista?
Aria sintió la soga en su cuello con más peso que nunca.
La respuesta no era difícil de responder, pero temía que sus nervios le jugaran una mala pasada.
—Catorce días.
El gobernador asintió.
Las fechas eran cercanas a lo ocurrido durante la tragedia.
—Eso quiere decir que hay una relación entre la masacre de Blutmar y tu ascenso al conocimiento Dyalquímico.
¿Me equivoco?
—Sí, podría decirse que la hay.
—Entonces le preguntaré algo.
—El tono del gobernador cambió a uno más afilado—.
Y le conviene ser honesta conmigo.
¿Usted asesinó a toda la población de Blutmar?
—¿Qué?
¡No!
Todas las miradas se clavaron en la soga, pero de nuevo, nada sucedió.
El gobernador inclinó la cabeza, evaluándola.
—Ni tampoco has lastimado a nadie para beneficiarte, escapar o salvarte… Aria tragó saliva y dudó durante unos segundos.
Sus pupilas saltaron fugazmente a la soga en su cuello.
—No… —dijo en un tono muy bajo, estirado y definitivamente poco verosímil.
La soga seguía sin modificarse en lo absoluto, y Zuhon, a su lado, exhaló con una risa seca y se inclinó hacia ella.
—Aunque no se haya cortado… —curvó la cabeza, mirándola con ese brillo de zorro en los ojos—.
¿Por qué carajo no te creo?
—¡Es que es verdad!
No les hice nada malo… —titubeó—.
Mientras estaban vivos… —susurró desviando la mirada.
Después de todo, extraer corazones humanos de personas que ya estaban muertas… no podría considerarse algo… «malo», supuso en su mente.
Stephyr chasqueó la lengua.
—¿Esta porquería funciona?
Porque tiene pinta de que miente… El gobernador repitió la pregunta a su consejero, quien le respondió que ya habían probado las poleas antes del juicio y todo funcionaba correctamente.
El hombre suspiró con pesadez, frotándose el entrecejo con los dedos.
—Es evidente que está ocultando algo, señorita Rayzen.
¿Qué es?
Sea específica.
—Bueno… no les hice nada malo mientras estaban vivos.
Aunque, cuando fallecieron… quizás… profané algunos cadáveres.
Veloz como un disparo, un chasquido resonó en el aire, y finalmente, ante la mirada de todo Esenjyar, una de las sogas de sujeción se cortó.
La polea se tensó, quedando únicamente dos sogas afirmadas a ella.
Aria sintió una tensión en su garganta y se petrificó.
—Ja… —Zuhon rompió el silencio con una risa baja y divertida—.
Al fin.
—¡Bien!
¡Bien!
—exclamó la alquimista, alterada—.
Tuve que extraer corazones humanos para elaborar una receta del tomo de Aldamer.
¡Pero eso fue lo único que hice!
Sé que fue deshonesto y no tengo excusas, pero… yo no los maté.
—Suspiró—.
Permítame contarle todo lo que sucedió, por favor.
Juro que nunca quise hacerle daño a nadie.
El gobernador apenas movió un músculo.
—Bien.
Entonces dinos, señorita Rayzen de Koro Pacis.
—Su tono se tornó seco e impaciente—.
¿Cómo fue que se volvió una Dyalquimista?
¿Y qué fue lo que sucedió en Blutmar?
Aria tomó aire, intentando recuperar el aliento.
—A ver, supongo que todo empezó cuando tenía diez años, fue cuando decidí convertirme en alquimista y… —¿Qué?
¡No, no!
—La voz del gobernador explotó con incredulidad, retumbando en la plaza—.
¡Dudo mucho que todo haya empezado a tus malditos diez años!
No hace falta ir tan atrás.
—Oh… está bien —dijo Aria.
Zuhon y Stephir solo se habían visto una vez, pero intercambiaron una mirada de incredulidad como si se conocieran de toda la vida.
El gobernador Doss inclinó la cabeza, entornando los ojos.
—Remítase a lo sucedido en Blutmar.
¿Está bien?
Aria asintió.
—Sí, bien.
Como usted ya dijo, me gradué hace algunos meses y conseguí mi primer contrato oficial de parte del alcalde de Blutmar hace unas semanas.
Solicitaba a una alquimista y yo fui la única que se postuló, así que no fue difícil conseguir el trabajo.
Cuando aceptaron la solicitud tomé el prim… —carraspeó la garganta y se corrigió—.
Quiero decir, el segundo tren hacia Blutmar.
—¿Y qué paso con el primero?
—preguntó Stephyr curiosa.
—Lo perdí.
—Carajo, esto va a ser largo… —espetó Zuhon.
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