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La Dyalquimista - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Veredicto final - Parte 1
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31: Veredicto final – Parte 1 31: Veredicto final – Parte 1 Stephyr desenvainó su arma con rapidez y se lanzó de inmediato contra Zuhon, pero él ni siquiera se molestó en desenfundar la suya.

Con un simple salto ágil, evadió el primer tajo y aterrizó justo sobre el respaldo de la silla a su lado en cuclillas.

—Te falta velocidad, Rakkra… —se burló.

Antes de que ella pudiera lanzar un segundo golpe, Zuhon se inclinó hacia adelante, saltó raudo, usó como punto de apoyo el sombrero de Stephyr para pasar por encima con una elegancia acrobática y terminó de pie a sus espaldas, apoyándose con relajo en el hombro de la chica.

—¿En serio ella te dio problemas, Gaward?

—preguntó con una sonrisa juguetona, dándole un fuerte empujón que la lanzó hacia la baranda.

Stephyr trastabilló y el pie se le resbaló justo en el tramo sin baranda, donde Aria había arrancado el metal.

Su cuerpo entero se volcó hacia el vacío, pero justo en el último instante, la mano de Aria la sujetó.

Stephyr recuperó el equilibrio y se dispuso a contraatacar, aunque Zafron ya había tomado la iniciativa.

Avanzó con un puñetazo directo al rostro de Zuhon; no obstante, el pirata reaccionó primero, giró sobre su eje para esquivar el golpe, impulsó un salto y, en el aire, recogió las rodillas antes de estirar ambas piernas en una patada que impactó de lleno en el pecho.

El golpe lo lanzó contra el muro opuesto con violencia.

El pirata, sin perder el ritmo, cayó al suelo con una sola mano, flexionó el codo y se impulsó de nuevo para aterrizar de pie con una facilidad que fascinaba e irritaba a partes iguales.

—¡Mierda!

—balbuceó Stephyr, agotada.

No lo pensó dos veces y se lanzó otra vez contra él.

Esta vez, con un tajo descendente dirigido directamente a su pecho, pero Zuhon se movió con esa aterradora agilidad que envolvía todo su cuerpo y en el primer segundo atrapó la muñeca de Stephyr con una sola mano, al el siguiente, giró su cuerpo y utilizó su propio impulso contra ella.

—Tú no molestes —susurró él, en su oído, en medio de la maniobra.

Y con un giro fluido, la lanzó con brutalidad hacia el balcón.

Stephyr no tuvo ni un segundo para reaccionar.

Su cuerpo impactó contra Aria y ambas se precipitaron al piso inferior.

En plena caída, Aria trató de acomodar su cuerpo para invocar un hechizo del tomo que las amortiguara, pero la brusquedad del impacto le arrebató toda oportunidad.

Ambas se estrellaron contra una mesa ocupada por tres jugadores de cartas; la madera se partió en diagonal y los hombres se apartaron de inmediato, cuidando sus fichas y alejándose del problema como si nunca hubiesen estado allí.

Entre astillas y vasos rotos, Aria y Stephyr se incorporaron a duras penas, pero sin dar tregua, un golpe seco sacudió los restos de la mesa.

Zuhon aterrizó.

Una pierna descansó en la parte más alta del tablero astillado, la otra en la tabla quebrada, y aun con el cuerpo inclinado mantuvo un equilibrio tan perfecto que ya resultaba antinatural.

Sus ojos, fijos ambas, transmitían más amenaza que cualquier arma que pudiera enfundar.

Aria retrocedió junto a Stephyr, como si la sola presencia del muchacho fuese un filo que avanzaba hacia sus gargantas.

—¿No tienes otro truco bajo la manga?

—murmuró Stephyr, con una mueca de fastidio—.

Porque perdí mi espada.

La alquimista frunció el ceño y escarbó en su memoria, intentando rescatar de los rincones de sus recuerdos algún hechizo que las sacara del apuro.

Recordaba uno del tomo que tenía la fuerza y la magnitud suficiente para hacerlo… pero no el nombre.

—¡Stelian, el tomo!

—gritó con urgencia.

Al mismo tiempo, en la parte de arriba, Zafron se impulsó sobre una butaca, alcanzó la lanza clavada en el techo y la arrancó con una sacudida.

La apuntó directo hacia Gaward, quien avanzaba sin prisa, seguro de cada paso.

El hombre desplegó el arma retráctil de su brazo mecánico y el choque entre ambos estremeció el aire.

En medio del caos, Stelian se revolcaba por el suelo, esquivando pies, escombros y fragmentos de vidrio roto.

Se arrastró bajo la mesa, tanteó hasta encontrar el tomo de Aria y, con el corazón desbocado, emergió entre las sombras.

Sin pensarlo dos veces, corrió hacia las escaleras con el libro bien sujeto contra el pecho.

Gaward notó eso, pero en ese mismo instante, las puertas batientes de la taberna se abrieron de par en par.

Varios soldados de la marina irrumpieron con paso acelerado, luciendo sus hombreras violáceas bajo la luz de las lámparas.

—¡Deténganse todos!

—bramó el capitán de la guardia, con una voz que llenó la sala—.

¡Quedan arrestados!

El cantinero, con la cara encendida de ira, no tardó en señalar hacia el centro del desastre.

Aria, Zuhon y Stephyr.

—¡Ellos!

¡Son ellos!

¡Arréstenlos de inmediato!

Un escalofrío recorrió la espalda de Stelian.

Lo supo al instante: ya no quedaba salida.

Solo existía una opción.

—¡Aria!

—gritó, y arrojó el tomo con todas sus fuerzas.

El libro cruzó el aire en un arco perfecto.

La chica lo atrapó con ambas manos y cayó de rodillas, pasando las páginas con una prisa desesperada.

A su lado, Stephyr blandía la pata de una silla, descargando golpes contra Zuhon, que no hacía más que reír y esquivar con la misma ligereza de un depredador jugando con su presa.

Necesitaba un hechizo.

Uno potente.

Algo capaz de poner fin a aquella locura.

Sus ojos se deslizaron con desesperación sobre los grabados mientras la batalla alrededor escalaba sin freno.

Stephyr resistía contra Zuhon, obligada a esquivar al mismo tiempo los tajos de los soldados recién llegados.

Zafron y Gaward, absortos en su duelo, parecían sordos a los gritos y al estrépito de la guardia.

Pero entonces, finalmente lo encontró.

—Instituto Elemental… Escuela de Fuego… —murmuró, rozando las letras con la yema de los dedos.

Sin detenerse a leer las instrucciones, levantó la palma hacia la taberna y pronunció el nombre que sellaría el destino de todos ese día: —Igmitencendra.

Al siguiente segundo, el aire se precipitó, y todas las llamas de la sala —antorchas, braseros, velas— se expandieron con una violencia descomunal.

El fuego creció hasta desbordar sus confines, rugiendo cuál un bestia liberada.

El calor sofocó en cuestión de segundos y lenguas de llamas crecieron hasta alcanzar los rincones del techo; todo empezó a arder a una velocidad arrasadora.

Los soldados retrocedieron, cegados por la luz incandescente que los obligó a cubrirse el rostro.

—¿Qué smerdak…?

—espetó el pirata, paralizado.

Stephyr alzó el antebrazo para cubrirse la boca, retrocediendo cuando el calor la envolvió como una bofetada.

—¡Carajo!

¿Qué es esto…?

En medio de aquel incendio, Aria se tambaleó y sintió un súbito mareo que la llevó a soltar el tomo.

El pecho subía y bajaba con violencia y el desgaste que sintió tras el último conjuro parecía estar desgarrándole por dentro.

Aun así, intentó mantenerse en pie.

—Hay que irnos… Pero eso no iba a ser sencillo.

Los guardias reaccionaron de inmediato al ver el fuego y desde ambos flancos lanzaron redes de acero trenzado, reforzadas con Imagia, pensadas para inmovilizar a cualquier fugitivo sin darle margen de resistencia.

Zuhon trató de evadir la suya con un salto, pero la malla lo alcanzó en el aire y lo arrastró contra el suelo con un golpe seco.

Stephyr cayó de la misma manera: la trampa la envolvió de pies a cabeza y la hizo tropezar hasta estrellarla contra las tablas, soltando una maldición ahogada.

Aria apenas levantó la mirada cuando un guardia apareció frente a ella con una porra metálica cargada de Imagia de electrochoque.

El chispazo le recorrió el brazo, la estremeció hasta el pecho y la derribó contra el piso.

El libro se deslizó fuera de su alcance, estiró la mano, pero dos soldados se abalanzaron sobre ella y la sujetaron a la fuerza contra el suelo, apretando sus brazos y hombros para inmovilizarla.

El caos se intensificó: humo espeso, gritos, fuego devorando la madera… y en medio de todo, Gaward divisó lo que otros pasaban por alto.

Sus ojos se clavaron en aquel libro con una determinación gélida.

Aprovechando que las miradas de los guardias no estaban puestas en él, descendió por las escaleras, se escabulló sigilosamente entre escombros y humo, fingiendo ser uno del montón, y en un movimiento cauteloso, se hizo con el libro.

Sin mirar atrás, se abrió paso hacia una de las ventanas laterales y saltó al exterior.

—¡Zafron, huye!

—gritó Stephyr con desesperación, forcejeando bajo la red que la mantenía atada.

—¡Tú también!

—vociferó Aria hacia su amigo, cuidando de no pronunciar su nombre.

El grafista entendió al instante.

Se escurrió hacia una de las ventanas altas, trepó con agilidad y se deslizó hacia afuera, siguiendo apenas la sombra de Zafron, que ya se escapaba por el costado del edificio en llamas.

El fuego no se demoró en devorarse toda la fachada de la taberna como una bestia sin control, mientras los guardias resguardaban a los habitantes y se llevaban a los prisioneros, dando así, por concluida, la batalla para la alquimista, el pirata y la ladrona.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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