La Dyalquimista - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 Veredicto final - Parte 2
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32: Veredicto final – Parte 2 32: Veredicto final – Parte 2 Doss dejó que el murmullo de la plaza se diluyera hasta volverse un silencio expectante, mientras sus propios pensamientos se encausaban uno a uno.
Era evidente que aquella no era una jornada cualquiera de juicio, con mendigos o contrabandistas mediocres suplicando clemencia por sus vidas.
No.
Ese día el destino había depositado en sus manos varias piezas singulares, y con ellas la posibilidad de moldear algo mucho más grande que un veredicto: su propio ascenso.
En otros juicios solía divertirse con las contradicciones de los acusados, disfrutaba de ver cómo los relatos se enredaban y cómo una frase mal dicha acababa por condenarles.
Observaba con deleite la desesperación en sus ojos, sabiendo que bastaba de solo un gesto suyo para decidir si una cabeza volaba hacia el mar.
El poder siempre había estado allí, a su disposición, pero hasta entonces solo había sido un espectáculo menor.
Hoy, en cambio, no se trataba de un entretenimiento pasajero.
Hoy podía sentir en cada fibra de su cuerpo la magnitud de la oportunidad.
El tomo número uno de Aldamer, perdido en las brumas de la historia, ahora se presentaba como una meta al alcance de su mano.
Y mejor aún: no sería él quien se ensuciara buscándolo, sino la joven alquimista Rayzen.
Podía ya imaginar los titulares, las propagandas, las crónicas oficiales: «El Gobernador Doss, descubridor del legendario tomo de Aldamer».
Algo tenía claro.
Aria definitivamente no sería una prisionera, sino una pieza crucial para su prestigio.
Podría, quizás, hasta convertirla en un símbolo.
La enlazaría políticamente a su causa, colmándola de privilegios, de lujos concedidos para que su gratitud se transformara en obediencia.
Con ella a su lado, como imagen de triunfo, su voz indudablemente llegaría más allá de Essenjyar.
No se conformaría con seguir siendo gobernador de una ciudad portuaria.
Él aspiraba a un puesto mayor, un asiento en el Consejo Virreinal de Tyria, allí donde giraban los verdaderos engranajes de la realeza.
Desde ese lugar dejaría de ser un mero administrador provincial y se convertiría en un hombre que decidiría sobre territorios enteros, cuyo nombre quedaría grabado para siempre en los anales de la nobleza.
Y por si aquello no fuese suficiente, aún tenía otra carta de triunfo más.
La ejecución del joven Skygger lo enaltecería ante todos: un pirata de apellido infame, heredero de una tripulación que había sembrado terror en decenas de rutas marítimas.
Hacerlo arrodillarse ante la horca sería un golpe certero contra la leyenda de los Skygger, y su propio nombre resonaría como el del gobernador que había puesto fin a esa dinastía de bandidos.
Entre las piezas, todavía quedaba la de Elda Skygger.
La serpiente blanca de los mares, pero sin un barco, ni tripulación, a la deriva, en su propia ciudad; tarde o temprano, era evidente que sería acorralada, y entonces, él pasaría a la historia en un solo día, como el hombre que descubrió la verdad detrás de Blutmar, el hombre que doblegó a la pirata más sanguinaria de los mares y el hombre que trajo a Tyria el nacimiento de una nueva Dyalquimista.
Una ocasión única en la vida, era lo que su mente se repetía.
Y claro que no iba a desaprovecharla.
Se levantó de su asiento con un porte formal, y finalmente, proclamó su sentencia: —Muy bien.
Basándome en lo escuchado.
He llegado a un veredicto final —anunció a viva voz mientras la plaza entera contenía el aliento—.
La alquimista Aria Rayzen, será colocada bajo custodia de la armada de Esenjyar, y prestará su ayuda para recuperar el extraviado tomo de Aldamer.
Mientras que la ciudadana, Stephyr Slayer, será condenada a prisión por robo, disturbios y resistencia ante oficiales de la ley.
Dependiendo de su cooperación en la tarea para encontrar a los demás implicados en el disturbio de la taberna, podría considerarse una reducción leve a su condena —mintió con descaro—.
Y por último, el pirata Zuhon Skygger, será sentenciado a muerte, inmediatamente.
—¡¿Qué?!
¿¡Esto es una puta broma!?
—bramó Zuhon, sacudiéndose indignado—.
¡Solo estoy aquí porque mi barco se hundió!
¡Deberían estar agradecidos de que les dé entretenimiento en su apestosa ciudad!
El gobernador levantó una mano, haciendo que los murmullos en la plaza se detuvieran en seco.
—Silencio, pirata.
El veredicto es inapelable.
La plaza guardó silencio absoluto mientras Zuhon mascullaba insultos entre dientes, pero justo antes de que la situación se agravara más, el guardia de pelo naranja escaso y frente ancha se acercó a prisa desde las escalinatas que daban acceso al lugar del juicio, con una enorme mochila en su poder.
—¡Señor!
—anunció—.
Lamento interrumpir.
No conseguí encontrar el colgante, así que decidí traer la mochila que había sido incautada a la alquimista.
Doss suspiró.
—Bien.
Aria Rayzen, ya que se le ha absuelto de sus cargos y considerando la futura cooperación prestada, le exijo usar su colgante para hallar el paradero del tomo de Aldamer.
¿Puede hacerlo?
Aria respiró profundamente y asintió en silencio, buscó el colgante en la mochila, y lo encontró en el primer bolsillo del frente, metido en una bolsa plástica.
Al parecer el guardia ni se había molestado en buscar.
Se puso de pie y colocó la cadena alrededor de su cuello.
Inmediatamente, el grafo ubicado en su sien izquierda reaccionó con un resplandor sutil y sus ojos adquirieron un matiz azul oscuro profundo.
La multitud observó con expectación absoluta, mientras ella giraba la cabeza hacia un lado y hacia el otro, buscando la estela de luz.
Pero pronto su expresión se volvió confusa, desconcertada… había algo extraño.
Sin decir ninguna palabra, dio un giro completo, buscando hacia atrás, luego hacia delante de nuevo; todas las miradas de Essenjyar la imitaban y se aventuraban a seguir la línea de su mirada, hasta que, finalmente, elevó la vista al cielo y tras unos segundos en silencio total, sus ojos regresaron a la normalidad.
El gobernador se adelantó, incapaz de ocultar su ansiedad.
—¿Y bien?
¿Sabe dónde está el tomo?
¿Se encuentra aquí, en Esenjyar?
—Creo que está… —empezó a decir, pero dudó al siguiente segundo… no tenía ni idea de cómo expresar lo que había visto, así que, simplemente, levantó un dedo—.
¿Arriba?
La multitud alzó sus cabezas al unísono, contemplando el cielo cubierto por nubes espesas y grises.
Susurros intrigados y escépticos se propagaron entre los habitantes congregados.
—¿Arriba?
—anunció Doss arrugando el rostro para echar un vistazo—.
¿Qué clase de broma es esta?
Pero antes de que Aria pudiese responder, un sonido atronador sacudió el aire sobre la plaza, haciendo temblar los adoquines bajo sus pies.
Todos los ojos volvieron a clavarse en el cielo gris, justo a tiempo para presenciar lo inimaginable… De entre las nubes surgió, en caída libre, la silueta inmensa y ensombrecedora… de un navío.
La proa de madera quebró violentamente la neblina, seguida por el casco entero, mástiles erguidos y las velas flameaban al viento, a la vez que un enorme barco se dirigía en picada directa, imparable y amenazante… hacia la plaza.
Los gritos de pánico no se hicieron esperar.
El lugar entero se convirtió en un caos absoluto; los ciudadanos echaron a correr desesperadamente hacia todas direcciones, chocando unos contra otros en su afán por ponerse a salvo.
Aria, paralizada por el asombro, con la mandíbula semiabierta y una mirada estupefacta, contempló el casco de aquel imponente navío que descendía velozmente hacia ellos, cubriendo todo en una sombra que se agigantaba a cada segundo.
—¿Qué caraj…?
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