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La Dyalquimista - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 Contrato de sangre - Parte 1
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33: Contrato de sangre – Parte 1 33: Contrato de sangre – Parte 1 El fuego crepitaba con pereza, mientras el aroma del pescado asado dominaba en el ambiente.

La brisa marina arrastraba consigo el salitre, meciendo la tela raída de las carpas y removiendo la arena alrededor del campamento.

Elda se hallaba sentada en un tronco seco, con una pierna sobre la otra y el sombrero de lado, recibiendo el calor de las llamas sin apartar la vista del trozo de pescado que sostenía entre sus delgados dedos.

A su alrededor, los piratas continuaban con sus quehaceres: algunos recolectaban agua dulce de los barriles que habían arrastrado desde un arroyo cercano, otros revisaban las provisiones y afilaban cuchillas.

El ambiente era distendido, hasta que un alarido quebró la calma.

—¡Elda!

¡Tenemos problemas!

—bramó Gaward mientras emergía entre la maleza, cubierto de cenizas y agitado por el tramo que había hecho desde la ciudad.

Elda apenas alzó la vista, observándolo desde debajo de la visera con una expresión que oscilaba entre el desinterés y la diversión.

Gaward se detuvo a unos pasos de la fogata, tragando saliva con impaciencia.

—Primero… —dijo él, intentando recuperar el aliento—.

No estamos en Grand’Kal.

¡Estamos en Tyria!

Elda mordió otro pedazo de pescado, mascándolo con absoluta calma mientras alzaba una ceja.

—Sí, Borles me lo confirmó hace unas horas.

Parece que mis cálculos sí fallaron.

—Eso no es todo.

Zuhon fue arrestado.

Ella esbozó una risita.

—¿De verdad ese peso-pluma se dejó atrapar?

Ya lo dije, es un inútil.

—No es broma.

Casi me atrapan también.

Me quedé en la ciudad para escuchar algunos rumores y al parecer le harán un juicio mañana.

Elda soltó un suspiro exasperado y sacudió la mano, sin darle importancia.

—Parece que se divirtieron —musitó con socarronería—.

Por si te interesa, yo también estuve un poco ocupada esta mañana.

Movió la cabeza y dirigió la mirada a un grupo de estacas clavadas a unos metros de la fogata.

Gaward siguió la dirección de sus ojos y sintió que el estómago se le retorcía cuando reconoció las cabezas ensartadas en lo alto de los postes.

—¿Rofrel, Hardim y Canoval?

—musitó—.

Entonces sí se amotinaron… ¿Y sus cuerpos?

Elda arqueó una ceja y echó un vistazo fugaz al suelo a su alrededor, encogiéndose de hombros.

—No sé.

Se me olvidó dónde los puse, pero si los encuentras, ¿los tirarías al mar?

—volvió a darle un mordisco al pescado, como si hablara del clima.

Gaward negó con la cabeza y pasó una mano por su rostro, agotado.

—No hay tiempo para eso.

A tu hijo lo van a ejecutar.

Sabes bien la fama que tenemos los piratas en Tyria.

Elda se relamió los dedos y los frotó contra sus pantalones antes de sonreír.

—La fama que nos merecemos, supongo —repuso con un brillo travieso en la mirada—.

Pero no te preocupes.

Ya estuve pensando en algo.

Prepárate porque nos vamos mañana mismo.

—¿Qué?

¿Cómo?

—Déjamelo a mí —contestó con indiferencia, estirándose como si no tuviera la menor prisa—.

En fin… ¿Solo me traes malas noticias o por lo menos has conseguido a alguien útil para la tripulación?

Porque si lo único que hiciste fue perder un hombre, voy a considerar descontar tu próximo pago.

—No, de hecho tengo esto… —Gaward resopló y sacó de su bolso un libro grueso con una encuadernación extrañamente impecable.

Lo arrojó a la arena junto a la fogata—.

No sé qué es, pero parecía valioso.

Elda miró el libro con un gesto aburrido, lo pateó con desgana y lo lanzó directo a las llamas.

—¿Para qué voy a querer yo una smerdak de libro?

De repente, el sonido de pasos rápidos irrumpió en la conversación.

Desde una de las carpas cercanas, una figura con musculatura esbelta, pero bien definida apareció con prisa en cada uno de sus movimientos.

La piel bronceada por el sol resaltaba los rasgos afilados de su rostro, llevaba el cabello lacio, de un tono negro con mechones morados, cayéndole por la espalda, atado con múltiples anillos metálicos.

Su vestimenta, tenía detalles finos y elegantes, cuidadosamente escogidos.

—¡¿Pero qué mierda hacen, par de salvajes?!

—bramó con voz ronca.

Sin perder el tiempo, se lanzó hacia la fogata y sacó el libro del fuego con las manos enguantadas.

La arena se hundió bajo sus botas cuando se incorporó, sacudiendo las cenizas de la cubierta con rapidez.

Elda la observó con una sonrisa lobuna, sin mover un músculo.

—¿Qué pasa, Vin?

¿Quieres pescado?

Ella ni siquiera se molestó en responder.

Pasó los dedos por la superficie del libro, analizando las inscripciones con un brillo peligroso en los ojos.

—Esto… ¿De dónde lo sacaste?

—murmuró anonadada—.

Esto no es un libro cualquiera.

¿Tienen idea de lo que casi queman?

Gaward entrecerró los ojos.

—¿Algo valioso?

Vin lo ignoró.

—Por Dyal… Estamos en presencia de una de las reliquias más importantes de Espheria.

Elda chasqueó la lengua, ahora más interesada.

—A ver, deja de hacerte la interesante y dime qué carajo es.

La alquimista levantó la vista con una expresión de incredulidad y exasperación.

—Es uno de los tomos de Aldamer —declaró, como si aquello debiera de ser obvio.

Elda inclinó la cabeza.

—¿Se puede vender?

Vin se frotó la sien con los dedos, conteniendo el impulso de estrangularla.

—Es uno de los seis libros que contienen los secretos de la Dyalquimia —explicó con una paciencia muy forzada—.

Y sí, podrías venderlo, pero la gente que estaría dispuesta a pagar por él, es el tipo de gente que preferiría matarnos para tomarlo gratis.

Elda soltó una carcajada y se estiró con pereza.

—Interesante.

Vin bufó.

—Este libro es, básicamente, poder.

Elda sonrió con una expresión peligrosamente encantada.

—¡Muy bien!

Ya tienes un juguete nuevo, querida.

Por cierto.

¿Tienes lo que te pedí?

Vin metió la mano en su bolso y arrojó una especie de papiro enrollado a las piernas de Elda.

Gaward, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, no pudo contenerse.

—¿Y bien?

¿Vas a decirme tu plan o tengo que adivinarlo?

Elda torció la cabeza, divertidísima con su impaciencia.

Se hizo con el papiro y se puso de pie con un movimiento perezoso.

Luego, sin previo aviso, se quitó el sombrero y se lo colocó a Gaward, tomando el suyo en el proceso.

Se lo calzó con aire despreocupado.

—Mi plan es… renunciar.

Antes de que Gaward pudiera replicar, Elda subió con un ágil salto al tronco donde había estado sentada y alzó la voz, asegurándose de que todos los piratas en el campamento la escucharan.

—¡Atención, rejunte de inútiles!

¡Quiero dejar en claro una cosa!

¡A partir de ahora… todos ustedes están por su cuenta!

¡Le cedo la capitanía al señor Gaward D’Atlas!

¡Así que… buena suerte!

Y no me busquen.

Voy a estar en la ciudad, emborrachándome un poco.

Un silencio denso se apoderó del campamento.

Los piratas se miraron entre ellos, sin saber si debían reírse o tomarlo en serio.

Algunos abrieron la boca para preguntar algo, pero prefirieron no arriesgarse.

Nadie desafiaba una decisión de Elda a la ligera.

Con un elegante salto, Elda bajó del tronco, caminó junto a Gaward y se inclinó levemente, susurrando solo para él.

—Capitán, volveré pronto.

Como vieja colega pirata solo le daré una pequeña recomendación.

Yo diría que es un buen día para que la tripulación se alimente bien y preparen sus armamentos.

Mañana, el clima podría ser propenso para la pesca… Con una sonrisa, le dio una palmada en el hombro y, sin decir más, se alejó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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