La Dyalquimista - Capítulo 34
- Inicio
- Todas las novelas
- La Dyalquimista
- Capítulo 34 - 34 Contrato de sangre - Parte 2
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
34: Contrato de sangre – Parte 2 34: Contrato de sangre – Parte 2 Un viento frío sacudió la hierba alta que rodeaba el molino aquella noche, haciendo crujir suavemente sus paredes deterioradas.
Zafron llegó jadeando hasta la puerta.
Cerró los ojos un instante y respiró profundo, tratando de controlar el latido acelerado de su corazón.
Había escapado por muy poco, pero Stephyr no había tenido la misma suerte.
Tenía que remediarlo lo antes posible.
Estuvo a punto de empujar la puerta cuando uno de los Laguertos emitió un bufido bajo.
Zafron se detuvo en seco, con los músculos tensos, y se giró lentamente hacia las sombras.
—¡Sal, quien quiera que seas!
—gritó con fiereza.
Los arbustos se sacudieron suavemente y una figura salió con cuidado, con las manos alzadas hacia el cielo.
Zafron reconoció de inmediato la silueta alta y delgada de aquel Grafista.
—Tranquilo, no quiero problemas —dijo Stelian en voz baja, mostrando claramente sus manos vacías—.
Solo te seguí porque no sabía adónde más ir.
—Me importa un carajo lo que quieras.
Por culpa de tu amiga pirómana casi morimos en esa maldita taberna.
Y lo peor… —Su voz se quebró apenas al decirlo—, Stephyr fue capturada y seguramente la condenarán.
¿Tienes idea de lo que significa eso aquí?
Stelian bajó lentamente los brazos.
—Lo entiendo… —dijo con voz firme, tratando de disimular la desesperación que sentía—.
Pero yo también necesito ayuda.
No quiero que lastimen a Aria.
Podemos hacer algo al respecto juntos, los dos tenemos objetivos en común… —¿En común?
—espetó Zafron, furioso—.
¡En común una mierda!
Piérdete y llévate tus problemas contigo.
Justo en ese momento, la puerta del molino se abrió lentamente con un chirrido tenue.
Un par de ojos asomaron, curiosos y cansados, desde el interior del molino.
Se trataba de una niña pequeña que no superaba los diez años, llevaba el cabello rizado y revuelto.
Se frotó un ojo somnoliento y contempló a Zafron con preocupación.
—Ya es muy tarde, Zaf.
Los chicos tienen hambre… —dijo con una voz fina y cansada—.
¿Dónde está Stephyr?
Zafron sintió un nudo cerrarle la garganta.
Bajó la mirada, incapaz de sostener la curiosidad inocente y dolida de esos pequeños ojos.
—Entren, por favor —respondió él con suavidad—.
Steph…
volverá pronto.
Estaré contigo en un minuto.
Sin responder, la niña retrocedió despacio, lanzando miradas tímidas hacia el desconocido que permanecía en la oscuridad frente al molino.
La puerta volvió a cerrarse, y un silencio pesado cayó sobre ambos jóvenes.
Stelian, quien había observado la escena, abrió lentamente su mochila.
Extrajo con delicadeza una pequeña bandeja envuelta en tela, que contenía algo de arroz, pan, queso y frutos secos, sobras del viaje con Aria.
Extendió la bandeja hacia Zafron, intentando ocultar el leve temblor en sus manos.
—Mira, no será mucho —dijo en voz baja, ofreciendo la bandeja—.
Pero si quieres, podemos compartirlo con ellos.
Zafron vaciló un instante, sus ojos destellaron brevemente de desconfianza.
Sin embargo, la fatiga y la culpa le pudieron más.
Lanzó un suspiro profundo, apartando el orgullo de lado.
—Entra —murmuró finalmente, haciendo un gesto cansado con la mano—.
Supongo que ya no importa.
***** El interior del molino no tenía nada de ostentoso: paredes descascaradas, un suelo que crujía en cada paso y algunos habitáculos que hacían las veces de habitaciones.
En el centro había una mesa redonda con platos sucios y restos de la comida que los niños ya se habían devorado.
El más grande de ellos era Gryndor, un chico de cabello negro desordenado como si nunca hubiera visto un peine, estaba inclinado sobre un reloj abierto en pedazos, repartiendo engranajes por el suelo como si fueran monedas de oro.
Le seguía Ravila, con su melena rubia enmarañada hasta el punto de parecer un nido de pájaros, quien hojeaba una revista ilustrada sobre criaturas de Tyria y cómo domesticarlas, murmurando con ojos brillantes cada vez que encontraba un dibujo de garras o colmillos.
Por último estaba Vante, quien no hacía nada productivo: de piel bronceada y pelo rapado al ras, tenía las manos bien apoyadas en la pera mientras no apartaba ni un segundo la vista de Stelian.
El Grafista rompió el silencio con una mueca que dejaba ver su incredulidad: —Entonces… tú y Steph no tienen un barco.
—¿Tú eres tonto, no?
—saltó Vante de inmediato, sin levantar la cabeza de sus manos.
Stelian frunció el rostro, sorprendido, pero Zafron ni siquiera lo miró; se limitó a acomodar su chaqueta con gesto serio antes de responder.
—No, nunca tuvimos un barco.
Y Steph… —hizo una pausa breve—, tampoco es ninguna capitana.
Ella solo intentaba hacer lo mejor para su familia.
—¿Estafar es lo mejor para su familia?
—No tuvimos muchas opciones —contestó Zaf al cabo de unos segundos, hundiendo la mirada en su propio plato—.
Ya nos costaba mantenernos a flote por nuestra cuenta como huérfanos.
Nuestra vida nunca no fue nada fácil.
Si no tienes contactos en Esenjyar, no eres nadie.
Cuesta mucho conseguir un trabajo decente y que pague bien.
Y cuando llegaron ellos… las opciones disminuyeron el triple… —Zafron dudó antes de continuar—.
Te enterarás tarde o temprano, porque en cualquier momento te lo dirá alguno de ellos, así que seré directo.
No son niños normales.
Son segundos hijos.
Stelian se quedó paralizado.
Su rostro se tornó pálido en un instante.
La cuchara se detuvo a medio camino, y sus ojos se clavaron con una mezcla de horror en el rostro de Zafron.
—¿Segundos…?
—Su voz salió en un susurro quebradizo—.
Eso es… —echó un breve vistazo a Vante, quien le sonrió de manera macabra.
Lo siguiente lo susurró:—, ilegal en todo Espheria.
Zafron asintió lentamente, sin apartar la vista del Grafista.
—Ellos ya lo saben de sobra, no necesitas hablar bajo.
Nunca nos interesó ocultarles la verdad de sus destinos.
Stelian sintió cómo se le secaba la boca.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, casi sin querer.
—¿Y es verdad lo que dicen entonces sobre la maldición…?
¿Que si dos hermanos se cruzan…?
—Me volveré un monstruo… —interrumpió Ravila, indiferente, mientras continuaba hojeando más figuras de, irónicamente, monstruos—.
Supongo.
—Pero mientras no nos crucemos con nuestros hermanos, somos inofensivos… —respondió Gryndor, acomodando un engranaje—.
Salvo Vante.
Está loco.
—Tú… —dijo Vante, apuntando con el dedo a Stelian y mostrando una tierna sonrisa—, te vas a morir…
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com