La Dyalquimista - Capítulo 38
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Capítulo 38: Recordarán este día – Parte 1
El océano estaba demasiado tranquilo y apacible esa mañana. El teniente Virion retiró el catalejo de su ojo y parpadeó de forma consecutiva para enfocarse en el barco que vigilaban a la distancia. El Nymria se asentaba en medio del océano, pegado al horizonte. Era un navío pequeño y lo suficientemente resistente para aguantar un oleaje fuerte, pero por supuesto, él sabía que no sería rival alguno para un Therfos del calibre de un Estryzor.
El teniente había dado la orden de mantener las distancias para prevenir la aparición del monstruo. Su mente había trazado ya varios planes de contingencia en caso de una posible traición por parte de Skygger. Sabía perfectamente que no podía bajar la guardia ante una pirata como ella. Conocía los rumores y su fama.
Por si sola había saqueado decenas de barcos mercantes Tyrianos. A veces, los arrasaba por completo, sin dejar resquicio de sobrevivientes ni de mercancías, otras, solo buscaba dejarlos a la deriva por mera diversión.
A diferencia de la mayoría de los capitanes piratas, que aceptaban encargos de las grandes potencias y actuaban como brazos sucios en las guerras entre naciones, Skygger era la oveja negra que se mantenía al margen de todo interés político.
Era bien sabido que la alianza de Synova y Tyria, contrataban a ciertos piratas para hostigar a las flotas de Stratos o Edara, utilizando a los bucaneros como piezas descartables en un tablero demasiado grande. El oro, en sus correctas medidas, eran capaces de comprar hombres, pólvora y destrucción, a cambio de negar públicamente cualquier responsabilidad.
Aquella dinámica había convertido a gran parte de la piratería en un negocio mercenario. Algunos capitanes incluso construyeron reputación gracias a esa doble moral: saqueaban en nombre de la libertad, pero al mismo tiempo servían como perros de guerra bien pagados. Entre piratas se murmuraba que la independencia era un lujo y que, tarde o temprano, todos terminaban vendiendo su bandera al mejor postor.
Todos, menos Elda Skygger.
Ella no reconocía pactos, ni banderas, y mucho menos contratos. Nunca se prestaba a ese juego de favores. Atacaba los navíos que le placía, fueran mercantes, militares o diplomáticos, y lo hacía sin atender a alianzas ni colores.
Esa negativa rotunda a dejarse comprar era lo que la volvía más peligrosa que cualquier otro capitán de su generación. Porque un pirata mercenario podía preverse; pero alguien como Skygger era un riesgo imposible de medir, un rayo que caía donde le daba la gana y que ningún rey, ni almirante, podía reclamar como propio.
Por esa razón, algo en esta pequeña «alianza» le ponía de los nervios. Aunque, al menos, se sentía resguardado por aquel contrato de sangre. El alquimista ya le había dado el visto bueno. Habían repasado todas las cláusulas más veces de las necesarias. Y todo apuntaba a que era él quien tenía el timón de la situación.
¿Pero por qué no se sentía así?
Virion tensó la mandíbula y se volteó apurando el paso hacia su segundo al mando. Su capa ondeó tras él.
—¿Informe de situación? —preguntó a un oficial joven.
El oficial se irguió antes de responder.
—Veintidós minutos sin actividad, señor. El Nymria permanece inmóvil y no hay señal alguna del Estryzor.
Virion exhaló un bufido áspero.
—¿Y el supuesto anzuelo imágico? —giró la cabeza, volviendo su mirada hacia el horizonte. El navío seguía igual que siempre.
El muchacho rebuscó con torpeza en una tablilla de madera, cubierta de garabatos hechos a toda prisa.
—Según el último comunicado, el anzuelo ya fue liberado al agua. Solo están esperando a que cumpla su función y el Therfos aparezca.
Un destello de desdén endureció la mirada del teniente. Tanta espera lo estaba poniendo de los nervios.
—Acérquense al barco. Quiero mantenerla vigilada de cerca. Preparen los cañones, como el Estryzor no aparezca en diez minutos, quiero que estemos preparados para cualquier ataque sorpresa.
El timonel repitió la orden a gritos; la proa viró y el Heraldis obedeció con un crujido prolongado, inclinándose bajo la presión de las velas. El catalejo apareció entre las manos de un guardia y Virion lo tomó con un gesto tajante, ajustando las piezas hasta que la cubierta enemiga entró en foco.
Pero entonces, lo que vio lo dejó completamente petrificado. La cubierta entera estaba vacía. No había ni un solo marinero.
—¿Qué mierda…? —susurró el uniformado, bajando el catalejo.
Y entonces, en ese mismo momento, un temblor grave atravesó el casco del Heraldis; la vibración se coló por las tablas y pareció ascender por las botas. Las aguas alrededor del Nymiria giraron en remolinos súbitos, tragando espuma y arrastrando las aguas, hasta que luego de unos intensos segundos, el Therfos finalmente emergió.
El océano se desgarró para dar paso al monstruo. Escamas negras como la noche y un espinazo cubierto de púas se elevó primero, seguido por un torso inmenso, coronado de unas feroces fauces que se abrieron para dar paso a un rugido descomunal que heló la sangre de todos los marineros presentes.
El teniente Virion, aun con el catalejo en la mano, no pudo evitar que el pulso se le acelerara. El corazón le golpeaba el pecho como si le reclamara salir huyendo del lugar cuanto antes, pero su rostro intentó mantenerse rígido y firme.
En ese mismo instante, mientras cada soldado mantenía la mirada fija en la carnicería que el Estryzor desataba contra el Nymiria, algo comenzó a gestarse bajo la cubierta del Heraldis. Desde los ángulos ciegos del casco, en la zona más baja y olvidada, se lanzaron decenas de ganchos atados a sogas que cortaron el aire antes de clavarse en las barandas. Las cuerdas se tensaron con rapidez, y entonces, de entre el vaivén de aquellas sogas, sombras y siluetas veloces empezaron a emerger, trepando con la rapidez de un enjambre hambriento que está a punto de reclamar lo que ya considera suyo.
El primer soldado apenas llegó a girar la cabeza cuando una hoja curva le abrió el cuello en un corte limpio, y la madera quedó marcada por un chorro oscuro y rojo que se expandió como tinta derramada sobre un pergamino.
Y al siguiente suspiro, el infierno se desató. Uno a uno, decenas de piratas empezaron a atacar a los soldados. Espadas se clavaban a la carne; los gritos salían expulsado de las gargantas y la sangre empezaba a retapizar los tablones de la cubierta.
De pronto, en medio de la carnicería, entre el zumbido de las espadas y el retumbar de las armas, emergió una figura cuya sola presencia imponía respeto en cada una de sus pisadas.
Gaward D’Atlas subió a la cubierta con una mirada endurecida que barría la escena como un juez, jurado y verdugo al mismo tiempo. Llevaba un abrigo pesado, empapado de agua de mar y restos de pólvora, que se le pegaba al torso como una segunda piel curtida por años de ser partícipe de cientos de guerras navales; y la hoja de su brazo mecánico se encontraba completamente desplegada, rozando los tablones del suelo mientras decidía con paciencia cuál sería el próximo organismo en arrancarle el último aire de vida. Su voz sonó ronca y severa a partes iguales:
—Este navío es nuestro. No quiero que ningún uniformado vuelva a ver tierra.
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