La Dyalquimista - Capítulo 39
- Inicio
- Todas las novelas
- La Dyalquimista
- Capítulo 39 - Capítulo 39: Recordarán este día - Parte 2
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 39: Recordarán este día – Parte 2
La jauría pirata obedeció al instante y la furia se desató en plena cubierta: aceros desgarrando gargantas, pistolas detonando a quemarropa y risas histéricas mezcladas con gritos de auxilio fueron la sinfonía que empezó a tocar la balada de aquella batalla campal.
Virion retrocedió ante una embestida, clavó los talones, alzó la hoja y contuvo un envión enemigo, devolviendo el ataque para quitarse de en medio a un sucio pirata que le sacaba dos cabezas de altura. Sintió una severa presión en la frente a causa de los nervios que le nubló la vista. Aun así, no se dejó amedrentar y continuó la batalla.
Su mirada saltó rápidamente a la botavara, aquel palo horizontal que sostenía el borde inferior de la vela mayor y la hacía girar de una banda a la otra. Su mente actuó rápido y vio una brecha de oportunidad para utilizarla para convertirla en un pasillo de resguardo improvisado para juntar sus tropas y concentrar a los piratas en un único punto.
Su voz tronó la primera orden. Ordenó a tres de sus hombres que empujaran el palo hacia su posición. Por desgracia, solo uno de los marineros fue capaz de detenerse a escucharlo e intentó cumplirla, sujetó el borde con ambas manos y arrastró la botavara con fuerza.
La estructura barrió gran parte de la cubierta en un arco devastador, arrastrando a todo soldado que tuvo la mala suerte de interponerse. Sin embargo, algo detuvo a Virion en seco: ninguno de los piratas cayó.
Los vio esquivar la trampa con una naturalidad instintiva; se arrojaban al suelo justo antes del impacto, se impulsaban por los bordes, rodaban y volvían a ponerse en pie, para retomar la batalla sin perder ritmo.
Entonces lo entendió: los piratas no peleaban contra el entorno, lo usaban completamente a su favor. Cada soga, cada mástil, cada barril, cada rincón, se convertía en su tablero de lucha. Para ellos, sortear el caos era de rutina y parte de su oficio de asaltar navíos en movimiento. Los soldados, en cambio, eran torpes y se tropezaban con el vaivén de la madera, acostumbrados al suelo firme de los cuarteles.
La punzada en su frente se hizo mucho más notoria esta vez mientras contemplaba, atónito, como sus probabilidades se reducían a cada maldito segundo que pasaban ahí. Pero entonces, aquella molestia interna pareció esfumarse tan rápidamente como había llegado al ver a una nueva presencia en la cubierta.
En ese pandemonio de sangre, chispazos y espadas, apareció ella. Elda Skygger. Caminaba sin prisa, ni temor, como si el caos a su alrededor estuviese orquestado solo para anunciar su llegada. Cada taconazo de sus botas era calmo y se escuchaban con una contundencia hipnótica, incluso por sobre los chillidos y alaridos de la batalla.
Virion la vio y una oleada de furia lo recorrió.
—¡A ella! ¡A la pirata! —rugió, con una rabia que quebró el aire.
Pero entonces, por un instante, el caos pareció contener la respiración. Ya quedaban pocos soldados en pie; el resto eran cuerpos inertes entre charcos de sangre y cadáveres. Algunos hombres miraron a Virion, luego a Elda, y vacilaron en obedecer.
—¡He dicho que la ataquen! —bramó otra vez, con más fuerza.
Uno de los soldados, temblando, levantó su sable y dio un paso hacia Elda, y un segundo antes de que su hoja pudiera tocarla, ocurrió algo.
Un anillo escarlata surgió alrededor del cuello de Virion, brillante, trazado con inscripciones en Nitaal que parecían estar recién talladas por una navaja. En un segundo, una punzada lo atravesó por dentro: los pulmones se le cerraron, el estómago se le contrajo como si lo exprimieran desde adentro, y cayó de rodillas, ahogándose. Su grito se transformó en un chillido agudo que heló la cubierta al completo.
Finalmente, un torrente descomunal de sangre brotó de su boca.
El silencio fue inmediato. Los piratas y los soldados se miraron entre sí; incluso el mar pareció detener su vaivén. Virion jadeó, se llevó una mano al pecho y trató de recordar cómo se respiraba. Tosió, escupió sangre, y levantó la vista hacia ella con odio y terror mezclados.
Elda lo observaba desde unos pasos de distancia, sonriente, apartó el arma del estático soldado que tenía en frente y se dirigió hacia el Teniente.
—Recuerde, Virion —empezó a decir ella—, mientras el Estryzor siga con vida, nuestro acuerdo continúa vigente. Ninguno de los dos puede atacar al otro. Ni tú… ni tus hombres.
—¿Cómo…? —Virion forzó el aire por la garganta, empapado en sudor—. ¿Por qué a usted… no le pasa nada?
—¿No se ha dado cuenta todavía?
—¿De qué demonios habla? —escupió Virion, intentando ponerse en pie.
—De que ninguno de estos piratas está bajo mi mando —dijo, señalando con un gesto perezoso alrededor.
Virion parpadeó, aturdido.
—¿Qué…?
—Oh, por favor, teniente. —Elda soltó una risa suave, cruzándose de brazos—. ¿De verdad creyó que había traído a mi tripulación para este encuentro? No. Lo que está viendo es la tripulación de Gaward D’Atlas. Yo solo estoy de observadora.
Al teniente se le desencajó el rostro por completo.
—No…
—Si lo quiere más claro todavía: no estoy violando ningún contrato y estos piratas tampoco. —Lo interrumpió ella, disfrutando cada palabra—. ¿No le fascinan los vacíos legales, teniente? —Elda se recargó contra una barandilla—. Porque a mí, me encantan.
*****
Sobre la cubierta, los cadáveres de los soldados de Tyria eran arrastrados por manos curtidas. Algunos aún soltaban estertores húmedos; otros ya habían sido vaciados de vida minutos atrás. Uno a uno, los piratas los arrojaban al océano por una plancha improvisada, dejando que el mar decidiera su destino.
El teniente Virion era el único que seguía respirando. Atado de pies y manos, con el rostro hinchado por los golpes, los labios partidos y la mirada más afilada que nunca, yacía sobre el tablón como un perro rabioso.
A su lado, Gaward se cruzó de brazos y escupió hacia el agua.
—¡Bien! —anunció, alzando su voz por toda la cubierta—. A quienes todavía les late el corazón, tengo dos ofertas para ustedes. Unirse a esta tripulación… o convertirse en desayuno del Estryzor.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com