La Dyalquimista - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Una nueva Dyalquimista - Parte 1
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4: Una nueva Dyalquimista – Parte 1 4: Una nueva Dyalquimista – Parte 1 El traqueteo del tren resonaba con un ritmo constante e hipnótico, mientras se adentraba en tierras cada vez más elevadas.
A diferencia otros asentamientos y ciudades en el continente de Tyria, ubicadas estratégicamente cercanas a las orillas y costas, Blutmar se diferenciaba por ser un poblado apartado, enclavado entre mesetas y praderas interminables, abrazado por una gran cordillera de montañas protegiendo su flanco sur.
Desde la estación, la vista ya resultaba impresionante.
La altura le daba a Blutmar una ventaja visual sobre casi toda la región y desde la ventana Aria podía disfrutar de ver el vasto territorio extendiéndose hasta donde la vista alcanzaba.
Al finalizar el viaje, la alquimista descendió del tren con una enorme mochila repleta de variedades de herramientas, frascos y libros que acomodó a su espalda con un pequeño brinco y empezó la marcha hacia un sendero empedrado, dejando atrás el silbido del tren retornando su ruta hacia las costas.
Sacó su contrato de trabajo y lo revisó una vez más.
Finalmente, tras tantos años dedicados al estudio de la alquimia, hoy sería el día en que iba a ejercer su profesión.
Se hallaba muy emocionada, aunque no podía evitar también sentir una creciente ansiedad y temor mientras se adentraba hacia un extenso sendero colina arriba, rumbo a la ciudad.
Ser residente de Blutmar era algo que requería de… mucha valentía.
Si bien la cordillera y la posición elevada podría brindarle un aspecto de ciudad tranquila, se encontraba peligrosamente próximo al corazón del continente.
Por esa razón, no le extrañaba en lo absoluto que ningún alquimista hubiese declinado este trabajo, ya que era de público conocimiento la plaga de peligrosos monstruos que rondaban por las zonas.
De todas formas, intentó no pensar en ello hasta que llegó al punto de encuentro en la taberna del pueblo.
Al ingresar, fue directamente hacia el tabernero, un hombre de barba corta y mirada astuta, que levantó la vista en cuanto ella se presentó.
—Hola.
Soy la alquimista —dijo ella, y desenganchó de su cintura un medallón circular de metal oscuro y pulido que ocupaba toda su mano.
En su centro había grabado el símbolo de una espiral metálica, cuyo fondo albergaba un núcleo azul profundo e hipnótico, como si dentro de la pieza hubiese una corriente líquida atrapada.
Doce pequeños rombos metálicos en relieve rodeaban el símbolo en un círculo, dispuestos en perfecta simetría, mientras que en el borde exterior, finalizaba con un anillo de inscripciones que el tabernero no supo distinguir, pero dedujo que sería de la vieja lengua de los alquimistas.
El hombre arqueó una ceja, mientras contemplaba en silencio como ella presionaba el borde del medallón, y de la pieza comenzó a desplegarse una varilla segmentada que se extendió hasta alcanzar unos treinta centímetros, revelando, finalmente, el cetro completo que solían emplear los alquimistas.
El núcleo azul, ahora en lo alto, irradiaba un sutil resplandor tenue.
Ella giró el cetro y mostró el reverso: el metal mostraba un grabado fino con su nombre y un número de identificación.
—Y… ¿Qué diantres se supone que estoy viendo?
—preguntó el tabernero, lanzando una de sus cejas arriba.
Aria parpadeó, incrédula.
—Bueno.
Es el cetro identificatorio de los alquimistas.
—Te felicito… aunque con tu nombre me bastaba.
No hacía falta todo el show… —dijo el hombre, esbozando una sonrisa divertida—, jamás vienen alquimistas aquí, pero ahora ya sé cómo identificarlos.
Así que gracias, supongo.
—Ah, está bien.
Soy Aria Rayzen, entonces.
El hombre asintió con un gesto seco y rodeó la barra.
—Perfecto.
Te estaban esperando.
Sígueme.
Ella volvió a replegar la varilla del cetro y guardó el medallón en su cinturón, para seguir al tabernero.
Ambos se encaminaron en dirección a unas escaleras, y mientras ella seguía la sombra del hombre, sus ojos vagaron con curiosidad por el establecimiento, hasta que, por casualidad, se clavaron en una trampilla reforzada de hierro que pudo divisar escondida detrás de unos barriles, debajo de las escaleras… ***** —Espera… —Zuhon interrumpió el relato con una mueca intrigada—.
¿Por qué miraste la trampilla?
¿Qué había ahí?
¿Un tesoro?
Aria chasqueó la lengua y miró de reojo su soga antes de responder.
—Yo… eh… —Apretó los labios y tragó saliva—.
No sabía qué había ahí dentro en ese momento con exactitud, pero tiene que ver con lo que sucedió con Blutmar.
Ya llegaré a eso.
Antes tuve que ayudar con un problema, que creo yo, todos conocemos muy bien.
Se hizo un silencio de ultratumba.
La brisa del mar sopló entre las estructuras de la ciudad, sacudiendo los banderines de los edificios cercanos.
Stephyr endureció el rostro y dijo: —Los Segadores… —Sí —respondió Aria, a secas.
Zuhon silbó bajo.
—¡Genial…!
¿Y qué es eso?
—¡Deja de interrumpir, pirata!
—gruñó uno de los concejales—.
Que la chica continúe.
***** La zona alta de la taberna desembocaba en una habitación separada del resto del establecimiento por una balaustrada de madera tallada, con vista panorámica a toda la taberna.
El ambiente en el aire era dominado por el olor a tabaco, y el particular y embriagante aroma dulzón del Zorog, una de las bebidas más populares del mundo.
Un licor oscuro, de intenso cuerpo y un regusto que refrescaba a la garganta y dejaba, a su vez, un calor agradable en el pecho.
Aria dejó caer su mochila al suelo con un ligero impacto.
Su mirada recorrió a las figuras allí reunidas en la mesa y procedió a presentarse.
—¡Hola!
Lamento la tardanza, soy la alquimista.
Aria Rayzen.
A su servicio.
—Wow.
Qué joven… —abrió la conversación una mujer de piel morena, con la espalda apoyada despreocupadamente en la silla.
—Déjame adivinar… —continuó un hombre fornido, de cabellera corta y oscura, que vestía una armadura de plata—.
¿Tienes diecisiete?
—No puede ser una alquimista si tiene diecisiete, amigo —interrumpió otro hombre que vestía un abrigo largo, de tela gruesa y oscura, con las mangas recogidas hasta los codos.
A ambos lados de su cinto colgaban dos revólveres—.
Si suponemos que empezó la academia a esa edad, debería tener… ¿Veintidós?
—Veintitrés, en realidad —dijo ella apenada.
—Oh… entonces tienes un año de experiencia —continuó la mujer—.
Eso es bueno.
—En realidad, este es mi primer trabajo… me gradué hace poco.
Tuve algunas asignaturas complicadas de sortear… —Oh, okey… —espetó el hombre de la armadura, luego se encogió de hombros y susurró hacia los demás, algo que Aria escuchó con total claridad—.
¿Estamos seguros de que dará la talla?
—Ser alquimista no es igual que tu profesión, Darízoto.
—Esta vez quien habló fue un hombre anciano, muy escuálido, que lideraba la mesa en la esquina opuesta a la de Aria—.
Cualquiera puede blandir una espada, pero para graduarse de alquimista se precisan de muchos años de constante esfuerzo y estudios.
Estoy seguro de que dará la talla y mucho más.
—Sí, claro, perdón… —comentó el hombre de la armadura, tomando un poco de Zorog para ocultar la vergüenza de su rostro—.
No quise ofenderte, chica.
—Me disculpo por eso.
—Continuó el hombre—.
Mi nombre es Percival Blutmar.
Soy el actual alcalde e hijo del fundador de este pequeño poblado.
Ellos son Darízoto… —apuntó con la mirada hacia el hombre de la vistosa armadura plateada, la cual chirrió cuando se irguió de la silla—, líder de la facción de Tajadores de Blutmar.
—Luego, apuntó con la mano hacia la mujer—.
Ella es Amaril, líder de la división de los Imagos.
—Finalmente, terminó con el hombre que portaba los revólveres—.
Y él es Cesio, un pistolero y mercenario que vino a prestarnos su ayuda a pedido de Darízoto.
—Y líder de este grupo —bromeó Cesio.
—¡Ya quisieras!
—rugió Darízoto.
Aria asintió hacia todos con respeto.
—Para empezar, quiero darte las gracias por aceptar el trabajo.
Venimos buscando la ayuda de un alquimista desde hace días, pero fuiste la única en responder.
Así que debo estar seguro de que estés al tanto de la situación.
¿Tienes idea de lo que nos enfrentaremos aquí?
—Imagino que será por los nidos de segadores que se han avistado en el bosque tras las colinas.
—Exactamente… —dijo el alcalde con un hilo de voz teñido de tristeza—.
Escucha, sé bien lo que debes estar pensando.
¿Para qué arriesgarse tanto en fundar un pueblo tan cerca del peligro de las maldiciones?
Pero quiero que sepas que estas colinas nunca fueron un sitio peligroso.
Ataño, esta ciudad fue fundada por mi padre, cuyo propósito era simplemente que su gente viviese en paz y estabilidad.
La cual, a pesar de las maldiciones, lo encontró en estas tierras, entre estas laderas, y se transformó en uno de los pocos poblados tan alejados de las costas.
Él quería predicar con el ejemplo y creó Blutmar con la esperanza de que otros pudieran atreverse a hacer lo mismo.
Para mí, él era un visionario… y yo, como único heredero, no puedo hacer otra cosa más que seguir su legado.
Aria sintió un nudo en el estómago.
Esas palabras la remontaron a su pasado, y aunque quiso decir algo como «Lo entiendo, yo también estoy siguiendo los sueños de mi padre», por alguna razón, quizás pudor… prefirió callárselo.
—Pero… —La voz del alcalde se endureció—, si la amenaza de los Segadores sigue creciendo, lastimosamente, todo esto se perderá y todo por lo que luchó mi padre habrá sido en vano.
Si Aria algo había estudiado hasta el hartazgo en la academia de alquimia, era exactamente sobre lo que el alcalde había mencionado ahora: las maldiciones de Aldamer.
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