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La Dyalquimista - Capítulo 41

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  4. Capítulo 41 - Capítulo 41: Recordarán este día - Parte 4
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Capítulo 41: Recordarán este día – Parte 4

Una ráfaga descendente arremetió en el campanario de repente. Un zarpazo de viento los golpeó y empujó contra ambos con una fuerza brutal.

Stelian perdió el equilibrio y su cuerpo osciló hacia adelante. Los brazos se lanzaron al aire por reflejo, pero no encontraron más que vacío. Las piernas se alzaron del suelo, y el torso giró con una inclinación perfecta y aterradora.

Zafron se lanzó sin pensar.

En un solo movimiento, se deslizó hacia él, cruzó un brazo y le sujetó el cinturón antes de que Stelian se despeñara. El tirón fue seco, pero suficiente como para que los dos resbalaran hacia adentro.

Stelian cayó primero. Su espalda golpeó las baldosas con un golpe hueco. El aire se le escapó del pecho como si alguien lo exprimiera desde dentro. Rodó y su hombro impactó contra una columna de hierro oxidado. El ruido reverberó por la torre con un tono metálico y seco.

Zafron lo siguió, cayendo de lado, con el cuerpo aún tenso por el agarre y el corazón, bombeándole a toda marcha. Ambos quedaron tirados en el suelo del campanario, a salvo por los pelos.

Pero entonces, un nuevo sonido atravesó el aire, denso y vibrante, como si el cielo hubiera decidido manifestar un rugido de ultratumba. Zafron alzó la cabeza de golpe, con el ceño apretado, mientras Stelian, aun sobre el suelo, giró el cuello para mirar hacia arriba, justo en el instante en que las nubes abrían sus fauces para darle paso a un enorme barco que iba en descenso, rasgando el firmamento con estelas de vapor que dejaban una cicatriz grisácea en su paso.

Stelian entreabrió los labios sin emitir sonido, y Zafron, aunque solo por un segundo, perdió ese control de acero que siempre lo acompañaba. Se incorporaron con torpeza, aún entumecidos por la caída y el sobresalto, y se apoyaron contra la pared, para asegurarse de lo que estaban presenciando fuese real.

Y entonces, como si el hecho de que un barco cayendo en picada sobre la ciudad no fuese suficiente, fue cuando se percataron de algo más: una figura que cruzó las inmediaciones.

Descendía desde el cielo, veloz como un relámpago, columpiándose y zigzagueando entre los tejados y murallas; activando los raíles del Trayzer con una destreza innata. A cada movimiento, el dispositivo rugía contra el viento y ganaba cada vez más velocidad. La figura continuó su avance hasta llegar a alcanzar la plataforma de los juzgados, donde el golpe de sus botas, afirmándose al suelo, se escuchó como un martillo de guerra anunciando su llegada.

Zafron ni siquiera tuvo tiempo de pestañear, absorto por completo en lo que sus ojos le mostraban.

—¿Sabes qué? —empezó a decir—. Ese cambio de planes no me suena tan mal ahora.

*****

—¿Qué ca…? —A Aria se le secó la garganta, tosió, con el cuello rígido y la mirada clavada en el cielo—. ¡¿Qué carajo es eso?!

¡Clank!

Un sonido metálico rebotó entre las columnas, los engranajes de un Trayzer se desplegaron con un silbido agudo y vertiginoso, y en medio de un destello opaco, una figura descendió.

Las botas golpearon el suelo con un golpe firme. El polvo que se levantó a su alrededor danzó, abriéndole el paso a una figura que se enderezó con lentitud.

Gaward D’Atlas había llegado.

Se inclinó un poco hacia el costado, acomodando el peso de su cuerpo en una pierna, y dejó que el mecanismo del Trayzer respondiera a su gesto. Las bobinas emitieron un zumbido y devolvió los cables al compartimento con la misma precisión con la que habían salido.

La hoja de su brazo izquierdo se replegó al siguiente segundo, y la línea de sus ojos viajaron desde el rostro de uno de los guardias, y por cada presente en la plataforma, pero cuando al fin se detuvieron, lo hicieron en Aria.

—¡Intruso! —gritó el guardia de pelo naranja escaso, cráneo ancho y frente muy amplia, con su espada en mano. Otro, apostillado cerca de las escaleras, decidió acudir al llamado.

Gaward se movió con un ritmo violento y certero. Desarmó al primero con un golpe seco que le arrancó el sable de las manos. Con el mismo impulso, tomó la soga libre que todavía colgaba en el aire y se la colocó al soldado.

El segundo guardia lo embistió con fuerza, pero el brazo mecánico de Gaward resistió el impacto y devolvió uno con el doble de potencia, arrojándolo contra el poste más cercano.

—¡Chica! —vociferó mientras el sudor le brillaba en la sien—. ¡Di una mentira! Esto funciona solo contigo, ¿o me equivoco?

Aria, con los ojos abiertos al máximo, apenas era capaz de articular palabra. Ni siquiera pensó en responder. Solo retrocedió un paso, consumida por el terror.

Zuhon, al lado, suspiró. Había vuelto del borde de la muerte tantas veces que ya ni se molestaba en fingir emoción.

—¿Cuánto pesas? —le preguntó a Aria.

—¡No pienso decirte eso…!

¡Chas!

La última mentira había sido conjurada y, al activarse el hechizo, la soga comenzó a arder desde dentro con un brillo rojo intenso que trepó por las fibras hasta alcanzar la polea, donde el resorte, liberado con una violencia fulminante, se disparó sin dar margen a la reacción; el cuerpo del soldado permaneció erguido en su sitio, con las piernas todavía firmes sobre el entablado, mientras su cabeza, arrancada de cuajo por la tensión brutal, salió volando en un arco perfecto, girando sobre sí misma entre chorros de sangre, hasta perderse más allá del muelle, devorada por el horizonte marino sin dejar rastro alguno.

—¡Ja! —bufó Zuhon, divertido—. Negar información también aplica.

Gaward , sin perder tiempo, se arrimó al último soldado y le ensartó la hoja el pecho, empujándolo hacia arriba como si fuera un muñeco de trapo, arrancándole un grito ahogado que jamás llegó a completarse. El cuerpo se arqueó en el aire, quedó suspendido durante un eterno segundo, antes de caer de espaldas con toda su inercia.

Gaward lo siguió en la caída y, con un rugido decidido, lo empaló contra el suelo. El crujido de huesos partidos y el golpe seco de carne contra piedra se quedaron pegados en los oídos de Aria y los demás. El cuerpo del soldado tembló, su boca soltó un chorro de sangre, y finalmente, quedó inmóvil.

Gaward giró la muñeca y la retiró del cadáver. La sangre salpicó el empedrado. Sin perder tiempo, tiró de una palanca oculta en su antebrazo y la hoja metálica se replegó con un chirrido, ocultándose de nuevo.

Se giró sin prisa hacia Zuhon, que observaba con los brazos aún atados a la espalda y una ceja arqueada en desaprobación.

—Ya se estaban tardando. Quítame esto.

Gaward respondió con una sonrisa que Zuhon no llegó a ver. Sacó una daga corta del cinturón, dio un solo tajo firme y las cuerdas cayeron al suelo. Zuhon estiró los brazos con una mueca de alivio.

—Bien. Vámonos de una vez —dijo el hombre.

Zuhon asintió y llegó a dar solo dos pasos hacia adelante, hasta que una palma mecánica en alza lo detuvo. La misma se movió y apuntó con un dedo hacia Aria. Ella apenas tuvo tiempo de dar otro paso atrás.

—No, chico. Se lo decía a ella.

El ceño de Zuhon se arrugó con furia.

—¿Qué?

—Te esperaremos en el muelle —replicó Gaward sin mirar atrás.

—¿Y cómo mierda voy a abordar sin un Trayzer?

En un solo movimiento, alzó a Aria del suelo con una facilidad que le tiñó el semblante con el color de la vergüenza. Ella soltó un grito, pataleó, golpeó su espalda con los puños cerrados, pero él no se inmutó, y la acomodó como si cargara un saco de harina.

—¡No, espera, espera! —Aria forcejeó y se sacudió—. ¿Qué estás haciendo? ¡Bájam…! —pero perdió el aire, cuando Gaward cargó encima de ella también su enorme mochila de alquimista.

—Tienes cinco minutos, niño. O zarpamos sin ti.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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