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La Dyalquimista - Capítulo 42

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  4. Capítulo 42 - Capítulo 42: Recordarán este día - Parte 5
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Capítulo 42: Recordarán este día – Parte 5

En ese instante, el cielo se quebró sobre la ciudad y el barco, que momentos antes flotaba con solemnidad entre las nubes, comenzó a inclinarse mientras los mástiles giraban sobre sus ejes, desplegando velas que capturaron el viento con un crujido seco, seguido de un zumbido eléctrico que vibró en el aire.

El casco, imponente como una montaña suspendida, descendió con decisión, bajando la proa hasta alinearla con la plaza, y acto seguido, la silueta colosal del navío se lanzó hacia abajo con una fuerza que sacudió el suelo, volando a ras de los techos, haciendo estallar los cristales de las ventanas, arrancando toldos, desgarrando carpas y generando una ráfaga tan brutal que obligó a todos los presentes a cubrirse el rostro con los brazos mientras el vendaval arrastraba polvo, gritos y banderas por igual, empujando a la ciudad hacia el caos.

Las gaviotas huyeron como una bandada desesperada, los niños gritaban desde los balcones y los adultos se agachaban sin entender lo que sucedía, mientras el rugido del navío dominaba la plaza con la fuerza de un trueno que no terminaba de estallar, y en medio de esa presión, Gaward mantuvo el equilibrio, plantó los pies con firmeza, alzó el brazo derecho y activó el Raíl.

El gancho se disparó como una serpiente de acero, anclándose al borde del casco con un golpe seco que rebotó en las inmediaciones; el cable se tensó al instante, y Gaward, sin más aviso que un leve ajuste de piernas, se impulsó con una potencia feroz, desapareciendo del suelo en un solo movimiento mientras el mecanismo del Trayzer lo catapultaba hacia el cielo con un zumbido ascendente, arrastrando consigo a Aria, que maldecía entre dientes con los brazos aferrados a sus hombros, envuelta en la turbulencia del ascenso.

En menos de tres segundos, ambos atravesaron la ráfaga y desaparecieron tras la sombra del navío que dominaba el cielo, dejando atrás un torbellino de hojas, polvo y guardias desorientados, y mientras las nubes empezaban a cerrarse detrás de ellos, Zuhon alzó la vista con el cabello enmarañado por el viento, frunció el ceño, y soltó un solo sonido entre los dientes, teñido de resignación.

—Smerdak…

El grito del gobernador rompió el aire como un disparo.

—¡Mátenlos! ¡Ahora! ¡Y tráiganme a la Dyalquimista!

Las órdenes no dieron lugar a dudas. Los soldados se reorganizaron de inmediato, y un grupo comenzó a subir los peldaños de mármol que conducían al estrado con sables desenvainados y escudos al frente.

Stephyr, aún atada y con la soga ajustada en su cuello, giró la cabeza a duras penas.

—¡Hey! ¡Libérame, maldita sea!

Zuhon arqueó una ceja con esa expresión burlona que parecía estar tallada en su rostro. Caminó con calma hasta ella, y colocó ambas manos a los costados de su cuello. Sus dedos jugaron un segundo con la cuerda, como si saboreara el momento.

—¿Cuánto pesas?

—¿¡Me estás jodi…?! —gruñó ella—. Sesenta y nueve. Te juro que te voy a matar…

—¡Sesenta y nueve! —repitió, partiéndose de la risa—. Ey… ¿Es eso algún tipo de propuesta?

Sin dejar que la vena en la frente de Stephyr se hiciera más grande, Zuhon tiró de la cuerda, liberándola del nudo que la sujetaba, justo cuando el primer guardia asomaba por el borde de la escalinata, jadeando por el ascenso.

Zuhon giró de inmediato, entrecerró los ojos por el reflejo cortante del sol sobre las lanzas, y masculló un insulto entre dientes mientras buscaba un punto débil en la formación que comenzaba a desplegarse ante ellos, pero no hizo falta que actuara.

Un zumbido sordo, profundo, surgió desde abajo, y en cuestión de segundos, fue seguido por el impacto brutal de una cola que barrió a los primeros soldados con violencia. Los cuerpos salieron volando en diferentes direcciones, algunos chocaron contra las paredes laterales de la escalinata y quedaron desparramados como costales vacíos, otros rebotaron contra los escalones, soltando armas, gritos y maldiciones en el descenso.

Dos siluetas enormes, cubiertas por escamas brillantes y músculos firmes, emergieron desde la base de la escalinata con un paso firme, arrastrando garras contra los bordes y empujando a los rezagados con un simple movimiento de cuerpo; los Laguertos habían llegado, con la mandíbula baja y los ojos fijos en la pendiente como si se tratara de un territorio ya conquistado.

Montados sobre ellos se encontraban Zafron y Stelian, listos para abrir el camino.

—¡Steph! —gritó Zafron—. ¡Sube, rápido! ¡Hay que salir de aquí!

—Esperen… ¿Y Aria dónde está? —preguntó Stelian, sin verla por ningún lado.

—A ella se la llevaron… —comentó Stephyr.

—Ey, ey, ey… esperen un segundo —Zuhon alzó una mano, un poco ofendido de ser ignorado—. Si mis cuentas no fallan, esa cosa verde y escamosa parece tener espacio para uno más, ¿no?

Stephyr se giró con la mandíbula tensa.

—Estás completamente chiflado si crees que te vamos a ayudar…

Zuhon levantó ambas manos con expresión apaciguadora.

—Ok, ok. Sé que empezamos con el pie izquierdo, pero si lo piensan bien… no tienen a dónde huir. La ciudad va a cerrarse por completo en cuestión de minutos. Si intentan escapar por tierra, los van a atrapar los Imagos en los portones. Su mejor opción… —señaló con el pulgar hacia el muelle—, es que vayamos a mi barco.

—¿El mismo barco que te dejó tirado? —preguntó Stephyr, escéptica, sin molestarse siquiera en ocultar su incredulidad.

—Nuestra relación es… especial —respondió el pirata con una sonrisa ladeada—. Pero les aseguro que nos dejarán pasar a todos. Incluso a tus lagartijas mutantes. Es la mejor opción. Además, si lo hacen, prometo que no le diré a nadie tu peso.

—¡Pero eres imbécil…! ¡Carajo! —resopló ella, apretando el puente de la nariz con dos dedos—. ¡Bien! Vamos a ir al puto barco. ¡Zafron, tú y yo dirigiremos!

—Entendido —dijo Zafron, cediéndole el Laguerto a Steph, mientras él se montaba en otro. Stelian dio saltitos torpes hacia atrás, soltando quejidos entre dientes mientras intentaba no caerse del animal.

Zafron se impulsó con una mano sobre el lomo y se ubicó justo delante de él.

—¿Listos?

—Esperen. ¿Qué haremos con Aria? —volvió a preguntar Stelian, preocupado.

—Relájate, colega —comentó el pirata, subiendo detrás de él—. Tu chica está en el barco que vamos. Lo más probable es que esté bien.

—¿Y lo menos probable? —preguntó Stelian.

—Es que esté muerta…

—¡Cállate y sube! —bramó la ladrona.

Zuhon se acomodó con soltura tras Stephyr, echando un brazo sobre su hombro como si estuviera por disfrutar un paseo por la tarde. Steph la ignoró por completo. Su mandíbula estaba apretada y su cuerpo tenso como un arco.

En ese momento, el sonido de botas en ascenso volvió a sonar en dirección a las escaleras.

Los soldados reaparecieron, jadeando, con las lenguas fuera y los sables arrastrando por los escalones. Uno de ellos tropezó con otro cuerpo y cayó, rodando escaleras abajo con un gruñido sordo, mientras el resto, sin reparar en él, continuaron su ascenso.

Zuhon les lanzó una última mirada desde lo alto. Alzó una ceja, sacó el pecho, y gritó:

—¡Recordarán este día… como el día en que casi atraparo…!

El codazo llegó como un disparo.

—¡Cierra el pico! —gruñó Stephyr, sin apartar la vista del abismo que los esperaba. Zuhon se tambaleó hacia un costado, con una mano en la nariz. Stephyr entrecerró los ojos, evocando una concentración absoluta, y finalmente, azotó las riendas—. ¡Vamos!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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