La Dyalquimista - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - Capítulo 43: El alma del Albatroz - Parte 1
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Capítulo 43: El alma del Albatroz – Parte 1
Los Laguertos saltaron al vacío, extendiendo las patas delanteras en el aire. Al tocar el suelo, sus escamas tornasoladas destellaron a la luz de sol de la tarde que se escurría por las nubes. La multitud en la calle se replegó de inmediato, empujándose sin orden, tropezando entre los puestos y carretas volcadas, mientras los gritos se mezclaban con el rugido grave de las bestias y el crujir de sus pezuñas contra el suelo.
Los soldados Tyrianos reaccionaron con rapidez, abriéndose paso entre el caos y avanzando desde tres flancos al mismo tiempo, con los sables en alto y las insignias temblando sobre los uniformes tensos; uno de ellos, con la armadura más oscura, alzó un arco imágico, cargó energía y liberó una flecha que cruzó la plaza a una velocidad descomunal, dejando tras de sí una estela azul brillante que chispeaba en el aire.
Zafron tiró con fuerza de las riendas, haciendo girar el cuello de su Laguerto; el animal se impulsó hacia un muro lateral y lo escaló con las garras abiertas, marcando el recorrido con sus zarpazos. La flecha impactó contra los adoquines y estalló en una explosión gélida que cubrió la zona con fragmentos de hielo afilados.
—¡No los pierdan! —vociferó el comandante de los guardias—. ¡Fuego controlado, cuidado con los civiles!
Stephyr condujo al Laguerto a una vertiginosa velocidad que hacía vibrar los adoquines, esquivando transeúntes que se apartaban entre gritos y atravesando un arco de piedra que unía los extremos de la avenida principal; el animal rugía con fuerza al avanzar, sus garras marcaban surcos en el suelo, y el aire caliente que exhalaba golpeaba los rostros de los habitantes como una bofetada.
Zuhon se aferró a la cintura de la ladrona con ambas manos, inclinándose hacia adelante para no salir despedido, mientras su voz se perdía entre el estruendo de la persecución.
—¡Podrías ser un poco más cuidadosa! —gritó, con el ceño apretado y la respiración entrecortada.
—¡Cállate o te arrojo directo a ellos! —replicó Steph con ferocidad, agachándose para esquivar una cuerda llena de banderines que atravesaba la calle.
Detrás de ellos, Zafron seguía los pasos de su colega como una sombra. Los movimientos de su animal eran más toscos; chocando con todo aquello que se cruzaba con su camino, pero sin amainar la velocidad en ningún segundo.
Stelian iba detrás, haciendo un esfuerzo sobrehumano para contener dos fuertes impulsos que crecían en su interior: gritar como un demente, sin llegar a vomitar, o lanzarse al suelo y entregarse por voluntad propia a las celdas Tyrianas.
Desde su posición, Steph pudo notar como el barco atravesaba los cielos como un Therfos volador. Sus velas se agitaron al descender y cuando la nave golpeó la superficie marina, una ola colosal se levantó, desplazándose con furia hacia el puerto.
Los Laguertos se detuvieron abruptamente, resbalando sus garras sobre el adoquinado. Justo ante ellos, un grupo de guardias Imagos se congregó, sus Grafos se encendieron, y en una perfecta sincronía, una descomunal muralla de tierra brotó desde las entrañas de la calle, elevándose con violencia hasta cubrir todo el paso hacia el muelle. Las piedras se fracturaron, la tierra crujió, y el rugido del muro sepultó al de los Laguertos.
Stephyr tiró de las riendas, mientras el polvo les envolvía la visión. Los guardias no tardaron en avanzar en formación, listos para cerrar el cerco, y en ese momento, para la ladrona, la situación se volvió clara: si seguían juntos, los acorralarían en segundos. Zafron y ella eran demasiado visibles y predecibles en grupo.
Su mente le trajo un fugaz destello de cuando Vante, Ravila y Gryndor correteaban alrededor del viejo molino, lanzándose toda la fruta que había recolectado los unos a otros, mientras ella trataba de atraparlos. Tras varios intentos, solo había logrado sujetar a Gryndor, el más lento, solo para ver a los otros dos perderse entre los matorrales del bosque, burlándose a carcajadas desde la distancia.
Aquella vez lo entendió: la clave estaba en separarse.
Había que cambiar la dinámica y dividir la atención del enemigo, dispersar el foco y forzarles a cometer errores por exceso de objetivos. Con espacio libre, cada uno podría moverse como quisiera, sin depender del ritmo del otro. Una sola unidad grande se volvía un blanco, pero dos pequeñas… se volvían una jodida molestia.
—¡Zaf! —masculló Stephyr—. ¡Tenemos que separarnos!
—¡Muy bien! ¡Te veré en el muelle! —gritó él, cambiando la dirección.
Ambos jalaron las riendas en direcciones opuestas. Los Laguertos se impulsaron hacia los callejones laterales, esquivando lanzas, flechas y redes de contención.
Zafron dirigió al Laguerto por un camino lateral, rumbo a un barrio donde decenas de tiendas se agrupaban formando un laberinto de callejones estrechos. El animal irrumpió como un relámpago, destrozando escaparates y atravesando puestos sin la menor de las compasiones. Detrás de ellos, la calle entera se transformó en un caos de colores, telas rotas flotando en el aire, frutas despedidas por doquier y mercaderes indignados gritando desde los escombros.
—¡Perdón! ¡Lo siento! —gritó Zafron mientras giraba bruscamente las riendas hacia un costado, embistiendo una tienda de cerámica.
—¡¡ZAF!! —gritó Stelian, en un breve lapso de valentía que le llevó a abrir un ojo—. ¡¿No había un camino MENOS PELIGROSO?!
Stephyr, por otro lado, condujo a su montura, desviándose a la zona más edificada de la ciudad; viró hacia uno de los callejones más angostos que encontró y encaró hacia el final, donde un muro de ladrillos se levantaba para bloquearle. Con la ruta ya establecida en su cabeza, y sin dudarlo un segundo, tiró de las riendas hacia arriba, y el Laguerto comenzó a saltar con agilidad de un muro a otro, ascendiendo en zigzag hasta llegar al tejado.
Desde lo alto, Steph contempló brevemente el caos en la ciudad: En las calles principales, grupos de soldados Tyrianos se desplegaban en formación, moviéndose con rapidez. Más allá, el barco giraba lentamente en dirección a mar abierto y expandían las velas de navegación.
—Hay que apurarse… —bramó Zuhon con seriedad.
Steph barrió la zona comercial con la mirada y distinguió el movimiento rápido de un Laguerto deslizándose entre los puestos destruidos. Reconoció el color de las escamas antes que la figura del jinete: Zafron trazaba su ruta sin vacilar, arrollando cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino. Su bestia giraba, empujaba, y avanzaba directo hacia el extremo norte, donde los muelles se unían con el paso del puerto.
Apretó las riendas, dejando que el viento despeinara los cobrizos mechones sueltos que escapaban de su coleta. Inspiró hondo, midió la distancia entre los tejados y el siguiente salto, y trazó el único camino posible para llegar al puerto sin tocar el suelo.
No podía dudar. Cada segundo en ese infierno contaba, y si Zafron ya estaba en movimiento, ella no pensaba quedarse atrás.
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