La Dyalquimista - Capítulo 44
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- Capítulo 44 - Capítulo 44: El alma del Albatroz - Parte 2
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Capítulo 44: El alma del Albatroz – Parte 2
El rugido del viento le golpeó el rostro cuando Stephyr dio la orden con un golpeteo de sus botas y un tirón seco de las riendas. El Laguerto respondió al instante y saltó al siguiente tejado. Cada impulso que daba parecía una detonación y cada caída resultaba en un temblor que sacudía los hogares.
Mientras avanzaban sin tregua, Stephyr se agachó sobre el cuello del animal, tensó el cuerpo y concentró la mirada en la torre que se alzaba frente a ellos.
El Laguerto corrió a toda velocidad, saltó haciendo virar de lado, corrió por la pared lateral con las pezuñas enganchadas entre los huecos del ladrillo y se impulsó con todo el peso de su cuerpo hacia el vacío.
El salto fue brutal. Por un segundo, no hubo sonido, tan solo el zumbido del aire y el rugido ahogado del esfuerzo del animal. Al siguiente instante, cayeron sobre el siguiente tejado y las tejas estallaron bajo el impacto, arrojando fragmentos en todas direcciones.
Stephyr tiró de las riendas, el animal resbaló medio metro, y cuando se estabilizó, se arrimó al borde para descender finalmente hacia la calle.
Ambos Laguertos se reunieron en un solo movimiento sincronizado, justo a los pies del extenso muelle que conducía al mar. La madera crujió bajo las pisadas veloces de las criaturas mientras soldados gritaban detrás de ellos, lanzando desesperados sus últimos ataques.
—¡Más rápido, vamos! —urgió Steph, apretando los talones con más fuerza.
Ambas criaturas incrementaron el ritmo, galopando a toda velocidad por el muelle. Al final del embarcadero, el barco esperaba con la proa apuntando hacia el horizonte y las velas hinchándose lentamente por el viento. Los piratas estaban esperando mientras algunos de ellos agitaban los brazos, indicándoles que saltaran rápido.
—¡Ya! —rugió Steph, mientras ambos Laguertos tomaban impulso al borde del muelle, extendiendo sus patas delanteras para cruzar la distancia entre ellos y el casco del barco.
Un instante de silencio se extendió mientras los animales volaban por el aire, suspendidos sobre el vacío azul, hasta que, por fin, aterrizaron sobre la cubierta, deslizándose sobre las pezuñas hasta detenerse en seco.
Stephyr jadeaba, con la adrenalina vibrando en cada rincón de su cuerpo. Zafron bajó de su montura y ofreció una mano temblorosa a Stelian, quien apenas se mantenía consciente.
En ese mismo momento, Aria corrió entre los marineros que gritaban órdenes, esquivando cuerdas tensadas y charcos de agua salada, hasta que encontró a Stelian junto al mástil principal. Sus ojos se abrieron al verlo, y sin contenerse, se lanzó hacia él como un torbellino.
—¡Gracias a Dyal que estás aquí! —exclamó, mientras se le colgaba del cuello con un abrazo apretado—. ¡Nos tenemos que ir ya! No sabes lo horrible que fue eso. De repente vino un hombre, me secuestró y me trajo aquí. ¡Me arrojó como si fuera una bolsa de papas! Intenté luchar, pero no pude hacer nada, el barco se agitó en el aire, y me caí, y rodé por todo el suelo. ¡Pensé que íbamos a chocar contra la ciudad! Pero por suerte caímos en el mar… pero cuando quise bajarme no me dejaron. Y como tenían armas, no me opuse… ¡Vámonos!
Stelian apenas tuvo tiempo de asentir antes de que Aria se le apartara.
—¡Aria! —respondió él, aun jadeando—. ¡Me alegra verte, pero no podemos marcharnos! Toda la guardia de Tyria me está persiguiendo.
—¿Qué? ¿Pero, por qué? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
—Intenté liberarte… y terminé liberando a dos delincuentes. Así que… —Stelian soltó un suspiro tenso, llevando su mirada hacia la ciudad—. Dudo mucho que volver sea una opción.
Aria parpadeó, y sus facciones se relajó en una mezcla de sorpresa y ternura.
—¿En serio fuiste a liberarme? ¡Pero si me sacaron la soga! Yo no tengo ninguna causa. Podemos volver, explicarles la situación. ¡Ellos son los buenos…!
No terminó la frase.
Una flecha imágica silbó por el aire y pasó zumbando junto a su mejilla. El sonido seco del impacto al clavarse en el mástil ahogó por completo sus palabras. Aria se congeló casi tanto como las esquirlas de hielo que nacieron del virote y su boca se quedó entreabierta.
Stelian tragó saliva, sin apartar la vista de los acantilados lejanos, donde se asomaban decenas de siluetas de soldados.
—Creo que ese término es relativo… —susurró.
De repente, el grito de la capitana Skygger cortó el aire como un trueno rasgando un cielo, ya de por, sí cargado de tensión.
—¡Atentos todos! ¡A trabajar, señoritas! ¡Nos vamos de aquí!
El crujido de las poleas, el batir de las velas encajando en el viento, y las órdenes entrechocando a gritos con el aullido del mar, se desparramaron por la totalidad de la cubierta. Elda avanzó con paso firme, cruzando como un proyectil teledirigido hacia donde se encontraban su hijo y los demás.
—Excelente, Zuhon. Veo que trajiste contigo a dos Aheromantes y… —Echó un vistazo a los Laguertos, que lamían el suelo con sus lenguas bífidas—. ¡Comida! ¡Esa es la proactividad que me gusta ver en esta tripulación!
Entonces giró bruscamente sobre sus talones y apuntó con una mano implacable a Stelian y a Zafron.
—Ustedes dos, prepárense. Los quiero listos para pintar los cielos con la sangre de la armada Tyriana. ¿Está claro?
Ambos se miraron como si acabaran de presenciar su propio funeral, luego, Stelian tragó saliva con un sonido audible y levantó una mano temblorosa.
—Y-y-y-yo… señora… —balbuceó al principio, pero apenas cruzó la mirada con Elda, se encogió como una hoja en pleno vendaval—. ¡Mi capitana! ¡Lo siento! ¡No soy Aheromante! ¡Tan solo soy un Grafista matriculado que intentaba rescatar a mi amiga con este equipo, pero no lo domino y es muy difícil! ¡Lo siento por mi insubordinación!
—Pfff… —Zuhon por poco no se cae al suelo del arrebato de risa que le subió por el pecho.
—Yo… tampoco soy Aheromante, Capitana —agregó Zafron con una mueca de resignación.
La mujer entrecerró los ojos, endureció el semblante y lo siguiente que expulsaron sus labios, lo hizo con una cadencia tan lenta como aterradora.
—Tienen tres segundos para quitarse los trajes y dárselos a alguien que sepa usarlos.
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