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La Dyalquimista - Capítulo 46

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  4. Capítulo 46 - Capítulo 46: El alma del Albatroz - Parte 4
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Capítulo 46: El alma del Albatroz – Parte 4

De repente, desde la neblina baja que flotaba sobre el horizonte costero, surgió una sombra alargada. Al principio, era apenas un contorno casi imperceptible entre el oleaje y el reflejo blanquecino de las nubes, pero con cada segundo, aquella forma fue creciendo. Las velas se desplegaron como alas y el casco se alzó orgulloso.

Gaward tensó la mandíbula y alzó el catalejo. El lente captó con nitidez la bandera de Tyria ondeando en la cúspide del mástil central, acompañada, por dos filas de artillería montada, estratégicamente repartida a lo largo de la borda. Pero lo que hizo que frunciera aún más el ceño fue el movimiento en cubierta: marineros de uniforme azul, corriendo hacia las poleas, preparando las velas especiales.

—Capitana… —gruñó Gaward sin apartar el ojo del catalejo—. Tenemos compañía. Vienen de frente. Están cambiando las velas. Se preparan para una elevación. El cruce será inminente.

La capitana Skygger sonrió, como si hubiera estado esperando justo eso.

—Excelente. ¡Activen el sistema Kelvar! ¡Replieguen las velas náuticas y desplieguen las Aherovelas! ¡Nos queda una sola elevación, así que más les vale no cagarla! ¡Al primer cruce, hundimos ese maldito barco o nos vamos todos al fondo del océano!

La cubierta se transformó en un enjambre de cuerpos en movimiento. Las botas resonaron sobre la madera, las órdenes se mezclaron con el chirrido de poleas. Un grupo tiró con fuerza de las sogas, haciendo que las velas náuticas se replegaran con un crujido. Otro equipo giró las manivelas a los lados de los mástiles, y estos comenzaron a girar sobre su eje. Las poleas rechinaron cuando las nuevas velas se desplegaron al viento.

Aria se quedó inmóvil ante el espectáculo. La tela recién desplegada no era como cualquier otra. Era violeta, vibrante, con vetas talladas que se cruzaban formando un símbolo imágico: una flecha apuntando hacia el cielo, idéntica a la que había visto que Zuhon llevaba en la nuca.

El Grafo era inconfundible para ella, por su popularidad. Era uno que permitía la reducción de casi un ochenta por ciento, del peso total del cuerpo, volviendo al portador tan ligero como veloz.

La alquimista sintió la llama de la curiosidad arderle en el pecho en el preciso instante en que había escuchado mencionar el Sistema Kelvar. Lo había estudiado en la academia Sphyra; ya que era una de las fusiones científico–imágicas más complejas que Espheria había logrado, antes de que la marina se adueñara de su patente.

Siempre le había fascinado el detalle de cómo se activaba un grafo, ya que, para un humano, eso se logra a conciencia, y con un poco de práctica, pero cuando se trataba de objetos inanimados, como un navío, la imagia tenía que valerse de sistemas automatizados para su ejecución.

Se trataba, en esencia, de un sistema de propulsión alquímica, que equilibraba un circuito perfecto entre el fuego, el aire y el peso, para permitir a un navío alcanzar los cielos.

No podía verlo desde la borda, pero sintió el vibrar en sus botas y su mente imaginó el resto. El corazón del sistema era una caldera que ardía, en la mayoría de casos, en el centro interior del barco, custodiada por una cuadrilla de hombres empapados de hollín que alimentaban la misma con leña y carbones de Fharen, un material tan volátil que un trozo mal colocado podía incendiar un muelle entero. Sin exagerar.

Aquella madera tenía una combustión breve, pero devastadora, lo que la convertía en el combustible perfecto para las naves que necesitaban potencia inmediata.

Dentro de la caldera, las llamas envolvían una piedra de combustión, una pieza del tamaño de un cráneo, color grisáceo, con vetas internas anaranjadas, encerrada en un orbe especial, cuyo recubrimiento de cristal estaba grabado con grafos de protección para tolerar las altas temperaturas.

Había muchas piedras de combustión en Espheria, la de su colgante era una de ellas; en este caso, la piedra del navío absorbía la temperatura extrema del Fharen y la convertía en energía Kelvar que podía redirigirse.

Esa energía viajaba a través de una red de tuberías internas que recorrían diversas partes del barco como un sistema circulatorio. Un primer racimo de ellas ascendía hasta los mástiles. Allí, el calor era liberado por pequeñas rendijas metálicas que servían para calentar las Aherovelas, que al alcanzar cierto nivel de temperatura, provocaba la activación del grafo de reducción de peso.

A medida que el calor las abrazaba, el tejido se activó y las velas comenzaron a resplandecer suavemente. De repente, Aria sintió el cambio en el ambiente: el aire alrededor se volvió más ligero, la presión cambió drásticamente y la madera empezó a amainar su crujido con el peso del barco.

Elda tomó el timón y empujó con fuerza una palanca a su lado. La estructura entera del timón se partió en dos, revelando debajo un sistema doble de control: dos nuevas palancas de metal oscuro que emergían desde el suelo, curvadas hacia adelante, como si fueran los cuernos de bestia marina. Elda aferró una en cada mano y entonces sucedió.

Un fuerte temblor sacudió el barco.

El segundo circuito de tuberías internas estaba destinado a desembocar en la parte inferior del casco, conectándose con propulsores de escape, estratégicamente ubicados para ofrecer a toda la estructura el empuje que necesitaba el barco, una vez este, se suspendía en el cielo.

Aria se inclinó sobre la borda, y el mundo pareció detenerse por unos instantes. El agua que lamía el casco comenzó a retirarse en remolinos imperfectos, las olas, se aplanaron de golpe, obedeciendo a una fuerza mayor que les robaba el ritmo.

El sonido era inconfundible: un rugido grave, metálico, que calaba tanto en la madera, como en los huesos. Los propulsores inferiores comenzaron a liberar aire caliente, tan comprimido que se escuchaba crepitar.

Por un instante, el Albatroz no subió, ni bajó; tan solo permaneció vibrando, en una lucha entre dos voluntades: la del mar que lo quería de vuelta y la del cielo que empezaba a reclamarlo.

Aria sintió el cambio en su cuerpo antes que en la vista: una sacudida que le recorrió los tobillos, le subió por las piernas y se alojó en el pecho, como si su propio pulso se hubiera sincronizado con el del barco.

Poco a poco, el agua, debajo, se despegó del casco en una gruesa capa que se desmenuzó en una lluvia de gotas, y fue entonces, cuando la línea de contacto se rompió con un sonido hueco…

Y ahora sí, finalmente, el barco se separó del mar.

Aria contuvo el aliento. Todo parecía moverse con una gravedad serena y peculiar: el mar empezó a alejarse y la ciudad de Esenjyar fue reduciéndose a un retrato en el que solo podía ver el color disparejo de sus tejados. El viento cambió de ritmo a uno más salvaje, pero también, mucho más liberador.

Entonces, los propulsores liberaron el segundo impulso, y el ascenso se sintió en la piel. La nave entera tembló, el mástil vibró, y un torrente de aire caliente barrió la cubierta.

Aria se aferró a la baranda con una mano, con los cabellos arremolinados por la ráfaga. Sintió una inyección de adrenalina en todo su cuerpo, sintió como el vacío se abría bajo sus pies, sintió como el cielo se expandía ante sus ojos, y sin darse cuenta, mientras los marineros festejaban a gritos un ascenso perfecto, una sonrisa involuntaria se dibujó en sus labios.

Frente a ellos, el navío de la marina imitó el movimiento. Las Aherovelas se desplegaron, y en un gesto sincronizado, ambos barcos comenzaron a elevarse por el cielo, destinados a encontrarse entre las nubes.

Uno de los piratas, un joven de piel curtida y rastas blancas trenzadas con alambres y cuencas oxidadas, se lanzó al pie del mástil principal. Subió por la cuerda como si su vida dependiera de ello, con los músculos tensos y los dientes apretados en una sonrisa que se anticipaba lo que se vendría.

Alcanzó la punta y, sin perder un segundo, desató la bandera de Tyria que todavía ondeaba con los vientos del ascenso. La arrancó de cuajo con un movimiento tosco y la tela cayó, perdiéndose entre fuertes las ráfagas de la altura.

Desde su cinturón, extrajo un nuevo estandarte enrollado y lo ató con prisa. Tiró de la soga para tensarlo, y cuando alcanzó la cima del mástil, la tela se desplegó de golpe, capturando el viento con un latigazo feroz.

Una serpiente de ojos vacíos, mandíbula abierta y colmillos exagerados surgió en el aire, pintada a mano con trazos rápidos. Los piratas en cubierta exhalaron un rugido colectivo que retumbó entre los mástiles y se fundió con el bramido del mar.

Quizás era otro barco, quizás no tenía el tamaño, ni el diseño, ni las velas originales. Tal vez sus tablones eran nuevos, o sus cañones prestados…

Pero eso no importaba.

Porque cuando esa bandera negra flameó sobre lo alto de sus cabezas y los colmillos de la serpiente rajaron el viento, la tripulación entera lo supo…

El alma del Albatroz había vuelto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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