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La Dyalquimista - Capítulo 47

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  4. Capítulo 47 - Capítulo 47: ¡Fuego! - Parte 1
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Capítulo 47: ¡Fuego! – Parte 1

Elda Skygger deslizó los dedos sobre el metal brillante del timón dual y notó la diferencia al instante. No había fricción, ni ese chirrido testarudo al que estaba acostumbrada en los mecanismos oxidados del antiguo Albatroz. Aquello era ingeniería Tyriana de primera. Una precisión, equilibrio y sensibilidad tal que le permitía sentir, en la yema de los dedos, hasta el mismo peso del viento sobre las velas. Una maldita locura.

Tiró suavemente de una de las palancas hacia atrás y el barco respondió con docilidad: la proa se inclinó hacia arriba, y un murmullo grave recorrió el casco mientras la nave ascendía en un ángulo perfecto. La madera vibró como un músculo en tensión; las Aherovelas se hincharon con el aire cálido, y el cielo, más cercano a cada segundo, parecía abrirse para recibirlas.

Elda esbozó una pequeña sonrisa de disfrute y quizás un poco de envidia también. De repente, un destello a la distancia llamó su atención. A la distancia, el navío enemigo emergía de la bruma marina y se elevaba con una velocidad insólita, escupiendo una estela violácea pequeña desde sus propulsores.

Ambos cascos se alzaban ahora sobre el mismo firmamento, destinados a encontrarse cara a cara en cualquier momento. Elda mantuvo las manos firmes en el timón, continuando con su ascenso.

Su experiencia le había enseñado que, a diferencia de las batallas navales convencionales, donde el tablero era un plano horizontal y la puntería dependía solo del ángulo y la distancia, en el aire, la cosa cambiaba drásticamente. El combate se desplegaba en tres dimensiones. Los cañones debían calcular distancia, altura, inclinación, potencia del viento… y trayectoria de caída. Por lo que siempre era mejor posicionarse más arriba que el barco enemigo para tener ventaja.

El que lograra posicionarse sobre el rival tenía el control del fuego, pero también, el que se escabullera por debajo podía desaparecer del radar por segundos, los suficientes para invertir el juego.

Por eso, la estrategia más peligrosa y efectiva seguía siendo la más antigua: aproximarse de frente, en línea directa, hasta que ambas proas quedaran a la misma altura. Un duelo de titanes donde el primero que desviara el rumbo, perdía la ventaja… y posiblemente la vida.

Por si no fuese poco, también había otra cuestión a tener en cuenta. El tiempo de acción. A diferencia de los modelos más recientes de la marina, el barco que tenía ahora, solo contaba con dos cargas de elevación antes de agotar el Sistema Kelvar y quedar en mar durante al menos ocho horas, tiempo necesario para que las calderas se enfriaran y pudieran reactivarse.

Ya habían usado el primer ascenso en su aparición en la plaza de Esenjyar, por lo que esta era la última que le quedaba. Mientras que el enemigo contaba con la ventaja de, al menos, dos elevaciones, y en el peor de los casos, tres. Por lo que la ecuación era muy simple. Si quería sobrevivir, tenían que acabar con ese navío en el primer cruce con un abordaje directo.

Para eso, debía valerse de una de las cartas de triunfo más valiosas en lo que respecta a materia de batallas aéreas. Aclaró su garganta y gritó:

—¡Aheromantes en proa de estribor! ¡Ya!

Stephyr tiró de las correas, ajustó el arnés y dejó que el equipo se adaptara a su figura. El equipo de trazado, comúnmente llamado Trayzer en lengua Phyrat, se trataba de un exoesqueleto ligero compuesto por una columna dorsal segmentada que se ajustaba al contorno de la espalda. Las placas —de un tono negro opaco—, se encastraban unas con otras mediante segmentos enlazados, permitiendo que el movimiento fluyera sin perder firmeza.

En la zona de la espalda, y extendiéndose a lo largo de la columna, como una pieza romboidal invertida —más ancha en la parte superior de la espalda y cada vez más estrecha hacia la zona lumbar—; su estructura se dividía en capas metálicas superpuestas que parecían deslizarse entre sí con cada respiración, hasta culminar en una válvula de escape aplanada, escondida con la última placa, donde se ubicaba el propulsor principal.

Steph se aferró a una de sus hombreras, sacudiéndola un poco con la mano para revisar su ajuste. Allí se encontraban los propulsores direccionales, dos unidades compactas con forma de aleta cortada que podían abrirse levemente al activarse.

A diferencia del que tenía en la espalda, eran menos potentes, pero extremadamente útiles para estabilizar el cuerpo en pleno movimiento aéreo. Ya había tenido una mala pasada practicando en los bosques de Esenjyar que no tenía intenciones de repetir. Uno de los propulsores de sus hombros se averió en pleno vuelo y no pudo evadir una rama que se cruzó en su camino, cayendo de forma estrepitosa al suelo y teniendo que pasar tres semanas para recuperarse de las lesiones.

Luego estiró la mano, para contemplar, a lo largo de los brazos, justo en la zona posterior del bíceps, como se acoplaban dos cilindros retráctiles que almacenaban los Raíles —cables de acero trenzado—. Cada cilindro se conectaba directamente con los brazales del antebrazo, donde una red de anclajes guiaba la dirección de los cables y controlaba su salida.

Ubicada en la parte exterior de los brazales, se extendían pequeñas palancas retráctiles que se ajustaban a las manos con un golpe de muñeca preciso, permitiendo liberar o retraer los raíles al instante. Suspiró. Esta era una de las partes más importantes del Trayzer, por lo que tenía que asegurar al máximo su funcionamiento. Dio dos golpes de muñeca: en el primero, la palanca se ajustó a su palma, y al segundo, se escondió tras su puño.

Por último, los raíles inferiores, alojados en cilindros enganchados a las piernas, eran un poco más potentes, acompañados por un sistema de propulsión pequeño cuya función era sostener la caída en el aterrizaje, o bien generar un breve impulso vertical que ayudaba en ciertas ocasiones.

Cuando terminó de ajustar el último enganche del equipo, Borles se acercó con paso corto y nervioso, sosteniendo un sable y una pistola de doble carga. Stephyr arqueó una ceja, observando ambas armas con una mezcla de decepción y resignación. ¿Esto era ir armado hasta los dientes?

Por las dudas, ni protestó.

—Tranquila —dijo Zuhon en un susurro burlón, posicionándose a su lado. Ambos, ya en proa de estribor—. No pasa nada si te mueres. Solo procura que el Trayzer no se dañe.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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