La Dyalquimista - Capítulo 48
- Inicio
- Todas las novelas
- La Dyalquimista
- Capítulo 48 - Capítulo 48: ¡Fuego! - Parte 2
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 48: ¡Fuego! – Parte 2
Un golpe metálico resonó de repente con la fuerza de un martillo, impactando la cabeza de Zuhon con un seco «clank». El muchacho soltó un quejido mientras se frotaba el cráneo. Detrás de él estaba Gaward D’Atlas, con su brazo mecánico aún ligeramente elevado después de darle aquella «suave» palmada.
—Deja de comportarte como un idiota —gruñó Gaward, fijando sus penetrantes ojos en Zuhon—. Lo último que necesitamos es perder otro Aheromante. Así que mantén a la Rakkra con vida. Ellos serán al menos seis, estamos en desventaja.
Stephyr frunció el ceño, girándose hacia Gaward con un gesto preocupado. Ese hombre todavía le daba miedo.
—¿Dos para cada uno entonces?
Una sonrisa casi imperceptible se formó en el rostro de Gaward, oscura pero animada.
—No. Tú solo encárgate de uno, yo iré por tres, y Zuhon los dos restantes. No vueles demasiado alto, ni demasiado bajo, y por lo que más quieras, mientras estés en el navío enemigo, jamás te detengas. Los Aheromantes siempre somos el blanco prioritario en cualquier batalla.
Zuhon se inclinó hacia ella.
—Imagino que entiendes que si caes desde esta altura hasta el mar, estás frita… —dejó escapar una sonrisa que fingía inocencia—, pero sin presiones.
Stephyr apretó la mandíbula, guardándose sus palabras. Aunque luego de meditarlo un segundo, prefirió no guardarse nada ante él.
—Lo sé perfectamente. A diferencia de ti, no soy una idiota.
—¡Qué encantadora confianza, Rakkra!
—¡Silencio, ambos! —ordenó Gaward con severidad. El barco enemigo se acercaba con rapidez, volando unos metros por debajo, y cada segundo ganaba altura, agrandándose a la vista—. Prepárense. Cuando nos alcance, despegamos.
Los tres Aheromantes se alinearon. Sus manos encontraron, al mismo tiempo, unas pequeñas manivelas fijadas en sus hombreras derechas. Tiraron de una soga en un movimiento seco y tajante, activando los motores internos de sus Trayzers. Un rugido metálico surgió desde los propulsores en sus espaldas, soltando pequeñas columnas de humo blanco que se perdieron rápidamente en el viento.
Stephyr sintió la garganta seca de inmediato. Los dedos se le abrían y cerraban con un leve temblor; no sabía si era miedo o pura adrenalina. Zuhon la observó de reojo, con esa sonrisa descarada que siempre aparecía antes de hacer algo estúpido y espectacular.
Se inclinó hacia ella.
—Mira y aprende… —murmuró.
Subió un pie al borde de la borda y el viento le azotó la ropa. Stephyr tragó saliva, y en ese instante reparó en el Grafo en la base de la nuca del pirata. Las líneas del dibujo resplandecieron en un resplandor violáceo.
Zuhon exhaló un silbido breve, flexionó las rodillas, apoyó los dedos contra la madera, y mientras apretaba los dientes en una sonrisa atrevida, echó el cuerpo peligrosamente hacia adelante.
El propulsor dorsal rugió de golpe, lanzando una bocanada de aire caliente, y en menos de un parpadeo, salió despedido hacia el cielo, dejando tras de sí un torbellino de humo. Su silueta se perdió entre los reflejos del sol, dibujando una curva perfecta que cortó el aire con la precisión de una lanza.
Stephyr no se movió, completamente sorprendida por la velocidad de arranque que consiguió con un simple salto. Algo que, sin Imagia, sería imposible de lograr para ella. En ese segundo, su desprecio por él desapareció… solo un poco. Gaward, sin embargo, apretó la mandíbula, irritado.
—Maldito inconsciente… —dijo, sin apartar la vista del cielo.
Zuhon se dejó caer, con el cuerpo extendido y los brazos abiertos, como si abrazara el vacío. El rugido del propulsor se fundió con el silbido del viento. Inhaló profundo; el aire entró como un golpe limpio y gélido que le llenó los pulmones con la pureza del cielo abierto.
El viento le rasgó las mangas, pero no le importó; los ojos se le humedecieron por la presión y aun así se obligó a mantenerlos abiertos. El barco enemigo crecía a cada segundo, su cubierta era un enjambre de soldados corriendo, alzando fusiles y preparando sus cañones.
Zuhon ajustó una de las palancas del brazal; el propulsor de su hombro rugió, giró el cuerpo en diagonal, trazando un arco descendente, dejando que el humo de su estela dibujara una espiral tras de sí. La adrenalina le recorrió el cuerpo con la misma intensidad que el calor del motor en la espalda. Una carcajada de pura satisfacción nació de su garganta.
Esto era, definitivamente, volar.
Al siguiente segundo, se percató de dos figuras que surgieron desde la cubierta enemiga; soldados de Tyria ascendían por los mástiles, impulsados por sus propios Trayzer, escalando a toda velocidad para enfrentarlo.
Zuhon dejó de girar y se preparó para el asalto.
Uno de los soldados se impulsó de inmediato buscando el choque directo con él, pero presa del nerviosismo, cometió el primer error: desenfundó prematuramente su arma en pleno vuelo.
Zuhon sabía que ese movimiento dejaba al rival incapacitado para activar el raíl derecho al tener la mano ocupada, limitando así sus opciones y dejando un flanco completamente expuesto.
Sin precipitarse, esperó paciente a que la distancia entre ambos se redujera, y cuando apenas unos metros los separaban, activó el raíl de su pierna derecha con un ágil movimiento. El cable salió como una descarga, se incrustó en el pectoral rival y tensó al instante.
En un solo impulso, Zuhon apoyó el pie sobre su propio raíl y lo hundió con una fuerza tal que el cable se tensó al límite, arrastrando al soldado hacia él con una violencia que desgarró el aire.
El enemigo giró en el aire, desorientado, buscando estabilidad con los propulsores que escupieron llamas breves y erráticas. Levantó la espada por reflejo, pero Zuhon ya se había desplazado a un costado, valiéndose de su propulsor del hombro. Su cuerpo giró en una voltereta limpia, quedando cabeza abajo frente al adversario, ambos suspendidos en el vacío, uno cayendo, y el otro… cazando.
El movimiento siguiente fue puro instinto. Sin vacilar un segundo, retrajo el raíl con un chasquido seco, liberó la muñeca y desenfundó el sable en el mismo gesto. La hoja silbó en el aire hasta llegar a la carne. El corte fue certero, primero surcó parte del brazo, subió en diagonal, y continuó hasta la garganta, sellando el combate con una estela carmesí que dibujó un arco en el aire, tiñendo los cielos de rojo.
Debajo, el segundo Aheromante alzó la vista justo a tiempo para recibir un chorro caliente de sangre sobre el rostro. Su mirada, atónita, siguió el cadáver de su compañero que descendía como un saco inerte; pero en ese mismo instante, otro cuerpo emergió desde la nada.
Gaward D’Atlas cayó sobre él, y sin darle tiempo de siquiera parpadear, clavó la hoja de su brazo mecánico en el abdomen del soldado. El filo entró como un rayo, deteniéndose solo al rozar la columna. Un crujido seco y el aliento del enemigo se apagó con un quejido mudo. Gaward lo soltó sin mirarlo, dejándolo caer, y descendió pegado a él como si fuera su sombra.
Al llegar a una distancia idónea, disparó uno de los raíles de su brazo. El cable mordió la madera del casco y lo lanzó a ras de cubierta, rozando sogas y mástiles mientras los disparos se desgarraban a su paso, y sin dejar de moverse ni un segundo, disparó el segundo raíl hacia las vergas altas, donde se cruzaban sogas, terminales y travesaños expuestos al viento.
El enganche fue certero, el cable tiró y su cuerpo se arqueó, columpiándose por encima de las cabezas de los soldados como una sombra que barría la cubierta, tomando impulso, soltando un cable y disparando el siguiente hacia otra verga, trazando un recorrido de proa a popa, rozando espadas y describiendo parábolas que obligaban a los artilleros a mirar hacia arriba para seguirlo mientras él convertía todo el navío en su pista de caza.
En ese instante, el hombre detectó a otro de los Aheromantes de Tyria que se impulsó desde la borda, con el propulsor rugiendo a su espalda. Gaward no esperó a que tocara el aire abierto; se lanzó contra él con una fuerza demoledora.
El choque fue brutal y ambos cuerpos salieron despedidos más allá de la borda. Durante la caída, Gaward giró el torso, dejando que la inercia lo arrastrara hacia abajo.
Su brazo mecánico se tensó con un zumbido grave y, sin detenerse, hundió la cuchilla retráctil en la espalda del adversario. El grito del soldado reverberó en el cielo.
Gaward soltó el cadáver, y en mitad de la caída, activó los raíles de ambos brazos, disparándolos a los extremos del navío. Su cuerpo trazó un arco amplio y elegante, surcando el espacio bajo la quilla, para luego elevarse una vez más, impulsado por el propulsor de su espalda.
Los tripulantes de la marina volvieron a centrarse en la sombra ascendiente de Gaward, y mientras él se envolvía en el humo de sus propios propulsores, mientras su cuerpo rotaba, amainando velocidad, y su torso volvía a alinearse con el horizonte, en ese breve segundo en que permaneció suspendido en el aire, detrás de su espalda… flameó la bandera del Albatroz.
Finalmente, los dos navíos colosales que surcaban los cielos se colocaron uno junto al otro… y el silencio duró un segundo.
—¡FUEGO! —rugió Elda desde el timón.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com