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La Dyalquimista - Capítulo 49

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  4. Capítulo 49 - Capítulo 49: ¡Fuego! - Parte 3
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Capítulo 49: ¡Fuego! – Parte 3

La orden estalló junto con el primer cañonazo, y de inmediato, una feroz cadena de detonaciones recorrió la borda del Albatroz, seguida por las descargas del enemigo.

El aire se impregnó de humo y fuego; los proyectiles cruzaron a quemarropa, destrozando parapetos y arrancando tablones enteros. El impacto de las balas hizo temblar las cubiertas, levantando astillas que volaron como cuchillas. Los cañones se recargaron entre gritos y el estruendo volvió a repetirse.

—¡Sogas, vamos! ¡Que no se separen! —gritó un pirata, lanzando un gancho que salió disparado con un silbido y se incrustó en la borda enemiga con un chasquido metálico.

En cuestión de segundos, una lluvia de ganchos siguió el ejemplo, entrelazando ambos navíos en una maraña de acero y cuerda. Los cascos se tensaron al unísono, los tablones crujieron bajo la presión, y un rechinido grave marcó el inicio del abordaje.

Entonces, los piratas saltaron.

Como una marea de animales enfurecidos, cruzaron las sogas y cayeron sobre la cubierta enemiga, desenvainando sables, machetes y dagas curvas. El primer choque fue severo y brutal a partes iguales.

El ambiente entero se llenó de gritos, de sangre, de chispas que saltaban de los choques. Un pirata de mandíbula rota hundió su cuchillo entre las costillas de un soldado que apenas había desenvainado la espada.

—¡Mueran, perros de Tyria! —rugió, salpicado de sangre hasta los dientes, y la tripulación entera respondió con un clamor que hizo temblar los cielos.

El sonido era ensordecedor y la batalla un caos absoluto. Un pirata de brazos desiguales, —uno delgado y otro más musculoso—, giraba en medio del combate, lanzando cortes amplios y desprolijos. Otro, con el rostro cubierto por un pañuelo de cuero rosado que le cubría el rostro, rodó por el suelo para esquivar un espadazo y, al levantarse, hundió su hoja en el tobillo de un soldado, haciéndolo desplomarse entre gritos.

Stelian se desplazaba como podía entre piernas, cuerpos y charcos de sangre. Avanzaba a cuclillas, con los ojos desorbitados, jadeando con cada paso. En un momento, casi se lo lleva por delante un pirata que embestía con un hacha a dos soldados, y al segundo siguiente, cuando creyó estar a salvo en un rincón de la cubierta, un sable cayó a centímetros de su mano. Se arrastró por debajo de una tabla suelta y rodó hacia una esquina, solo para tropezar con un cadáver que aún no se había enfriado.

—¡AHHH!

Mientras tanto, un rugido ensordecedor llegó desde el cielo. Fue un gruñido grave, entre un relincho y un rugido. Zafron apareció montado sobre uno de los Laguertos, quien saltó desde una rampa improvisada entre los barcos.

El peso del animal hizo vibrar la cubierta enemiga cuando aterrizó. Los soldados apenas tuvieron tiempo de levantar la mirada antes de ser embestidos como muñecos de trapo por un feroz coletazo. Uno voló por los aires directo al vacío, y otro fue aplastado contra un mástil con el crujido de sus huesos partiéndose como ramas secas.

A su alrededor, el combate se volvía más desesperado. Los soldados de Tyria intentaban resistir, pero los piratas peleaban con una brutalidad a la que no estaban acostumbrados a lidiar.

Aria retrocedió hasta sentir el mástil presionarle la espalda, pero de repente, un estruendo la lanzó al suelo antes de que pudiera reaccionar. La explosión hizo vibrar la cubierta entera y un chorro de astillas calientes le cayeron en el rostro.

Cayó de lado, sintiendo la brutal falta de aire en los pulmones. Un fuerte pitido le zumbó en los oídos, obstruyendo cualquier otro sonido en el lugar. Todo era movimiento: cuerpos, fuego, sangre, humo, gritos. Un pirata rodó a centímetros de su rostro con el pecho abierto, y otro le pasó por encima sin siquiera mirarla, gritando con el rostro cubierto de sangre.

Intentó ponerse de pie, pero una bota la empujó contra el suelo. Sintió el golpe seco en las costillas y ahogó un grito de dolor. Alzó la vista justo a tiempo para ver un sable chocar a pocos metros.

Retrocedió a gatas, con el corazón desbocado, mientras los disparos estallaban a su alrededor. Se colocó de pie a duras penas, usando un cañón para sostenerse, pero retiró las manos al quemarse con el calor del acero. El aire estaba tan saturado de humo que apenas podía distinguir las figuras: sombras que se mataban entre sí, rugiendo, cayendo, gritando.

Una cuerda tensa se soltó con violencia, pasándole por el hombro como un látigo. Aria perdió el equilibrio de nuevo y rodó por el suelo, golpeando una caja de municiones que le abrió un tajo en la ceja.

Desde el suelo, su vista se desbordó en un torbellino rojizo, empañado por la sangre que se escurría de su frente. El mástil ardía por un costado; los cañones vomitaban fuego sin descanso; y ella, en medio de aquel caos, solo alcanzaba a sostenerse en el temblor de su respiración.

El sonido del combate comenzó a deformarse y todo el mundo pareció empezar a darle vueltas. Cada grito en la cubierta se mezcló en su mente con otros más antiguos, unos gritos que ya no provenían del presente. El olor a madera quemada le trajo de golpe a ese hedor repugnante de la masacre librada en Blutmar.

El miedo le atravesó el pecho como un hierro al rojo y su garganta se cerró. Su mente no paraba de saltar de un infierno al otro, buscando una salida que parecía no existir. Se cubrió la cabeza con los brazos cuando una nueva explosión la envolvió, y su cuerpo respondió con un temblor seco, el mismo que nunca había logrado borrar desde entonces.

Por un segundo, que pareció haberse estirado a horas, realmente creyó que moriría allí, pero entonces, una mano la sujetó del brazo, la desterró de sus pensamientos, y obligándola a ponerse de pie, la devolvió a la realidad.

—Niña. Ven conmigo —ordenó una voz firme.

Ella no opuso resistencia alguna. El solo hecho de que todavía no le habían abierto las tripas de una puñalada fue suficiente para convencerse de seguir a quien fuese que le había arrastrado.

Aria siguió aquella mano sin pensarlo. No veía nada; la sangre y el sudor le quemaban los ojos, y el aire estaba tan cargado que respirar dolía. Se limpió con el antebrazo y continuó a trompicones, hasta que su escolta le hizo descender por una escalerilla empinada hacia la cubierta baja. El ruido se amortiguó, reemplazado por un zumbido grave, proveniente de las entrañas del Albatroz. Un pasillo húmedo los condujo hasta una compuerta metálica.

Su guía la abrió de un golpe, ingresaron, y el aire cambió por completo. En la penumbra rojiza de la sala, su salvadora se mostró por fin. Se trataba de una mujer más alta que ella, con el cabello violáceo recogido hacia atrás. Su piel era morena, curtida, y en sus ojos parecía no haber miedo alguno, solo premura.

—Cierra la puerta —ordenó la mujer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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