La Dyalquimista - Capítulo 50
- Inicio
- Todas las novelas
- La Dyalquimista
- Capítulo 50 - Capítulo 50: ¡Fuego! - Parte 4
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 50: ¡Fuego! – Parte 4
Aria, aún temblorosa, obedeció sin entender del todo quién era aquella mujer. Solo supo que, por primera vez desde que todo había empezado, el ruido de la muerte había quedado afuera, al menos, de momento.
La mujer rebuscó entre una estantería hasta dar con un pequeño estuche cuadrado. Lo abrió revelando en su interior varios discos del tamaño de una moneda gruesa, de un blanco apagado y textura irregular, como si estuviesen hechos de una especie de cera endurecida. Volvió hacia ella.
—Pon esto entre los dientes —le ordenó sin mirarla—. Te va a detener el sangrado.
Aria lo observó un segundo, desconfiada, pero la mujer no parecía tener paciencia para explicaciones. Lo colocó en su boca con cuidado y lo mordió. El disco cedió lo justo para que los dientes se hundieran en la capa blanda exterior, dejando asomar parte del borde fuera de su boca y forzándola a mantenerla semiabierta.
Apenas lo mordió, un sabor amargo le inundó la lengua, algo entre hierro y ceniza. La saliva se le acumuló de inmediato, y al tragarla, un leve calor se encendió en su herida.
Al principio fue un cosquilleo, luego una sensación más profunda, como si bajo la piel algo se contrajera y se soldara por dentro. Sintió cómo el pulso frenético del sangrado se apagaba poco a poco, sustituido por un ardor tenue. Por instinto llevó un dedo hacia la ceja, pero se contuvo: podía jurar que las células se regeneraban bajo su tacto, cerrando el corte desde la raíz.
—Es un disco de Aitsoh. Tiene propiedades cicatrizantes. Tragá la saliva y no hables —añadió la mujer con seriedad. Aria agradeció aquella breve explicación. Nunca había escuchado antes sobre este método de curación—. En unos minutos, la herida va a cerrarse por completo. Asiente si entendiste.
Aria asintió con el disco en la boca y una mirada que mezclaba la confusión y la incertidumbre.
—Dime algo. ¿Tú eres la Dyalquimista? —preguntó la mujer, sin más.
Aria volvió a asentir. En ese momento no servía de nada preguntar cómo o por qué ella sabía aquello, aunque tampoco podía hacerlo de momento. La mujer le devolvió una mirada de labio torcido que ella no supo interpretar. Sus ojos la escanearon de arriba a abajo, pero había un rastro de incertidumbre mientras lo hacía. Como si no creyese del todo la respuesta que le había dado.
La mujer se giró sin decir nada y caminó hacia el fondo de la sala. Aria la siguió con la vista, descubriendo poco a poco el lugar en el que había terminado. Se trataba de un laboratorio estrecho. Había tubos, hornallas, estanterías atiborradas de frascos y una red de tuberías que serpenteaban por el techo, condensando gotas que caían de tanto en tanto sobre el suelo.
La mujer se detuvo frente a una mesa baja, donde descansaba un libro de cubierta gruesa con remates de metal dorado que Aria reconoció al instante. Era el tomo de Aldamer que había perdido. La mujer puso una mano sobre él e intentó abrirlo, pero la tapa no cedió ni un milímetro. Frunció el ceño, apartó la mano, y sin rodeos, dijo:
—Prueba que dices la verdad y ábrelo.
Aria tragó más saliva y se acercó con un poco de timidez hacia el libro. Apoyó los dedos sobre la cubierta, y al menor roce, el libro respondió con un leve pulso. Luego tiró y la tapa cedió, abriéndose con suavidad. La mujer no se movió, pero su mirada se modificó a una de absoluta perplejidad.
Por un segundo, pudo notar algo debajo del guante rasgado de Aria, en el espacio de piel que se veía entre la tela chamuscada de la manga. Unas líneas luminosas se encendieron por un instante al abrir el libro. No había duda alguna. Realmente estaba frente a una Dyalquimista.
—Bien, bien… —Susurró la mujer, meditando las posibilidades con seriedad—. Soy Vincentina Stolgez. Alquimista del Albatroz. Quizás la pregunta sobra, pero, ¿puedo suponer que también eres una alquimista?
Aria asintió brevemente.
—Perfecto. Ahora escúchame bien. ¿Hay algo aquí dentro sobre Therfos marinos?
Los ojos de la chica se desviaron y recorrieron los rincones de sus pensamientos. No había tenido la oportunidad de leer por completo el tomo, pero sí se había paseado por la gran mayoría de los títulos de los hechizos en su interior y ninguno hablaba sobre Therfos marinos. Sacudió su cabeza en una negativa.
Vin suspiró con frustración.
—Entonces tenemos un problema. Escucha con atención. Esta batalla es solo el comienzo. Muy pronto toda la flota de Tyria nos estará respirando en la nuca. La única opción viable que veo es atraer hacia aquí al Estryzor que merodea estas aguas y usarlo como distracción para escapar. —Caminó hacia otra zona de la mesa, donde revolvió unos frascos que tenía cociendo a fuego lento—. Aunque el problema es que no podemos asegurar que el Estryzor no nos atacará también. Y sin elevaciones a disposición, seremos un blanco sencillo. El maldito monstruo es muy veloz en superficie. Lo digo por experiencia. —Se rascó la cabeza con fuerza para obligarse a pensar, revolviendo sus cabellos—. Por desgracia no tengo nada que haga que simplemente nos ignore. Pensé que el maldito tomo de Aldamer podría tener algo que nos ayudara, pero no parece que los dioses estén de nuestro lado.
Aria tragó saliva de nuevo, observando el frasco que Vin hervía sobre la mesa. El líquido azul se agitaba débilmente, reflejando su rostro en la superficie curvada del vidrio. De repente, una idea cruzó su mente. Se quitó el disco por un segundo y dijo:
—Quizás tenga algo…
—¡No te lo quit-! —El grito de Vin se perdió entre el gorgoteo que siguió.
Un chorro fino y brillante brotó de la ceja de Aria con la presión de una fuente, salpicando frascos, pergaminos y hasta la llama del hornillo, que siseó y casi se apaga.
—¡Por Dyal, niña! —exclamó Vin, apartándose de un salto—. ¡Te dije que no te lo sacaras antes de tiempo!
Aria, con el disco de Aitsoh en la mano, soltó un agudo grito de pánico mientras intentaba taparse la herida con los dedos, pero cada vez que lo hacía, el chorro cambiaba de dirección, rociando una hilera de tubos y dejando rastros carmesí sobre las baldosas.
Vin soltó un bufido, tomó un paño arrugado del banco de trabajo y se lo estampó contra la cara con un golpe seco.
—¡Presiona ahí antes de que empapele todo el laboratorio con tu cabeza!
Durante unos segundos, el único sonido fue el de las dos resoplando: Aria respirando con dificultad, Vin mascullando insultos en voz baja mientras buscaba algo más útil que un trapo. Finalmente, halló un trozo de venda adhesiva y la pegó sobre la ceja con un tirón brusco.
—Listo… —dijo, con un tono tan impasible como si hubiese remendado una grieta en la pared—. Ahora te quedará una cicatriz, felicidades.
—Yo, no lo sabía… —balbuceó Aria con los ojos vidriosos, contemplando el disco. Vin se lo arrebató antes de que intentara usarlo otra vez.
—Da igual, genia —agregó, lanzando el disco mordisqueado y baboseado a un tacho—. Querías hablar. Habla.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com