Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La Dyalquimista - Capítulo 54

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. La Dyalquimista
  4. Capítulo 54 - Capítulo 54: Golpe de suerte - Parte 2
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 54: Golpe de suerte – Parte 2

El casco golpeó el océano con una fuerza brutal, y una enorme muralla de agua se alzó alrededor de la nave, elevándose en un arco que relució a contraluz del sol.

Columnas de espuma llovieron hacia los costados, cubriendo el horizonte con una bruma que empapó a la tripulación de agua salada. Las cubiertas retumbaron, las velas se agitaron con violencia y los cañones chirriaron en sus soportes, pero el barco recuperó su compostura con rapidez, y una vez más, a flote en la seguridad de los mares, los piratas actuaron al instante.

Las Aherovelas se replegaron con rapidez, deslizándose sobre sus cuerdas hasta quedar aseguradas con nudos gruesos, ya no las iban a necesitar. Lo siguiente, fue girar las manivelas junto a los mástiles para hacerlos rotar. El sonido de los engranajes se mezcló con la súbita protesta que lanzó el Grafista, mientras él también se desplazaba a pequeños pasos apresurados, intentando seguir el movimiento de la estructura sin perder el pulso de su trazado.

Una vez los mástiles quedaron fijos, los marineros desplegaron dos de las velas náuticas, exceptuando la del mástil en el que el grafista se encontraba trabajando.

Las enormes lonas blancas se inflaron con un suspiro poderoso, eran el doble de grande que las Aherovelas, y su material ligero, pero muy resistente, atrapaba el viento con una mayor eficacia. El Albatroz se estabilizó al siguiente segundo y empezó su avance con lentitud sobre el oleaje.

Elda había realizado el aterrizaje lo más lejos posible de la costa de Esenjyar. Y aunque esperaba que la distancia los protegiera, gracias a la información que había reunido Gaward, era evidente que la armada ya los tenía localizados y solo estaban aguardando el momento para actuar.

En lugar de atacar en pleno cielo, habían apostado por calcular el punto exacto donde el descenso sería inevitable, entre las rutas marítimas que conducían al archipiélago de Sawer y congregar sus flotas para cortarles el escape.

Elda lo entendió en cuanto el viento cambió de dirección y la sutil bruma del horizonte empezó a revelar los contornos oscuros de varios navíos que emergían desde la línea del mar.

La capitana alzó la vista al oír el grito del vigía en lo alto del mástil.

—¡Barcos a la vista, capitana! —anunció un joven pirata de rastas blancas que sostenía el catalejo con ambas manos—. ¡Conté doce!

Con un movimiento veloz, la capitana activó una palanca lateral y los timones duales se retrajeron, ocultándose bajo el suelo, mientras que las dos mitades del timón náutico, que antes se habían separado, se cerraron sobre sí mismas hasta encajar en una única pieza circular, volviendo a su forma original.

—Vin, dispara el anzuelo —ordenó la mujer, sin apartar la vista de la emboscada que les esperaba.

La alquimista corrió de inmediato hacia el cañón de proa. Uno de los piratas le cedió el espacio al verla llegar, ya que sabía que el siguiente disparo no era uno cualquiera. El cañón estaba cargado con un proyectil mucho más ligero que una bala común, y su trayectoria podía desviarse con el mínimo error.

La mujer revisó la alineación del tubo, midió la distancia entre ellos y los barcos en el horizonte, giró la base del cañón unos grados y también encajó una cuña bajo la parte trasera, para estabilizar el peso. El pirata a su lado tomo nota mental. Había visto esa cuña toda su vida junto a los cañones y apenas ahora se enteraba de que era para eso. Aunque no tenía ni idea de para qué servía.

Cuando todo estuvo en su punto exacto, levantó la mano y los flecos azules que colgaban de unos listones que ella usaba de pulsera, se inclinaron levemente hacia el frente. Eso la hizo sonreír. Hacía mucho tiempo que no usaba ese método… y ni hablar de disparar un cañón.

Suspiró.

—Espero no haber perdido el toque.

El disparo sacudió el barco con un estruendo, y del cañón emergió una masa viscosa, envuelta en un trapo empapado que intentaba tener la forma de una esfera, pero apenas podía lograrlo.

La masa empapada silbó sobre las olas, pivotando sin control y trazando un arco irregular por el cielo, hasta que, en mitad del trayecto, simplemente estalló, y de su interior se desgranó una lluvia de trocitos de otras cosas viscosas que, a esa distancia, algunas se veían alargados, otras achatadas, y que continuaron la trayectoria, hasta caer en el mar.

—No llegó al barco, pero se acercó mucho —masculló Vin, con los dientes apretados de la rabia—. Espero que sea suficiente.

—¡Capitana! —El grito provino del vigía—. ¡Un navío se está alineando! ¡Preparan fuego!

Elda suspiró con desgana. Esta era la peor parte de los planes que requerían intervenciones alquímicas… esperar. Y esa era otra cosa que detestaba. Este barco era resistente, ya lo había comprobado en la batalla por aire, y puede que los escudos que le habían arrebatado a los soldados pudiesen ayudar para hacer resistir un par de ráfagas directas más, pero claro, eso sería así en el caso de que solo atacara un único barco.

¿Pero resistir el asedio de doce navíos a la vez?

Eso iba a ser imposible. La única opción que tenían era esperar a que el Estryzor equilibrase la balanza un poco a su favor, porque de lo contrario la condena sería inminente, pero para su desgracia, eso, si es que sucedía, no lo haría pronto.

El primer barco enemigo terminó de acomodarse, encendió las mechas, y al segundo siguiente, un coro de cañones rompió el aire y decenas de esferas negras se elevaron a toda velocidad.

Aria respiró hondo, pero no volvió a exhalar. Su mirada se clavó en el cielo y con la misma tensión que ejercía en su mandíbula, se aferró a la baranda del barco con la mano.

Stephyr, todavía sentada en el suelo, entrecerró los ojos, sin despegar la vista de las trayectorias, intentando calcular el punto de impacto mientras escuchaba claramente, entre el silencio absoluto del barco, el palpitar de su propio corazón.

Y Zuhon, mientras colgaba de un brazo entre las cuerdas, y sostenía una mirada que mezclaba el fastidio y buscaba ocultar los nervios, inclinó la cabeza y simplemente, escupió al mar.

Las balas giraron en el aire, tomaron una curva leve, y se precipitaron al agua a unos diez u once metros del casco, y aunque el alivio y las sonrisas breves recorrieron a la tripulación en un suspiro colectivo, la capitana no se detuvo a perder tiempo y se apresuró a girar el timón para cambiar el rumbo.

Sabía perfectamente que esos disparos no habían sido más que de calibración y que seguro, en este instante, todos los navíos Tyrianos estarían comunicándose entre ellos, ajustando grados, distancias y alturas, para preparar la segunda ronda. Al menos, si el viento los acompañaba, quizás podía alejarse un poco para evitar el impacto.

De pronto, otro nuevo repliegue de disparos se escuchó en el horizonte. Esta vez, los proyectiles pasaron tan cerca que uno de ellos rozó la popa, desgarrando la madera y destrozando uno de los faroles que colgaban detrás. Aria se sobresaltó al sentir el sacudón, el temblor del impacto la hizo trastabillar, y durante unos momentos, se quedó inmóvil, respirando de forma entrecortada, aferrada a la baranda, esta vez con las dos manos.

Solo había sido un roce, pero el crujido de la madera había sido tan potente y seco, que el sonido se le quedó pegado al oído. Sintió de inmediato un asfixiante nudo en el estómago al imaginar lo que sucedería en el siguiente ataque si los proyectiles alcanzaban el navío de lleno y su corazón se aceleró.

Su mirada recorrió todos los rincones de la cubierta con apremio, pero no había escapatoria alguna. Ningún lugar era seguro, y en este caso, no había sitio al que correr como lo había hecho en Blutmar. No sabía qué hacer, no sabía a dónde ir, no sabía como salvarse de aquella situación. La desesperación la encerró en una cárcel de temor absoluto, y sin poder evitarlo, su mente se quedó en blanco.

Hasta que entonces, lo vio a él…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo