La Dyalquimista - Capítulo 55
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Capítulo 55: Golpe de suerte – Parte 3
Sus ojos llegaron a Stelian. Su amigo se encontraba agazapado, todavía junto al mástil, sin apartar la mirada ni un segundo de su aguja y los grabados. La concentración se enmarcaba en la rigidez de su semblante y en la determinación de sus ojos. Lo ignoraba todo. Los estruendos, las sacudidas, el vaivén del barco, las voces de la tripulación, incluso el sudor que le caía por la frente y le pasaba por las pestañas; pero por sobre todo eso, Aria lo comprendió enseguida, lo qué él más estaba ignorando… era su miedo.
Stelian, que quizás podía mostrarse dominado por sus temores en demasiadas ocasiones, y que su manera de hablar podía ser atropellada e ingenua, cuando trabajaba, todo eso quedaba opacado por completo… y parecía otra persona.
Aquel temblor constante que lo caracterizaba desaparecía por completo, sus nerviosas manos, en cualquier otro momento, ahora se movían con una seguridad y destreza impactante, e incluso su respiración se relajaba, su pulso se afirmaba, y su mirada adquiría una frialdad que, de temerosa, no tenía nada. Era nada más y nada menos, que un Grafista haciendo su trabajo.
Y eso… le revolvió el estómago.
Aria no fue capaz de evitar ese sentimiento de vergüenza y rabia mezcladas que le subió por la garganta. ¿Qué mierda estaba haciendo? Tenía a su amigo ahí, en frente, cumpliendo con su deber con una calma férrea; mientras que ella, que cargaba en el brazo el legado de los Dyalquimistas… ¿Se daba el lujo de permanecer inmóvil?
Bajó la vista. Su brazo derecho le temblaba, y con un gesto impulsivo, corrió la manga y dejó al un poco al descubierto los trazos plateados de su grafo Dyalquímico. Ese mismo que Stelian había pasado horas grabándole en la piel, aguantando los espasmos, los sacudones, los insultos y gritos que ella le había lanzado, y por si eso no resultara poco, también tenía en su Dyalatita el alma de su amigo.
¿Y se iba a quedar ahí parada sin hacer nada? Inmóvil.
¿Al igual que en Blutmar? Dudando de todo.
¿Esperando a que alguien más actuara? Sin reaccionar.
¿Temblando de pavor mientras otros se ocupaban de solucionar los problemas? Y ni siquiera intentar ayudar.
¿Manteniéndose al margen para salvarse a ella misma? Hasta que alguien más, como Darízoto, Cesio, Amaril… o quizás Stelian, pierdan la vida.
Suspiró.
No… Definitivamente, no.
Podía hacerlo mejor, se repitió. Tenía que hacerlo mejor, se convenció. Después de todo, ella ya era una Dyalquimista… y ya era hora de actuar como tal.
Sin pensarlo un segundo más, echó a correr. Las tablas de la escalera de la escotilla rechinaron bajo el peso de su impulso. No se detuvo ni un paso hasta que llegó al laboratorio que Vin le había enseñado y cerró la puerta tras de sí de un golpe seco.
Se abalanzó sobre la mesa en el rincón derecho junto a una pequeña ventana en dónde descansaba el tomo de Aldamer. Lo abrió con prisa y empezó a bucear entre las páginas. Pasó una, luego otra, y varias a la vez, leyendo únicamente los encabezados.
No podía perder tiempo, tenía que encontrar alguna fórmula que hiciera alusión a la protección o la defensa. Tenía que encontrar alguna manera de proteger el barco de los siguientes ataques a toda costa. Pensó que quizás podía usar una barrera, pero eso, por lo general, tomaba mucho tiempo. Necesitaba algo de aplicación inmediata.
Un hechizo evocativo sería la opción más razonable. No necesitaba efectuar ninguna receta para ello. Tan solo comprender el conjuro, recitarlo y su Grafo haría el resto.
Aunque por el momento solo se había aprendido dos. Uno perteneciente al Instituto elemental, Igmitencendra, que había terminado por incendiar toda la taberna, y Exarphossia, del Instituto de la Transmutación, pero ninguno de esos le podría resultar útil en esta situación.
Rechinó los dientes con frustración y se obligó leer con más rapidez, tenía que haber algo en este tomo que pudiera servirle, lo que fuera… pero entonces, al momento exacto en que dio la vuelta a otra página, el tiempo se le terminó.
Un rugido lejano llegó a sus oídos y le obligó a levantar la mirada hacia el ventanal. El sonido se multiplicó, primero fue un estallido, luego otro, luego varios más, hasta trasformarse en una secuencia ensordecedora de disparos. Por alguna razón, en ese lapso breve de silencio, supo exactamente lo que sucedería… y sus brazos se cruzaron frente a su rostro por instinto.
El eco de las explosiones sacudió el navío de un extremo al otro, haciendo retumbar las tablas bajo sus botas. Un estruendo seco resonó junto a ella y, un instante después, la pared reventó de golpe, quebrándose hacia adentro. Aria fue despedida por el impacto; la bala alcanzó la mesa opuesta y reventó todo a su paso. Una de las hornallas explotó y una llamarada breve se desató, desperdigando fragmentos de madera, papel ardiendo, y cristales por todo el interior.
Un aluvión de astillas y humareda espesa se dispersó por encima de Aria, y por segunda vez en el día, su mundo se llenó de un silbido agudo y punzante que le atravesó los oídos. Apretó los dientes intentando aguantar el dolor de la caída, pero sus pulmones se llenaron de humo al instante y tosió con violencia.
Permaneció tendida, buscando reunir las fuerzas para ser capaz de incorporarse, al menos, sobre un codo. El proyectil había pasado peligrosamente cerca de ella; si Vin hubiese decidido dejar el tomo en la otra mesa… no lo hubiese contado.
Una vez el intenso pitido empezó a amainar, el rugido de arriba volvió a cobrar más fuerza: pisadas aceleradas, objetos arrastrándose, gritos de dolor, y la voz de la capitana exigiendo mantener las posiciones.
Tomó aire, solo un poco, intentando no volver a inhalar humo, y llevó su mirada hacia los lados. No muy alejado, pudo discernir el lomo del tomo de Aldamer entre los escombros. Se arrastró hacia él con todas las fuerzas que pudo reunir mientras apartaba con los brazos los restos esparcidos por la habitación.
Todavía no. Todavía no podía rendirse…
Cuando finalmente lo encontró, se percató de que se hallaba abierto en una página en particular. Quizás fue por el agotamiento que sufría su cuerpo entero, y porque ya no tenía energías para seguir buscando otras fórmulas, pero solo por curiosidad, se quedó leyendo ese apartado.
—¿Ventus Rafrag? —leyó en voz baja. A juzgar por la primera palabra, probablemente, se tratase de otro hechizo del Instituto Elemental, pero de la Escuela del viento. Eso le trajo un recuerdo inmediato de Amaril. Continuó leyendo—. Es un recitativo de doble evocación… —Su rostro se frunció. Jamás había escuchado de un conjuro que necesitase de dos evocaciones. Por regla general, siempre se estilaba usar una sola palabra—. Que convoca una corriente multidireccional de presión atmosférica…
¿Atmosférica? Eso la hizo detenerse a observar las propiedades del hechizo. Al parecer estaba equivocada. Aunque en un principio, y por su título, pudiera parecer elemental, en realidad su fuente provenía del Instituto de la Energía, y no solo eso, también estaba fusionado a otro Instituto: el Espacial.
El barco volvió a mecerse de repente por el choque de una ola, y una breve cascada de polvo se deslizó desde las vigas hacia su cabeza. Se sacudió y apartó la mugre de las hojas, sin dejar de leer.
—Convierte la energía cinética ajena… —repitió sin saber si esa última palabra era la traducción correcta. Por desgracia, no se le venía otra a la mente. Interpretar el lenguaje en Nitaal de este tomo, en estas circunstancias, ya le era una tarea ardua—, en una ráfaga secuencial de contra fuerza… —La brisa marina que se colaba por el boquete abierto hizo levantar su mechón de pelo blanco, entrelazándolo con los oscuros—, redirigiendo el impulso mediante micro vectores enlazados… —Y entonces, sus ojos se expandieron al leer la última frase—, hasta invertir su dirección.
El silencio fue acompañado por un único resoplo que nació de la garganta de Aria. Tras analizar el hechizo de arriba a abajo, de leer sus fórmulas, su funcionamiento, y sus métodos de ejecución, se percató, de que esto… era exactamente lo que necesitaba.
Se había concentrado tanto en el hecho de defender el navío, que no había reparado en que, quizás, la mejor defensa… pudiera ser el mismo ataque.
—¡Capitana! —Una vez más, se escuchó el rugido severo del vigía en las alturas—. ¡Todos los barcos están alineados y en posición de tiro! ¡Van a abrir fuego a la vez!
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