La Dyalquimista - Capítulo 56
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- Capítulo 56 - Capítulo 56: Golpe de suerte - Parte 4
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Capítulo 56: Golpe de suerte – Parte 4
Junto al timón, Elda contempló el cielo teñido del naranja de una tarde que empezaba a desvanecerse, de la misma manera en que lo hacían sus opciones. Ya no había nada que hacer.
Cambiar el rumbo de nuevo, de poco serviría ahora. No con la enorme cantidad de fuego que se le vendrían encima. En este momento, ni siquiera contando con el sistema Kelvar tendrían el tiempo suficiente como para escapar.
Al parecer… se había terminado. Quizás podía ordenar a la tripulación que se refugiasen en el interior del barco, pero si alguno de los proyectiles alcanzaba la caldera interior, la explosión devoraría a cualquiera que se encontrara dentro.
Por otro lado, ordenar mantener los escudos alzados ya no serviría de nada, incluso con los pocos que tenían grafos con Imagia de fortificación. Un escudo de esos, podía tolerar un impacto y amortiguar un golpe directo, pero de tan solo una única bala… a la siguiente, el escudo se quebraría.
Quizás podía ordenar que todos se lanzaran al mar, y que usaran al navío para protegerse, pero sería inútil. ¿Para qué condenarlos a morir ahogados? Además, la marina los capturarían o matarían sin problema alguno. Por más que detestaba la idea, la capitana sabía que el resultado, hicieran lo que hicieran, terminaría en desastre.
Esos hijos de perra habían pensado el plan al detalle para dejarlos sin escapatoria posible. Sonrió. Al parecer había subestimado demasiado a la marina de Tyria.
—Capitana…—Gaward se afirmó junto a ella con ese inexpresivo rostro oculto tras su barba—. ¿Sus órdenes?
Ella se sacudió de hombros y negó con la cabeza.
—Sálvese quien pueda…
—Así de mal, ¿eh?
—Ojalá el otro barco que dejamos en el aire les caiga encima. ¿Por qué no se me ocurrió eso antes? Estoy vieja, carajo.
—Ya es tarde, lo vi partirse en pedazos en el sur.
—Bien. —Elda tomó aire—. Supongo que no queda otra, compañero.
La capitana bajó del timón y descendió a la cubierta seguida por su segundo al mando. Avanzó haciendo sonar los talones, hasta llegar al extremo de la borda; y allí, su figura, erguida y enfrentada al convoy, fue la que quedó más expuesta.
Ajustó el sombrero con la mano derecha y miró al horizonte mientras Vin y Gaward ocuparon sus sitios a su lado. El resto de la tripulación, sin decir una palabra, poco a poco también fueron congregándose a su alrededor.
Zuhon, por su lado, trepó por el palo mayor con su Trayzer y llegó hasta la cabina del vigía, reuniéndose con el pirata de rastas blancas, que solo le hizo un breve ademán con la cabeza al verlo. Ambos se apoyaron en la baranda, dejando colgar las manos, y contemplaron con una seriedad idéntica hacia el mismo punto en el horizonte.
Mientras tanto, en la borda opuesta en dónde se congregaban todos los piratas, Stephyr cruzó una mirada hacia Zafron que comunicó todo lo que habitaba en su interior: miedo, ira, desesperanza y una profunda frustración. El joven se colocó de pie y ayudó a su compañera a hacer lo mismo.
Los Laguertos a su lado, olfatearon el aire y se sacudieron con incomodidad. Tanto Zafron como Steph sabían que llevarlos al mar sería una terrible idea. Esos animales eran terrestres y muy pesados como para poder flotar, morirían ahogados sin remedio.
Stephyr acomodó su peso en su pie sano y apretó los puños con fuerza. Sus ojos comenzaron a cristalizarse en el instante en que su mente la trasladó al recuerdo de los niños… y allí, el corazón le dolió con la violencia de un terremoto. Había fallado. Les había fallado. Les había prometido que los liberaría… que los sacaría de Tyria y que los llevaría a un sitio seguro, donde ellos pudieran ser felices, sin temor a…
Sacudió la cabeza, interrumpiendo el cauce de sus pensamientos. No. No podía morir. No podía permitirse fallarles ahora. Ellos tenían una vida por delante y un mundo entero por conocer; habían pasado toda su vida encerrados, sin poder ver nada más allá de los alrededores de ese viejo molino, que más que un hogar, ahora mismo era una maldita prisión.
Le había prometido a Vante, el más curioso e inquieto, un futuro en el que pudiera descubrir y visitar lugares asombrosos, como el explorador nato que es…
Les había prometido Gryndor, el más trabajador y responsable, un futuro en el que pudiera estudiar lo que quisiera y convertirse en un mecánico de primera…
Y le había prometido a Ravila, la más temeraria y avispada, un futuro en el que pudiera convertirse en una grandiosa y poderosa Imaga, que ayudaría a todos los animales perdidos…
Las lágrimas en sus ojos no hicieron más que duplicarse. No podía defraudarlos, no podía abandonarlos, no podía dejarlos…
—Steph… —dijo Zafron con una voz suave, limpiándole las mejillas—. Quizás sea mejor que te ocultes detrás de los Laguertos. —Ella le devolvió una mirada, estupefacta, sin reacción alguna. Él continuó.—. Al menos tú, deberías sobrevivir.
Y entonces, como una presa que cede, toda la angustia que su cuerpo había estado comprimiendo, se desbordó de repente, liberando toda su furia sin control.
—¡No! —gritó Stephyr.
El rugido fue tan abrupto que toda la cubierta se volvió hacia ella. Zafron intentó hablar, pero ella no se lo permitió.
—Me niego a esconderme… —susurró esta vez, clavando su mirada hacia el suelo—. Y me niego a abandonarlos.
Ante la curiosa mirada de los tripulantes, Steph empezó a avanzar, pero al primer paso, su tobillo le lanzó una descarga de dolor que le arrancó un quejido seco. Movilizada por la adrenalina y un efervescente deseo por controlar todo su cuerpo, sin excepciones… flexionó la rodilla y plantó su pie herido en el suelo con un pisotón tan feroz que la tabla crujió y el golpe resonó en todo el barco.
Sin detenerse, se dirigió hacia uno de los escudos que descansaban junto a los Laguertos. Era un madero rectangular, más largo que ancho, con dos herrajes para sostenerlo en la parte trasera, y pestillos ubicados en la base. Lo alzó con ambas manos y atravesó la cubierta hasta llegar a la borda donde se congregaba la tripulación.
El mar rugía por debajo, mezclando su furia con la de Stephyr, quien apoyó la base del escudo contra la madera, alineó los pestillos y, con un tirón firme, los encastró en el borde. El escudo quedó anclado y proyectado hacia el frente.
Ella no se volteó a mirar a nadie. Sus manos permanecieron afirmadas a los herrajes de sujeción, esperando, con la respiración entrecortada, con el cabello pegado al rostro y con el corazón latiéndole con intensidad; y cuando su hombro se pegó al escudo, fue cuando volvió a hablar:
—Me niego a morir hoy.
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