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La Dyalquimista - Capítulo 57

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  4. Capítulo 57 - Capítulo 57: Golpe de suerte - Parte 5
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Capítulo 57: Golpe de suerte – Parte 5

Elda Skygger, que contempló toda la escena desde unos metros atrás, sintió algo revolverse en su interior. Aquella visión de una niñata extraña, ajena a la tripulación, plantándose frente a una flota entera, con su cuerpito enclenque y un escudo de madera que ni siquiera llevaba el grafo de fortificación… le hirvió la sangre por completo.

—¡¡Todos en formación de defensa, ya!! —rugió con más fuerza que nunca—. ¿¡Vamos a dejar que una polizona sea la única que proteja nuestro barco!? ¡Sobre mi maldito cadáver! ¡Los quiero a todos defendiendo este navío hasta el último puto segundo!

El grito de Elda se propagó como un relámpago en una tormenta. Los piratas reaccionaron al instante, movidos por una mezcla de fervor con orgullo. Algunos fueron directamente a los escudos, pero cuando se terminaron, otros empezaron a usar maderones, vigas, y fragmentos de barriles y cajas; cualquier cosa capaz de ofrecer al menos una mínima resistencia al asedio.

En cuestión de segundos, formaron una barrera en torno a Stephyr y abarcando toda la borda de estribor; como si la determinación de su impulso de supervivencia hubiese encendido un fuego en todos, que ahora, más que nunca, nadie quería apagar.

Steph se sorprendió al notar una presencia que se le acercó en silencio, lo primero que vio fue un brazo mecánico que se apoyó en la parte superior del escudo que ella sostenía, y lo segundo, fue la mirada pétrea del mismo hombre que la había perseguido esa noche por el bosque cuando había robado el Trayzer.

Si alguien le hubiera dicho que hoy estaría con ese mismo sujeto, en un barco, sosteniendo un escudo, y a punto de ser acribillada por una centena de proyectiles… se hubiera partido de la risa.

Steph desvió los ojos hacia el frente, tensó todos sus músculos, y se ancló en la convicción interna de que, sin importar lo que sucediera, aguantaría hasta el último respiro.

De pronto, sucedió lo que toda la tripulación ya se venía anticipando desde hace tiempo. Gaward se aclaró la garganta y, con voz grave, imponente y con la fuerza para arrastrar el resto de las voces consigo, gritó a todo pulmón:

—¡Dyo Mortis!

La tripulación infló los pulmones al mismo tiempo, preparándose, y Gaward prosiguió:

—¡E Grak of Phyrat!

Y en ese instante, dos rugidos se encontraron.

Las gargantas de los piratas escupieron un feroz grito de guerra que reverberó por todo el navío y se fusionó con el poderoso estruendo de los cañones enemigos, en un alarido tan vasto y ensordecedor, que para cualquiera ajeno a la contienda, le sería imposible distinguir si provenía del mismísimo cielo… o del propio infierno.

En ese mismo momento, Stelian Gibwhoop, soltó la aguja. Todavía le quedaba un último trazo más por grabar, pero algo en su interior le arrebató por completo la atención.

Fue una especie de vibración sutil, que primero le recorrió el pecho y después lo sintió como un cosquilleo eléctrico, que se le enroscó detrás del esternón. Sin ser consciente de ello, se llevó la mano al corazón y su mirada se perdió hacia ningún punto en particular. Nunca antes había sentido algo así. Era como quedarse sin aire, pero seguir respirando normalmente, o como tener sed y hambre, pero a la vez, no sentir ganas de comer.

O como si algo en su interior estuviera siendo arrastrado por una corriente que no podía ver…

En ese mismo segundo, pero en otro lugar… debajo de la cubierta, atravesando la escotilla, surcando el pasillo, embutiéndose en una puerta hecha pedazos, y llegando hasta el muro destrozado en el interior del laboratorio de alquimia, Aria se asomó, apoyó una mano en el borde del hueco, y extendió la otra hacia el frente, con la palma abierta.

Su mente ya había repasado el recitativo una y otra vez. El primer paso ya lo tenía: trazó una línea imaginaria, alineando la mirada con su mano abierta, ajustando la distancia y asegurándose de que todo lo que quedara cubierto por los bordes de su palma, mar, cielo, y cada bala que se aproximaba en camino, quedase dentro de ese espacio…

Ese sería su dominio.

—Ventus… —susurró y su Grafo cobró brillo.

Frente a ella, a varios metros de distancia, el aire pareció condensarse y comprimirse y varios campos de presión se manifestaron una tras otro, replegándose y distorsionando el cielo. No era visible a ojos comunes, era como intentar ver a través de decenas de cristales suspendidos en el aire, pero Aria lo percibió como un pulso denso que le recorrió el hombro, le subió por el brazo derecho, y se asentó en la palma de su mano.

La primera parte del conjuro ya estaba lista. Su brazo ya empezaba a pesar más de la cuenta, y todavía quedaba la siguiente palabra, que tenía que recitar en el momento exacto en que las balas alcanzaran el campo si quería que todo saliera bien. Ni un segundo antes, ni un segundo después.

Y fallar no estaba contemplado como opción.

—Vamos… —murmuró mientras aguardaba, con la tensión marcada en la mandíbula.

Observó con extrema atención como las balas, con su oscuridad amenazante, cruzaron el horizonte, rugiendo con un sonido que desgarraba el cielo, hasta que la primera de ellas alcanzó el campo del Ventus, e inmediatamente fue seguida de todas las demás. Poco más de una docena quedaron dentro del campo, y en ese mismo instante, en lo que dura una fracción de segundo, todas se detuvieron en seco, y fue entonces, cuando sintió una punzada feroz en el estómago que le dio la señal…

Si quería devolver los proyectiles, era ahora o nunca.

—Rafr… —intentó decir, pero la palabra se quebró en su garganta.

Una sensación de pesadez se le clavó en el brazo con una violencia insoportable, como si toda la presión de los proyectiles se hubiesen concentrado en la palma de su mano y le recorriera hasta los huesos.

—¡Agh…! —La sangre escapó entre sus dientes, sin control.

De repente, el peso se transformó en dolor y una corriente eléctrica le trepó por los músculos. Su cuerpo tembló, se echó hacia atrás y el resplandor del grafo se extinguió en un parpadeo.

El campo que sostenía se desvaneció a la par de sus fuerzas, sus rodillas se desplomaron en el suelo, y mientras alzaba su mirada con dificultad, notó algo que la dejó sin aliento. Las balas habían continuado su curso, y sus esféricas sombras, ya cubrían el navío por completo.

La lluvia de acero se precipitó encima del barco.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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